
Gaiak
El cuarzo blanco, una herencia etnográfica ritual de antiguas prácticas sepulcrales en el Sahara Occidental
Asociación Vasco-Saharaui de la Evolución Cultural
1. Introducción
La aproximación a las expresiones cultuales y rituales del pasado es siempre una empresa de alta complejidad, máxime cuando, de partida, los datos de base se presentan excesivamente escuetos y de predicado poco explícito. Salvo puntuales excepciones, por lo habitual, no se trata tanto del número de documentos disponibles sino de la entidad y calidad de la información contenida en ellos.
La Arqueología funeraria preislámica del Sahara Occidental representa un elocuente ejemplo de esta marcada situación deficitaria. Y ello a pesar de los miles y miles de monumentos líticos sepulcrales que testimonian los movimientos e incidencias de distintas culturas de otros tiempos en aquellas tierras. Sin embargo, la problemática y dificultades del contexto geopolítico, las acuciantes carencias de una sociedad minimizada en recursos económicos elementales, en servicios e infraestructuras básicas, etc., o, más particularmente en nuestro ámbito de estudio, la falta de implicación y de programas de investigación arqueológica sobre el terreno, como actores nefastos del legado colonial español durante el siglo XX, continúan imposibilitando cualquier modificación sustancial en esta largamente prolongada y adversa dinámica.
Asumir esta coyuntura conlleva restringir razonablemente las estrategias de investigación y estudio a lo que se tiene, y no a lo que se quiere o sería deseable. No obstante, a pesar de la limitación intrínseca, es posible esbozar ciertas fórmulas rituales y creencias funerarias anteislámicas, e incluso indagar parte de su incidencia en las tradiciones que han mantenido hasta nuestros días los pobladores del occidente sahariano. Así, bajo esta perspectiva, valorábamos en otro número de Euskonews una arraigada costumbre ritual sobre los sepulcros entre los actuales bidán que rememoraría un antiguo culto pre-histórico a los muertos y antepasados (Sáenz de Buruaga 2025).
Con un enfoque muy cercano, nos proponemos ahora abordar otro sujeto ritual exteriorizado, en esta ocasión, por depósitos superficiales de piedras blancas -entre las que el cuarzo debió desempeñar un papel muy relevante- que hemos reconocido en distintos monumentos funerarios preislámicos y que, conjugando las transformaciones y avatares del tiempo, creemos seguir apercibiendo en ciertas prácticas sepulcrales mantenidas en el presente por algunos grupos humanos saharauis.

En primer término, sobre el suelo, agrupación de trozos de cuarzo blanquecino en las cercanías de
este monumento de frente esteliforme del entorno de la sebja de Oum Duayat (Agüenit, Sahara Occidental).
2. Depósitos superficiales de cuarzo blanco, sepulcros preislámicos y ritualidad
Fruto de las campañas de prospección arqueológica que llevamos a cabo entre 2005 y 2016 en la región del Tiris, en el extremo SE del Sahara Occidental, fue el registro de más de 6 millares de estructuras líticas, sepulcrales y rituales, erigidas esencialmente entre una fase final del Neolítico, a inicios del III milenio a.C., y el tramo medio de la segunda mitad del I milenio d.C., en la antesala quizás de unas incipientes influencias del islam en la región.
La observación externa del repertorio posibilitó constatar, en distintos casos y grados, varias concordancias no aleatorias entre diversas variables. Una de ellas la traducían las agrupaciones mayoritariamente de cuarzo blanquecino sobre la superficie e inmediaciones de diferentes monumentos, en una gran parte de finalidad funeraria, así como en otras estructuras funcionalmente más complejas entendidas genéricamente como rituales. Por lo corriente, eran concentraciones no excesivamente densas ni espaciosas formadas por cantos o clastos de tamaño centimétrico y ajustadas a pequeñas superficies de terreno o esparcidas sobre la cubierta de los ejemplares. No se trataba de un hecho generalizado, pero su repetición en determinadas situaciones incitaba a entrever una relación causal e inferir, por consiguiente, una intencionalidad, con especial acento en aquellas tipologías donde la reiteración resultaba más acusada.
