776 Zenbakia 2022-12-14 / 2022-02-15

Gaiak

150 años de Pío Baroja y de Eugenio Aviraneta

ÁLVARO OCÁRIZ, José Andrés

Este año se han juntado dos efemérides:

El ocho de febrero de 1872 fallecía Eugenio de Aviraneta y el veintiocho de diciembre del mismo año nacía Pío Baroja.


 

Creo que el motivo es suficiente para escribir un libro en el que ponemos en relación a Baroja con uno de sus personajes principales, Eugenio de Aviraneta, que no sólo fue un personaje barojiano porque Baroja escribió sobre su vida, sino porque su propia vida es eminentemente barojiana.


 

Por otra parte, el modo cómo se presenta a Baroja en la escuela provoca que cuando alguien se acerca por vez primera a este escritor lo haga bajo el prejuicio de que era un ser triste y encerrado en sí mismo. En este libro pretendemos demostrar lo contrario.

Borja Olaizola titulaba así la entrevista que me hacía para El Diario Vasco.

El Baroja que se enseña en los colegios es demasiado oscuro.

Les voy a seleccionar algunos párrafos:

“Huraño, oscuro y triste. Así es como ven la mayoría de los alumnos a Pío Baroja cuando se acercan por primera vez a su obra en el colegio. El escritor donostiarra José Andrés Alvaro Ocáriz reivindica en su nuevo libro, Pío Baroja, el hombre que vino del mar, la cara más amable y entretenida del novelista en vísperas de la conmemoración del 150 aniversario de su nacimiento. El también profesor se ha propuesto acabar con esa leyenda de hombre triste y melancólico» que rodea a Baroja poniendo el foco en algunas de las obras en las que aparece como «una persona con un corazón sensible y brillante.”

“Pío Baroja es uno de los grandes novelistas del siglo pasado y tiene una obra que puede resultar muy atractiva para los chavales que empiezan a leer, pero los planes de estudios hacen que al final termine siendo un autor oscuro y triste para los más jóvenes.”

“Los responsables educativos escogieron hace décadas El árbol de la ciencia como la obra más representativa de Baroja y desde entonces no se ha corregido este enorme error. Es un gran libro, pero es un libro que hay que leer cuando se tienen ya unos años porque a un chaval le resulta oscuro y no le dice nada. Les hacen leer El árbol de la ciencia cuando Baroja tiene novelas de aventuras fantásticas como Zalacaín el aventurero o Las inquietudes de Shanti Andía, que se adaptan mucho mejor al espíritu juvenil. Confrontar a un alumno que se aproxima por primera vez a Baroja con El árbol de la ciencia es como hacer que alguien que empieza a aprender español tenga que leerse El Quijote.”

Pío Baroja, el hombre que vino del mar surge, así como una reivindicación del Baroja más ameno y también más alejado de los estereotipos. «Tradicionalmente se ha asociado su figura al individualismo y también a la tristeza y la melancolía. Cuando decimos que tal persona es ‘barojiana’ ya se le encasilla como encerrada en sí misma cuando lo que hace precisamente Baroja en sus novelas es abrirse al mundo».”

“El título del mar hace referencia a un elemento de gran importancia en la vida de Baroja. No solo desde el punto de vista temático, varias novelas y cuentos hacen referencia al mundo marino, sino por ese talante de búsqueda de la libertad que le dio a Baroja el haber nacido junto al mar; decía Celaya que haber nacido al lado del mar le hacía amar la libertad de un modo especial, eso mismo podemos decir de Pío Baroja. El mar es un espacio de libertad, un ámbito que Baroja introdujo en muchas de sus principales obras y también un elemento que le acompañó durante toda su vida, aunque viviese alejado de la costa.”

Jon Steimeier ponía por título en la que me realizó para el Diario de Navarra:

Un libro para combatir la imagen huraña de Pío Baroja

“José Andrés Álvaro Ocáriz está convencido de que si alguien ha terminado sus estudios y el único contacto que ha tenido con Baroja es a través de El árbol de la ciencia la visión que va a tener de él posiblemente sea la de un ser amargado. Por eso en la primera parte del libro reivindica “un Baroja sentimental, amable, distinto en suma de lo que nos ha transmitido la enseñanza oficial”.

