
Gaiak
El euskera como murmullo
Antropólogo
Cuando se disponía a salir de la habitación, su tía, digna y agotada, le había preguntado, con la piel pegada a los huesos y la voz débil: «¿Podrías traerme el método de euskera Bakarka en tu próxima visita?». Una petición que al principio le sorprendió. Pero luego, una petición a la que se apresuraría a responder. Una oportunidad para él de prestar un servicio, de ser útil ante lo incurable. La posibilidad de aportar un poco de consuelo. Los médicos estaban asombrados por su tenacidad frente a la enfermedad. Se lo habían confesado a la familia. Ella resistía. Quería vivir. Y, en ese último intento ante lo irremediable, quería sumergirse en las letras vascas mientras aún tuviera a tiempo. El manual Bakarka debía ser su libro de cabecera. El consuelo. La serenidad. La tranquilidad. Quería dedicarse a lo esencial. A una obra que encarnaba la esperanza. La de una lengua agonizante que quería seguir adelante. Ella necesitaba ese apoyo. Confiar en lo que resiste. Confiar en lo que debe perdurar. Una parte de uno mismo que debe sobrevivir. La lengua como sinónimo del alma.
Aprender euskera, una intención que no era solo suya. Una necesidad común a muchos descendientes de vascos. Un pensamiento que ronda la mente de muchos. A lo largo de toda su vida. En oleadas recurrentes. Una necesidad, hasta el último aliento. Aprender la lengua que viene de tan lejos y que está tan cerca. El choque de la interrupción. La permanencia del sentimiento de ruptura. Apropiarse de la lengua, un reto. Una señal de fidelidad a las palabras y a los muertos. Un deseo insatisfecho, en la mayoría de los casos. O una liberación, cuando se supera el reto. En ambos casos, un sentimiento del que no podemos desprendernos: la envergadura de la lengua. Su estatura. Todo lo que pertenece al mundo vasco gira en torno a ella. Lo que sentimos proviene de ella.
Su tía pertenecía a esa primera generación que no había recibido el euskera. O lo había recibido en muy poca cantidad. Parcialmente. Esa generación que, en nombre del progreso y de un montón de justificaciones, no pudo usar las entonaciones de Aitor. Esa generación había oído la lengua sin poder dominarla realmente. No era poca cosa. Ser euskotar y no euskaldun. Una herida. Un leve trauma para algunos, que argumentaban infinidad de temas. Una injusticia sin medida para otros, tan profunda que hubo que callarla. Solo los directamente afectados saben, sabían, cómo es esa situación. La mayoría nunca lo confiado. O lo hicieron de lejos, con insinuaciones. Con miradas perdidas. También bromeando. El humor como terapia. No eran de los que, en familia, insisten en algo que podría molestar. Y, además, no se puede culpar a los padres. No sería justo. Debían de tener buenas razones. Y, de todos modos, el euskera seguía siendo la lengua del canto. La lengua de los momentos importantes. La lengua de las nanas, los bautizos, las bodas y los entierros. Eso tampoco era poca cosa. Una compensación. Mantenerse en pie.
Sus hijos, por su parte, conocían esa herida. Sabían de qué se trataba. Habían heredado esa melancolía. Sentían algo similar. La falta. Pero la falta no se parece en nada a la ausencia. Tiene poco que ver con la pérdida. La falta es una presencia. Un murmullo continuado. Un sentimiento ajeno al espacio del olvido. Un presente. Un estado psíquico insuperable que te convierte en lo que eres. Que también te convierte en lo que podrías haber sido.
Hoy sabemos que las células humanas guardan en su interior la memoria de los sentimientos. De las alegrías y de las melancolías. Las sensaciones y las intuiciones se transmiten de una persona a otra, de una generación a otra. Un marco mental que perdura. Así, huérfanos de su uso, las memorias soñaban con la lengua sin edad, la cantaban y la impulsaban a sobrevivir. Al acercarse el momento de la bendición, su tía se uniría a este movimiento. En paz. En busca de la eternidad.