En complemento con ello, las excavaciones que entre 2017 y 2020 acometíamos en algunas estructuras pétreas sepulcrales iban a poner de manifiesto el empleo del cuarzo -de similares tonos- como un material constructivo de empleo muy específico, destinado al cubrimiento y cierre de ciertos sepulcros.
Unos hechos que en conjunto revelaban la especial significación de los depósitos cuarcíferos en el ámbito funerario, sugiriendo con ello su particular valor simbólico y ritual. Connotaciones éstas en cuyo enunciado no habrían pasado desapercibidas determinadas propiedades físicas del mineral, desde la cristalización y el geométrico formato de algunas variedades hasta la brillantez, la refracción o el reflejo de la luz, por ejemplo. Ni asimismo las tonalidades blanquecinas y amarillentas, frecuentes en los afloramientos del Tiris, pues con similares propósitos se utilizaron en ocasiones diversas rocas (cuarcita, travertino, etc.) que mostraban como común denominador un marcado tono blanco; es decir, que cumplían de alguna manera con los preceptos otorgados al cuarzo para esa función. Resultaba por ello evidente que, además de las cualidades intrínsecas del material seleccionado, el color adquiría análogamente una especial relevancia en la elección.
Así, pues, junto al sobradamente conocido uso votivo del cuarzo en los ajuares de las inhumaciones y en el mobiliario cultural de los sepulcros -como utensilios tallados, cuentas y piezas de adorno personal, o incluso como cristales naturales por su regular y prismático diseño-, habría que retener igualmente esta otra dimensión simbólica que transfieren los depósitos cuarcíferos sobre la superficie de distintas estructuras funerarias, relacionándolos por extensión con los difuntos y la muerte. Parece, pues, innegable el carácter ritual de las agrupaciones.
Por otro lado, hay que subrayar que no se trata de un gesto exclusivo o desconocido, pues se ha constatado en otras regiones también saharianas, unas cercanas y otras bastante más alejadas, y en espacios geográficos bien diferenciados y distantes, como lo testimonian muchas construcciones megalíticas de la fachada atlántica europea durante la Prehistoria reciente. En todos estos casos, se han enfatizado asimismo sus conexiones con la ritualidad.

La imagen cenital del túmulo principal adjunto al frente esteliforme de LJ-S1/M2, en Lejuad
(Duguech, Sahara Occidental), pone de manifiesto el depósito de cantos y trozos de cuarzo sobre su superficie.
3. Apreciaciones de interés sobre las agrupaciones de cuarzo del Tiris
Conforme a nuestras valoraciones sobre el terreno, los depósitos deliberados de cuarzos de tonos blanquecinos y, eventualmente, de otras rocas afines se materializan de distintas maneras en función del monumento lítico implicado: presentándose esparcidos sobre el armazón pétreo y la cubierta de construcciones de suficiente elevación, o agrupados en el área interior que delimitan perimetralmente otros ejemplares de baja altura, o se encuentren emplazados más en la periferia e inmediaciones de otros tipos.
En cualquier caso, no representan una concordancia que pueda extenderse a la amplia variedad de estructuras líticas identificadas en el Tiris, ni tampoco lo reproducen todos los ejemplares de un mismo modelo tipológico. Se documentan, no obstante, en un importante abanico de formatos. Así, los hemos advertido: (i) en túmulos hemisféricos y con cráter; (ii) en distintos tipos que conllevan losas erguidas, bien de forma aislada como monolitos simples, o bien agrupados y alineados siguiendo un trazado recto o algo más curvado, como los frentes esteliformes, o completamente circular, como los «corbeilles»; (iii) en varias estructuras tumulares de bajo alzado y amplia superficie, como «goulets», monumentos con antenas en V, círculos de bloques y piedras, etc.; o, (iv) en construcciones de estructura aparejada en forma de murete con varias hiladas superpuestas, como las «bazinas».
Especialmente, son 2 los tipos en que se consigna más reiteradamente la asociación: los monumentos de frente esteliforme y las «bazinas». Ellos son, por consiguiente, los ejemplares que han aportado las mejores informaciones, máxime cuando además hemos excavados varios de ellos.
