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El socorro de los infelices. El impacto de las reformas asistenciales en Guipúzcoa (1750-1850)
«Manuel Ignacio de Lizarralde natural y vecino de la misma con el mayor respeto expone a S.M. que su hermano Ignacio y su esposa dejaron con su muerte cuatro huérfanos de los cuales uno fue recogido por el relatante para mantenerlo y darle oficio como al presente de esta, y otro esta mantenido en la Casa de Caridad pero ayudado también por el exponente en su vestido y demás, otro fue recogido por unos tíos suyos de Oñate, los cuales muertos también quedándose desocupado acaban de presentarle estos últimos días a el exponente cuyo peso agregado al que lleva referido además de tener que mantener a su esposa con tres hijos con solamente los cortos socorros que proporciona con el trabajo de sus manos le es insoportable e imposible, por cuyo motivo y a favor de que el expresado sobrino llamado Cayetano de 7 años de edad no se recluya en la miseria y el abandono»
De esta manera se recogía en 1848 el testimonio de Manuel Ignacio Lizarralde, uno de los más de 800 memoriales presentados a la Casa de Caridad de Vergara y la Casa de Misericordia de Tolosa entre finales del XVIII y, sobre todo, mediados del XIX. Ambas forman parte de la red de hospicios emergida precisamente a lo largo del Siglo de las Luces. Estas entidades constituyen uno de los más claros precedentes de una red asistencial pública en la provincia de Guipúzcoa.
¿Qué eran los hospicios o casas de misericordia?
A grandes rasgos, los hospicios eran espacios que acogían a personas necesitadas y les ofrecían techo, vestimenta, alimento y ayudas complementarias. Aquellos que eran auxiliados solían pasar a residir en un centro físico y debían cumplir con ciertas obligaciones, además de ajustarse a determinadas rutinas y someterse a restricciones para salir. También se han identificado casos más flexibles, como la Casa de Caridad de Vergara, cuyos usuarios ni siquiera residieron dentro, sino que acudían durante el día para después dormir en sus propios hogares. Las normas plasmadas en las ordenanzas eran muy estrictas, sin embargo, los libros en los que se recoge el quehacer diario de estas instituciones nos muestran que muchas veces estas no se cumplían.

Ubicación de las casas de misericordia con fecha de fundación. Autoría: Mikel Larrinaga Ortiz
Todo ello permite matizar las tesis clásicas, fundamentadas en grandes autores como Foucault y Geremek, que caracterizaron a los hospicios prácticamente como prisiones. Es cierto que muchas de sus ordenanzas establecían la obligación de recoger en ellas a los mendigos en contra de su voluntad, no obstante, que se proclamase no significa que sucediese. La documentación muestra que, al menos en Guipúzcoa, las personas recogidas por la fuerza fueron mínimas. En cambio, la gran mayoría de usuarios de estos centros accedieron bajo solicitud, eso sí, siempre empujados por la pobreza y la necesidad.
Los hospicios: un proyecto ilustrado
Es cierto que estos establecimientos no estaban solo movidos por el interés en ayudar al prójimo. En la mentalidad ilustrada, el potencial demográfico era uno de los principales factores que determinaba la riqueza de las naciones. No solo había que lograr incrementar el número de habitantes, sino conseguir que los existentes se pusiesen al servicio de los intereses de la monarquía haciendo de ellos súbditos productivos. También era necesario incentivar la industria, la cual debía nutrirse de mano de obra barata que permitiese reducir los costes y hacerla competitiva.
Los hospicios se ajustaban a todas estas pretensiones: mantenían la vida de los allí acogidos y, a cambio de la asistencia recibida, estos trabajaban en sus talleres. Dicho esto, estas aspiraciones teóricas tuvieron resultados mediocres: las fábricas apenas generaron ingresos y no sirvieron como elementos transformadores de la economía.
Por todo ello, entre sus fundadores y cuerpos directivos se han podido identificar toda una serie de perfiles muy específicos, ya bien conocidos gracias a los trabajos de José María Imízcoz y otros investigadores de la EHU, como Andoni Artola. Básicamente, son una serie de familias que siguen un modelo socioeconómico relativamente uniforme: los herederos se quedaban en casa cuidando del patrimonio familiar y los segundones se introducían en carreras administrativas, militares y eclesiásticas al servicio de la Corona, además de aprovechar las oportunidades comerciales que ofrecía América.