“Queremos desvestir a Baroja de esa vestimenta de persona huraña e incluso desagradable que aún perdura en nuestros días, fruto de la imagen que se ha transmitido”. Por culpa del tratamiento que ha recibido, y recibe, don Pío en la enseñanza reglada, la visión que un alumno puede recibir del escritor donostiarra es esa. Y es lo que pretendemos desmontar con este libro.”

El libro se estructura en tres partes. En la primera se puede leer una selección de textos no demasiado conocidos en los que Baroja aparece con un corazón sensible y brillante.

Hemos recuperado el breve discurso que el novelista pronunció en 1935 cuando acudió a San Sebastián a inaugurar el busto que le había dedicado el escultor Victorio Macho.

“Si se borra mi recuerdo y el busto permanece en su sitio, me contentaría con que la gente que lo contemplara en el porvenir supiera que el que sirvió de modelo a esta estatua era un hombre que tenía el entusiasmo por la verdad, el odio a la hipocresía y a la mentira y que, aunque se dijera lo contrario en su tiempo, era un vasco que amaba entrañablemente a su país.”

En esa primera parte se traza también un pequeño esbozo biográfico del novelista y se recuperan relatos como Mari Beltza, uno de los cuentos de Vidas sombrías, o Elogio sentimental del acordeón y Elogio de los viejos caballos del tiovivo, incluidos ambos en Paradox, rey, además del conocido cuento Angelus, cuento que pueden leer a continuación:

“Eran trece hombres, trece valientes curtidos en el peligro y avezados a las luchas del mar. Con ellos iba una mujer, la del patrón.

Los trece hombres de la costa tenían el sello característico de la raza vasca: cabeza ancha, perfil aguileño, la pupila muerta por la constante contemplación de la mar, la gran devoradora de hombres.

El Cantábrico los conocía. Ellos conocían las olas y el viento.

La trainera, larga, estrecha, pintada de negro, se llamaba Arantza, que en vascuence significa espina. Tenía un palo corto, plantado junto a la proa, con una vela pequeña...

La tarde era de otoño, el viento flojo, las olas, redondas, mansas, tranquilas. La vela apenas se hinchaba por la brisa, y la trainera se deslizaba suavemente, dejando una estela de plata en el mar verdoso.

Habían salido de Motrico y marchaban a la pesca con las redes preparadas, a reunirse con otras lanchas para el día de Santa Catalina. En aquel momento pasaban por delante de Deva.

El cielo estaba lleno de nubes algodonosas y plomizas. Por entre sus jirones, trozos de un azul pálido. El sol salía  en rayos brillantes por la abertura de una nube, cuya boca enrojecida se reflejaba temblando sobre el mar.

Los trece hombres, serios e impasibles, hablaban poco. La mujer, vieja, hacía media con gruesas agujas y un ovillo de lana azul. El patrón, grave y triste, con la boina calada hasta los ojos, la mano derecha en el remo, que hacía de timón, miraba impasible el mar. Un perro de aguas, sucio, sentado en un banco de popa, junto al patrón, miraba  también al mar, tan indiferente como los hombres.

El sol iba poniéndose... Arriba, rojos de llama, rojos cobrizos, colores cenicientos, nubes de plomo, enormes ballenas. Abajo, la piel verde del mar, con tonos rojizos, escarlatas y morados. De cuando en cuando, el estremecimiento rítmico de las olas,...

La trainera se encontraba frente a Itziar. El viento era de tierra, lleno de olores de monte. La costa se dibujaba con todos sus riscos y sus peñas.

De repente, en la agonía de la tarde, sonaron las horas en el reloj de la iglesia de Itziar y, luego, las  campanadas de Ángelus se extendieron por el mar como voces lentas, majestuosas  y sublimes.

El patrón se quitó la boina y los demás hicieron lo mismo. La mujer abandonó su trabajo y todos rezaron, graves, sombríos. Mirando al mar tranquilo y de redondas olas.

Cuando empezó a hacerse de noche, el viento sopló ya con fuerza, la vela se redondeó con las ráfagas de aire, y la trainera se hundió en la sombra, dejando una estela de plata sobre la negruzca superficie del agua,...

Eran trece los hombres, trece valientes, curtidos en el peligro y avezados a las luchas del mar.”

Concluimos la primera parte de esta obra con el texto que Baroja dedica al otoño:

“El otoño es para mí la época más agradable en el campo y en la ciudad. Después de ese ardor pesado y enervante de los días de agosto, las primeras frescuras otoñales son una delicia.