No tenemos duda del carácter ritual de estas agrupaciones cuarcíferas, mas su exposición superficial dificulta notablemente esclarecer su significado, es decir, determinar la razón a la que obedecen. E igualmente complejo supone precisar la forma con que se procedió a su ejecución. En principio, nos inclinamos a pensar que, en tanto expresiones cultuales relacionadas con los sepulcros y los difuntos, pudieran responder simbólicamente a una especie de ofrendas rituales. Unos actos que, en ciertos casos, se habrían llevado a cabo con la conclusión de la ceremonia funeraria; simultáneamente, pues, con el enterramiento y el cierre del monumento. En otras ocasiones, sin embargo, se tiene la impresión que bien pudiera haberse efectuado con posterioridad a ello, en momentos diferentes: como una práctica consecutivamente derivada, transmitida y prolongada en el tiempo, a modo de posible fórmula cultual de veneración o de recuerdo del difunto. En una y otra circunstancia, eso sí, en el marco de unas creencias y un culto funerario compartidos ideológicamente por un mismo complejo sociocultural.
De cara a situar el ámbito de pertenencia y actuación de los actores, la cronología aportada por las inhumaciones excavadas en diferentes monumentos -algunos incorporando depósitos cuarcíferos superficiales- deviene un recurso francamente revelador. De esta suerte, la Protohistoria bereber y su prolongación inmediata a lo largo de la etapa histórica preislámica definirían el tramo de mayor desarrollo de esta práctica ritual en el Tiris. Lo que, de acuerdo con las dataciones radiocarbónicas obtenidas, se cifraría, en valores extremos, entre la segunda mitad del II milenio a.C. y la segunda mitad del I milenio d.C.

Tras el alineamiento de losas erguidas, multitud de restos de cuarzo cubren la superficie de una «bazina» de
planta rectangular del área de Galabt Jeral-la, en las tierras del Tiris.
4. Algunas prácticas rituales con piedras blancas entre los actuales bidán del Sahara Occidental
El proceso de islamización del occidente del Sahara es probable que tenga unos comienzos bastante anteriores a los habitualmente contemplados y amparados en una estimación temporal tardía cuya consolidación se habría dado con el movimiento almorávide en el siglo XI.
Una cosa empero es la consolidación, y otra el proceso y su inicio. Así, sustentándonos en las fechas procuradas por los monumentos sepulcrales preislámicos más tardíos del Tiris, a mediados del siglo VII, hemos sugerido la hipótesis de una pronta incidencia del ideario islámico en la región sucediendo a ese momento, si no de forma inmediata, tampoco exageradamente lejana (Sáenz de Buruaga 2024: 225). Lo que fomentaría la imagen de un proceso de asimilación ideológica, cuando menos, de notable recorrido temporal. Un hecho que lógicamente no imposibilitaría la existencia paralela, tanto de arquitecturas sepulcrales de raigambre anteislámica, como de fórmulas rituales «paganas» en los tratamientos de las inhumaciones, incluso mezclando gestos y expresiones formales de uno y otro origen. Diversos ejemplos documentan suficientemente el hecho en otros contextos saharianos, como el Air nigerino o el Tassili n’Ajjer argelino, donde se han llegado a registrar estas perduraciones, incluso, hasta en momentos muy avanzados de la Edad Media (Paris 1996: 276s; Hachid 2000: 157ss).
En estas mismas regiones, al igual que en el Sahara Occidental, están también presentes los depósitos de cuarzo blanco recubriendo la superficie de distintos monumentos líticos preislámicos. A ellos se suman, además, algunas estructuras particulares de uso funerario, en forma de pequeños círculos a ras de suelo definidos por un denso depósito cuarcífero superficial, que asimismo se han fechado en épocas plenamente medievales.
