786 Zenbakia 2024-11-21 / 2025-01-15

Gaiak

Proto-euskaraldia

PIERRE, Thomas

De niños, en verano, en casa de nuestros abuelos, solíamos asistir al euskaraldi diario de amatxi. Después de comer, sus hermanas llamaban a la puerta y, con un gesto, entraban en el piso. «¡Hay alguien en esta cabaña!», exclamaba siempre una de ellas, avisando de su llegada. Traían unos dulces y pasaban un momento con nosotros en el salón. Con mis hermanos y mis primos, se permitían algunas palabras en euskera: “viens faire muxu”, “viens faire goxatu”, “ze neska polita”, “kasu muthiko, xintxo”, “atzemanen zaitut” ...  A cambio, a modo de broma, llamábamos a amatxi «etxeko andre» y ella sonreía. Aún no lo sabíamos, pero este apodo debió de recordarle, que, antes de convertirse en «etxeko andre» a nuestros ojos, había sido «neskame» en París. Criada, una forma de ganarse la vida, un destino clásico inmortalizado por la canción de Etxahun Iruri «Oi ama Euskal Herri» hecha famosa por la versión de Benito Lertxundi. «Neskame», el efecto directo de una norma y luego de un habitus, el de la aplicación del derecho consuetudinario vasco, según el cual sólo el premu hereda la casa, el derecho y el deber de conservarla y de acoger a los que lo hubieran necesitado. Como millones de personas en todo el mundo, debíamos en parte nuestra vida a la aplicación de un marco jurídico, el de la plena primogenitura vasca.

Sentadas alrededor de la mesa, nuestras tías abuelas nos cogían discretamente de la mano y, sin ser vistas, cada una de ellas nos daba unos céntimos, «para que compres lo que quieras» nos susurraban al oído. Luego, a petición nuestra, nos enseñaban a contar en euskera. Contar cantando: «Bat, bi, hiru, lau, bortz, sei, zazpi, arrantzaleek dute denek irabazi bandera...». En canciones, una complicidad tomaba forma, «Haurrak ikas zazue euskaraz mintzatzen...», «Eusko euskotarrak gira ta maite dugu aberria Euskal Herria...», «Eki eder sutan bero...», «Andre Maddalen...», «Ixil ixilik dago...», «Ene aitak amari gona gorria ekarri...» ... Cantábamos y reíamos. Estábamos de visita estival y las profundidades melancólicas y nostálgicas de nuestra subjetividad aprovechaban al máximo estos momentos. Cantábamos para participar en su mundo. Su mundo era atractivo, sencillo y cariñoso, e incluso entonces, sin poder expresarlo así, percibíamos tanto su profundidad como su fragilidad. Cantábamos. Se sorprendían de que nos gustara. Cómo podían interesarse nuestros mestizos por nuestra pequeña lengua, debían de pensar. A ellas también les gustaba: quizá no seamos las últimas. Y a nosotros nos gustaba que a ellas les gustara. Cantábamos y todos reían, como para romper el tabú, como para dar sentido al hecho paradójico de cantar sin entender, como para, al mismo tiempo, expiar el malestar de la ausencia de transmisión lingüística y celebrar la continuidad de un compartir simbólico a través de sonidos y melodías.

Al cabo de un rato, amatxi y sus hermanas iban a la cocina. Se sentaban y, mientras tomaban un café, la conversación se desarrollaba en euskera, su lengua. Para pasar del francés al euskera, para cambiar de espacio mental, tenían que cambiar de espacio físico, trasladarse a otra habitación, lejos de nosotros y de aitatxi. Tuvieron que reunirse para hablar de lo que les preocupaba. Así que la cocina tomó la forma del caserío donde habían crecido, al pie de las tierras de Abbadia. Esta casa tenía una dimensión sagrada para ellos y sus descendientes. Sagrada, la palabra adecuada. En todas las casas, en la de amatxi, en la de sus hermanos y hermanas, en la de sus sobrinos y sobrinas en Hendaia, en la de aquellos que habían nacido y vivido en otra parte, en la de nosotros, en la casa de todos, había una imagen, un cuadro o una fotografía cuidadosamente enmarcada del caserío. La imagen de una procedencia. El respeto a una historia. El recuerdo.

En la cocina, las hermanas se reunían en euskera. La cocina era apropiada. El salón es un espacio ajeno a los caseríos. Al cambiar de espacio, querían decir que no querían molestarnos, que no querían mantener una larga conversación en euskera delante de nosotros. No querían hacernos sentir incómodos. Eso no era apropiado. Eso no se hacía. Quizá tampoco querían transmitirnos el estigma: hablar euskera. Un estigma que habían evitado para sus propios hijos. Para evitar la incomodidad del multilingüismo y abrazar los nuevos tiempos. Evitar el sufrimiento inherente al sometimiento del mundo vasco, tal vez. Así que se aislaron. O casi. No puedes negarte a ti mismo por completo. No se puede romper con entonaciones antiguas tan fácilmente. Nunca cerraron la puerta de la cocina. Siempre permaneció entreabierta. Una frontera que se podía cruzar. Y, curiosos y envidiosos, a veces nos acercábamos discretamente y les escuchábamos. También a veces cruzábamos la puerta con cualquier pretexto y escuchábamos, no para saber más, sino para oír más. Para saborear la lengua que nos gustaba cantar. Aquella puerta entreabierta era una invitación y un permiso. Un puente lleno de esperanza. Dependía de nosotros decidir qué hacer a continuación. Dependía de nosotros aprender euskera.


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