Relaciones de miembros casas de misericordia. Autoría: Mikel Larrinaga Ortiz
Estos grupos fueron en el País Vasco quienes defendieron y promulgaron las ideas ilustradas. Por supuesto, estaban en la Bascongada, y también encontramos a muchas de estas parentelas en los hospicios. Asimismo, unas cuantas aparecen relacionadas entre sí por matrimonio, y se han localizado algunos linajes que se reproducen en la dirección de estos centros por hasta tres generaciones.
¿Quiénes eran los pobres?
A pesar de que Guipúzcoa era un entorno eminentemente rural y, en consecuencia, en el que una parte muy importante de la población vivía completa o parcialmente de la agricultura, lo cierto es que los artesanos y asalariados están muy sobrerrepresentados. Esto es lógico, ya que el acceso a la tierra en propiedad o en forma de alquiler permitía contratar a un tercero si el miembro de la familia que trabajaba la tierra sufría algún percance. En cambio, los otros dependían de la fuerza de sus manos, si esta fallaba por cualquier motivo, los ingresos desaparecían. Los pertenecientes a estos sectores apenas conseguían ahorrar a lo largo de sus vidas y tenían muchos problemas para hacer frente a los imprevistos.
Ello explica la gran cantidad de enfermos aceptados. No estaban allí tanto para recibir el auxilio médico, que podían obtener por otras vías, sino porque la dolencia imposibilitaba el seguir trabajando y ello causaba la interrupción de los ingresos, además de generar gastos adicionales, por ejemplo, en botica. Aunque la mayoría de hospicios carecían de hospital, en Guipúzcoa se tendió a unir ambos espacios. Por estos mismos motivos, las personas ancianas también suelen figurar entre los acogidos.

Palacio de Yurreamendi e iglesia de S. Miguel. En la actualidad Residencia Yurreamendi.
Grabado de Manuel Domenech. Recogido de: GARMENDIA LARRAÑAGA, Juan,
Samaniego alcalde de Tolosa, San Sebastian, Eusko Ikaskuntza, 2007
Otro grupo que está muy presente en estos establecimientos son los niños y las niñas. Para familias que vivían al límite, alimentar y vestir a los más pequeños podía ser una carga insoportable. Por ello, era muy habitual sacarlos del hogar a edades tempranas, bien para trabajar, bien dejándolos con otros familiares. Por ello, muchos progenitores decidieron depositar a sus hijos e hijas en la casa de misericordia de forma transitoria, hasta que pudiesen acceder al mercado laboral para sostenerse a sí mismos.
En muchos casos, los solicitantes eran madres solas, sobre todo viudas, pero también mujeres cuyos maridos se encontraban ausentes. Su falta suponía que se perdían los ingresos que estos pudiesen aportar. Por si fuera poco, quedaban desplazadas a los trabajos peor remunerados, lo que las hacía todavía más vulnerables.

El socorro de los infelices. El impacto de las reformas asistenciales en Guipúzcoa (1750-1850),
Mikel Larrinaga Ortiz
Tal y como refleja el documento citado al inicio de este artículo, el acceso al hospicio solía complementarse con otras muchas estrategias. Los solicitantes trabajaban, en ocasiones pedían limosna, muchos recibían ayuda de otros vecinos y familiares, colocaban a otros niños con terceros, etc. Por tanto, sus usuarios no eran marginados en el sentido estricto de la palabra, ya que estaban plenamente integrados en sus comunidades. Solo eran vecinos pobres que veían en el hospicio un recurso más, de los muchos a su disposición, para lidiar con la pobreza que los atenazaba.