Unos datos que invitarían a entender que el «empedrado blanco» de las sepulturas constituye una antigua costumbre preislámica que ha prevalecido largamente en distintas áreas del Sahara central, donde incluso parece haberse mantenido entre las fórmulas sepulcrales musulmanas -especialmente en las destinadas a santones y personajes ilustres y de reconocido prestigio- hasta épocas muy recientes. De hecho, muchas tumbas tuareg de confesión islámica pueden contemplarse aún hoy día recubiertas por trozos de cuarzo blanco (Paris 1984: 220).
Estaríamos así ante una continuada pervivencia ritual en el tiempo que también creemos poder identificar entre los bidán del Sahara Occidental.
En este caso, por las informaciones que disponemos los testimonios se orientan hacia un colectivo tribal muy particular, el de los Ergueibat. Una agrupación de clanes y fracciones que entre finales del siglo XVII y los inicios del XX llegaría a conformar la confederación tribal más poderosa del occidente del Sahara, dominando un territorio gigantesco que, por relación a la cartografía actual, incluiría la mayor parte del Sahara Occidental, la mitad septentrional de Mauritania, el NW de Malí, el SW de Argelia y el S de Marruecos, el Trab Ergueibat, la tierra de los Ergueibat (Caratini 1989, 1: 37ss).

Trozos de cuarzo blanquecino cubren buena parte de la superficie del «corbeille» asociado
al frente esteliforme de LJ-G11/M7, en Lejuad (Sahara Occidental).
En efecto, por una parte, contamos con el interesante dato que Bou-el-Moghdad aportaba del viaje que, a finales de 1860, emprendiera entre San Luis de Senegal y Marruecos, atravesando de S a N todo el sector occidental del Sahara, es decir, lo que a la postre la política colonial europea dividiría con las denominaciones de Mauritania, al S, y de Sahara Occidental, al N. Relataba el viajero cómo al alcanzar la planicie de El Gaada, en territorio ergueibat de la cuenca de Saguia el Hamra, al NW de las tierras saharauis, resultaba muy habitual la presencia de sepulturas de nobles de la tribu y personajes de origen marabútico, o con vínculos consanguíneos con Mahoma, que eran fácilmente distinguibles de los túmulos al estar compuestas esencialmente de piedras blancas (Bou-el-Moghdad 1861: 490). Una observación que vendría a ilustrar en estas tierras una pauta similar a la referida en las sepulturas tuareg, revelando otro nexo entre ambas culturas nómadas.
Y, por otra parte, hay que remarcar que, entre algunas personas de origen ergueibat, continúa persistiendo actualmente la costumbre de colocar sobre las tumbas de sus difuntos una hilera de piedras de pequeño tamaño siempre de color blanco. Para ello, se levanta con tierra una ligera línea a doble vertiente sobre cuya arista se emplazan las piedras; se sitúa en la parte central, extendiéndose de un extremo al otro del recinto. Según apuntaban distintos informantes, los destinatarios solían ser personas distinguidas y respetadas, por lo general, de origen chorfa o morabito.
Al margen de la significación otorgada a este color en el ideario musulmán, no podemos dejar de presumir también en este caso una filiación con la tradición sepulcral de las piedras blancas que aquí abordamos. Por ello, percibimos el gesto como una posible expresión singular, en un colectivo tribal saharaui, de la costumbre del empedramiento blanco en tumbas islámicas, siguiendo la estela de lo que constataba Bou-el-Moghdad entre los mismos Ergueibat a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX.

Una concentración superficial de fragmentos de cuarzo blanquecino aparece esparcida intencionalmente en el espacio
interior de esta estructura circular de bloques emplazada en las cercanías de las montañas de Galb el Âabid, en el Tiris saharaui.
5. Recapitulación final
La práctica arqueológica de campo en el Tiris saharaui ponía de manifiesto la presencia de depósitos intencionales de cuarzo blanquecino u otras rocas equivalentes sobre la superficie o en las inmediaciones de distintos monumentos líticos preislámicos, en gran parte de uso funerario.