La lluvia benéfica va cayendo suavemente sobre la tierra y parece que es una voluptuosidad nueva mirar el paisaje y respirar ¡El otoño, qué admirable estación!

Otoño es una dama aventurera  saciada de amores y de frutos. En el Mediodía, en las tierras del vino, muestra la carnación abundante de una Venus de Rubens. Es barroca, espléndida, tiene el color dorado del sol, y, en el cabello, el adorno de los pámpanos y de las hojas de viña. En los países del Norte, menos opulenta y más discreta, es una ninfa pálida, engalanada con flores, que marcha por prados entre las altas hierbas humedecidas por jirones flotantes de bruma.

Otoño es ver las mañanas que brotan, radiantes, por entre la gasa blanca de niebla que envuelve el valle; recibir la caricia del sol, ya enfermizo, que tiene un calor dulce al mediodía, y respirar al anochecer el aire fresco y perfumado de los montes.

Otoño es el olor del heno, la sazón de los prados. Otoño es ver caer la lluvia en un día gris, luminoso y plácido, a través de los cristales de la ventana, oír el rumor del viento en el follaje; marchar por la carretera haciendo crujir bajo los pies las hojas amarillas de los árboles, oír las campanadas de la oración desde lejos, entre el ramaje desnudo de bosque, y encender, al lado del camino, una hoguera de ramas secas.

Otoño es ver pasar, por encima de nuestra cabeza, los pintados pájaros de otros climas, y contemplar las bandadas de aves que vuelan en el alto formando un triángulo y van lanzando gritos estridentes.

Otoño es amontonar en los desvanes el grano dorado, las calabazas ventrudas y disformes y guardar, en los armarios de nogal, las gruesas manzanas olorosas.

Otoño es mirar ensimismado los cipreses agudos del cementerio y sentir cómo van hiriendo en nuestro corazón las horas una a una.

Otoño es acompañar a una mujer lánguida, del brazo, al anochecer y hablar con ella de la vida, de las ilusiones pasadas, mientras los gusanos de luz brillan misteriosos, entre la hierba. ¡Admirable y romántica estación!”

En la segunda parte del libro lleva por título Uno de los nuestros y en ella realizamos un resumen novelado de Memorias de un hombre de acción, el ciclo de 22 novelas que Baroja escribió en torno a la figura de su antepasado, el conspirador y aventurero liberal Eugenio de Aviraneta.

Eugenio de Aviraneta fue un aventurero del siglo XIX, en torno a él Baroja va a tejer el entramado de Memorias de un hombre de acción y va a escribir también la novela que lleva por título Aviraneta o la vida de un conspirador”. La vida de Aviraneta le va a llamar la atención a Baroja y le va a llevar a crear este personaje novelesco que tiene una gran base histórica.


 

En esta segunda parte hemos revitalizado un personaje que aparece en la obra. Es una invitación a leer las 22 novelas que forman esta serie y por eso hemos realizado este juego creativo.

Hemos tomado un personaje de Baroja y hemos ido creando una ficción para unir las veintidós novelas. Shanti, a instancias de su tía Ursula, está ordenando los papeles de Pello Leguía y va descubriendo la vida de don Eugenio de Aviraneta, de quien escribirá Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios Nacionales, concretamente en el que lleva por título Un faccioso más… y algunos frailes menos :

“Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndose carlista para penetrar en los círculos familiares de la gente facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordia, sospechas y recelos, hasta que precipitó la  defección de Maroto, preparando el Convenio de Vergara y la ruina de las facciones. Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal genio de la intriga y un  histrión inimitable para el gigantesco escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo le hicieron un gran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás el primer diplomático del siglo.”

La tercera y última parte del libro está dedicado a la poesía de Baroja, una faceta muy poco conocida del autor donostiarra. Publicó su única obra de poesía, Canciones del suburbio, cuando estaba ya al final de su carrera literaria y tenía 71 años. Baroja no era un simple versificador, como afirmaban algunos, sino que es un poeta de la experiencia, va a plasmar en sus poemas la realidad que le rodea, con sus luces y sus sombras, sin dejarse llevar por arrebatos poéticos, sino mostrando la realidad tal y como es.