Una curiosa concordancia que ni se extendía a la diversidad tipológica reconocida ni aglutinaba a todos los ejemplares de un formato similar. Fundamentalmente, eran las estructuras de frente esteliforme y las «bazinas» las construcciones donde más acusadamente se repetía. Y, por las dataciones obtenidas, parecía incuestionable que la gran mayoría de situaciones se concentraba en torno a un antiguo episodio de la cultura bereber, con desarrollo básico durante la etapa protohistórica y su prolongación inmediata en el tramo histórico que habría antecedido a la asimilación del ideario islámico en la región. Un tramo temporal suficientemente dilatado, cifrado en torno a los 2 milenios de extensión, que habría convivido en su fase más avanzada con las innovaciones y transformaciones del nuevo credo musulmán.
Todos los indicios invitaban a pensar en una directa relación con el hecho sepulcral, así como en el carácter ritual de esas agrupaciones cuarcíferas, como expresiones tangibles de un culto funerario, acaso centrado en determinadas personas y antepasados, del que distamos en exceso poder precisar mayor detalle.
Un gesto, por otra parte, que, con similares fundamentos, era asimismo advertido en otros contextos saharauis y mauritanos vecinos, al igual que en otras regiones bastante más lejanas del Sahara central, donde algunos viajeros europeos, desde el último tercio del siglo XIX, denunciaban ya esa correspondencia en los idebnan o sepulcros preislámicos de la región. Precisamente, distintos datos recabados en estos espacios más foráneos revelaban la pervivencia de empedrados de cuarzo blanco, no sólo en momentos muy avanzados de la Edad Media, sino incluso su continuidad en las tumbas islámicas tuareg hasta épocas recientes.
Una perduración que también creemos rastrear entre los saharauis merced a ciertos testimonios y prácticas, algunas de ellas aún vigentes, vinculadas con el grupo tribal de los Ergueibat. Referencias valiosas que nos sugieren contemplar estas actuales expresiones de los depósitos de cuarzos y piedras blancas sobre sepulcros musulmanes como una reminiscencia atávica de un rito preislámico desarrollado especialmente en estas tierras del Sahara Occidental por sus antiguos pobladores bereberes. En otras palabras, una herencia etnográfica más del pasado que, asimilando y compartiendo la circunstancialidad del proceso histórico, se mantendría de alguna forma viva en nuestros días.

En primer plano, una sepultura islámica actual
mostrando una hilera central de piedras blancas
en el cementerio de la wilaya de El Aaiún,
en los Campamentos de Refugiados
Saharauis de Tinduf (Argelia).
Bibliografía:
- Bou-el Moghdad (1861): Voyage par terre entre le Sénégal et le Maroc. Revue Maritime et Coloniale, mai 1861: 477-494.
- Caratini, S. (1989): Les Rgaybat (1610-1934). Tome 1: Des cameliers à la conquête d’un territoire; Tome 2: Territoire et société. L’Harmattan, Paris.
- Hachid, M. (2000): Les Premiers Berbères. Entre Mediterranée, Tassili et Nil. Ina-Yas/Édisud, Alger/Aix en Provence, 317 p.
- Paris, F. (1984): La région d’In Gall-Teggida n Tesemt (Niger). Programme Archéologique d’Urgence, 1977-1981. III. Les sépultures du Néolithique final à l’Islam. Études Nigériennes 50, Niamey, 233 p.
- Paris, F. (1996): Les sépultures du Sahara nigérien du néolitique à l’islamisation, coutumes funéraires, chronologie, civilisations. Orstom, Paris, 2 vols. 611 p.
- Sáenz de Buruaga, A. (2024): Arqueología funeraria entre el final de la Prehistoria y los inicios de la Historia en el Tiris. Excavaciones de estructuras líticas preislámicas en el Sahara Occidental entre 2017 y 2020. Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco–Departamento de Cultura, Vitoria-Gasteiz, 243 p.
- Sáenz de Buruaga, A. (2025): Reminiscencias de un antiguo culto a los muertos entre los nómadas bidán del Sahara Occidental. Euskonews & Media 788 [http://www.euskonews.com/0788zbk/gaia0788001006C.html]
Foto Portada: Trabajos de excavación en la «bazina» LJ-G7/M1 de Lejuad (Duguech, Sahara Occidental). Su cubierta mantenía un denso depósito de cantos menudos de cuarzo blanquecino y amarillento.