Canciones del suburbio cuenta con una triple introducción:

  • Un prólogo de Azorín, titulado Baladas perdidas
  • Una explicación en prosa del propio Pío Baroja
  • Un breve prólogo en verso 

Azorín reconoce que su primera impresión había sido de sorpresa pero que, una vez que la extrañeza había desaparecido, era menester adentrarse en el libro. Escribe el maestro alicantino:

“Algo hay en Las canciones del suburbio que, sin que sepamos en qué consiste, nos atrae con viveza que no podemos ni queremos remediar. Damos vueltas al volumen y ansiamos que nuestra ansiedad interior quede satisfecha. La materia de este libro es lo popular. A lo popular debemos añadir lo pretérito. Si repasamos atentamente Las canciones del suburbio, advertimos, desde luego, que todo lo primigenio y fundamental de Baroja se condensa en estos versos. Aquí está la sustancia popular. Y con esta sustancia, que compone lo más preciso de la obra barojiana, la esquividad, el apartamiento de todo lo aceptado, la aversión a lo falsamente tradicional que informa y da valor a esta obra. Nada más característico que los versos de Las canciones del suburbio. Los mismos arquetipos barojianos son los que desfilan por estas páginas. El mismo espíritu de las novelas es el que los alienta. No existe, por tanto, discontinuidad entre la novela y estas canciones. Todo se nos aparece unido y compacto. Nos rodea , en el volumen de versos, el mismo ambiente que en el mundo de las novelas. Forzosamente, Pío Baroja había de condensar en unas pocas páginas rimadas su pensamiento sobre el mundo y la vida.”

Compara los versos barojianos con los de Juan Valera, con los de Pedro Antonio de Alarcón y prefiere la realidad vivida sobre la que escribe Baroja:

“Esta realidad le lleva a presentar unas figuras que se mueven en un ambiente de lejanía y casi de ensueño.”

Continúa  Azorín indicando que “el libro de Baroja no tendría el valor que tiene si no le circundara ese ambiente de lo pretérito. Al hacerlo así, al escribir Baroja en pasado y no en presente, se logra un efecto que, de otro modo, acaso no existiera: lo que parece más ajeno a la verdadera poesía cobra de pronto un hechizo verdaderamente poético.

Este escribir en pasado contribuye a crear una impresión de que los hechos se han desvanecido. Eso crea, en palabras de Azorín, una impresión profunda, indeleble, angustiadora. Todo ha pasado, todo se ha disuelto, ya no volverá nada, no volveremos a vivir el pasado. Cuando se cierra el libro de Baroja esa es la sensación que queda en el fondo de nuestra alma ¿Y qué importará si el verso es de un modo o de otro, que la cadencia sea esta o la otra? Junto a tanta y tanta obra poética fruslera, que no dejan huella en nuestra sensibilidad, las Canciones de Baroja nos son queridas, porque han puesto en nosotros, en lo más íntimo de nuestro ser, un anhelo que nos inquieta y que no podemos definir. Anhelo que es a la vez, acíbar y  dulzura, esperanza y decepción, alegría y melancolía.”

La segunda parte de la introducción le corresponde al escritor donostiarra. La titula Explicación y pretende indicar por qué y cómo ha creado un libro de poemas.

“Casi todos los escritores, buenos y malos, han hecho algunos versos en su juventud. Yo no los he hecho en la juventud, sino que los he escrito en la vejez.

¿Por qué se me ocurrió una idea tan lejana a mis gustos? Se me ocurrió por aburrimiento. Estaba en París en el verano y el otoño del 39 y en el invierno y la primavera del 40. El pueblo se iba poniendo cada vez más triste y sombrío. La gente conocida, en su mayor parte, se había ido marchando.

¿A qué podía uno dedicarse? ¿A un trabajo manual? Imposible. ¿A un trabajo de erudición? Era muy difícil.

Venía a mi casa una mecanógrafa y copiaba algunos artículos que yo enviaba a América. Se me ocurrió dictarle un folletín, una especie de novela por entregas y, después, dibujar yo mismo unas estampas toscas e intercalar algunos romances. La idea era muy poco práctica, pero la extravagancia misma del proyecto me producía cierta alegría. Pero lo tuve que abandonar pronto.

Luego, en Bayona, dicté a una muchacha mecanógrafa algunas impresiones de París y unos romances. Al marcharme de Bayona dejé los papeles y algunos libros en casa de una familia casi desconocida y pensé que unos y otros se perderían  y que ya no me ocuparía de ellos. Pero todos me han seguido como perros fieles al amo.

Luego, he comenzado a leer estos versos y no he comprendido si vale la pena publicarlos, aunque sea para un corto número de amigos. Me parecen todos ellos decadentes y, al mismo tiempo, defectuosos, productos de vejez y de neurastenia.

Si yo supiera corregirlos (he intentado hacerlo, sin éxito) lo haría, pero no tengo norma clara para ello. Si intento mejorarlos, pierden su carácter y se hacen afectados, y, si los dejo tal como están, quedan toscos.

Este es el pequeño problema que no sé resolver.”

En la tercera parte de la introducción encontramos este prólogo en verso.

Prólogo un tanto fantástico

Locura, humor, fantasía,
ideas crepusculares,
versos tristes y vulgares,
eterna melancolía,
angustias de hipocondría,
soledad de la vejez,
alardes de insensatez,
arlequinada zozobra,
rapsodias donde todo sobra
y falta mucho a la vez.

Viviendo en tiempo brutal,
sin gracia y sin esplendor,
no supe darles mejor
contextura espiritual.
Es un pobre carnaval
de traza un tanto harapienta,
que se alegra o se impacienta
con murmurar y gruñir,
con el llorar y el reír,
de su musa turbulenta.

Y como no hay más recursos
que escuchar a esta barroca
furia, que siga su curso
y que lance en su discurso
la amargura de su boca.

Cinco partes componen el libro. La primera lleva por título La juventud, con versos  bohemios y madrileños. Recuerdos de vagabundo es la segunda: son los recuerdos del constante viajero que fue Pío Baroja. La tercera, Impresiones de París, está compuesta por poemas tristes, melancólicos, con los recuerdos mezclados de sus varias estancias. Melancolías grotescas  es el título de la cuarta  parte. Y la quinta, Unos epílogos de la época, tiene relación con el primer año de la segunda guerra mundial, el último de su vida parisina y con el viaje final hasta Bayona y la frontera.

La primera parte, La juventud, está formada por 37 poemas. Esta primera parte se inicia recordando un incidente de su niñez: cuando vio pasar delante de su casa de Pamplona a un reo al que iban a ejecutar. Siguen recuerdos de personas, como el buhonero, la prostituta, el golfo , el madrileño castizo, el bohemio, etc. y recuerdos también de lugares, como el café cantante, el paseo del Retiro, el cementerio, la casa de juego, la taberna,… 

Estos son los primeros versos del titulado Invitación a la golfería:

Un pollito madrileño,
petulante y fanfarrón,
le decía a una muchacha
con aire conquistador:
-yo me pondré la gorrilla,
tú te pondrás el mantón,
e iremos por las calles
a lucirnos, como hay Dios.
Entraremos en la tasca,
en el tupi y el figón,
tomaremos unas tintas
de pardillo del mejor,
y si tercia e invitan,
y hay una buena ocasión,
nos marcaremos un chotis
en el baile de la Flor.

La segunda parte lleva por título Recuerdos de vagabundo y está compuesta por 42 poemas. En ella, Pío Baroja recuerda las impresiones que ha dejado en él la multitud de viajes realizados a lo largo de su vida.

Así comienza el que dedica a las ferrerías:

Las ferrerías

En las provincias del Norte,
cerca de arroyos muy claros,
he visto que hay todavía
ferrerías en los campos.
Tienen aspecto ruinoso,
son asilo de lagartos
los muros llenos de líquenes
y de piedras los tejados.
Están encima del agua,
tan cubiertas de hierbajos,
que parecen peñascales
más que productos humanos.

La tercera parte, titulada Impresiones de París está compuesta por 29 poemas. Se recogen, en ella, los recuerdos que han dejado en Baroja sus estancias en la capital francesa. Etas son las primeras estrofas del titulado Jardín del Luxemburgo:

Jardín del Luxemburgo

Día otoñal de París
de poca luz y color;
día oscuro, día gris
romántico y soñador.

El viento arrastra la hoja
por el suelo del jardín
y canta triste congoja
en su mágico violín.

El crisantemo de oro
aún reluce en el parter;
tuvo fulgor de tesoro,
hoy es la sombra de ayer.

Melancolías grotescas es el título de la cuarta parte. La componen 16 poemas. Son más recuerdos de Baroja sobre gentes, paisajes,...

Tierra fértil, tierra amable,
la tierra de Normandía,
prados verdes, valles claros,
boscajes en las colinas,
ríos de corriente mansa
y césped en las orillas
que van a engrosar el Sena
y a aumentar su onda tranquila.

Algún monasterio antiguo
que en un cerro se divisa,
algún castillo roquero
del altozano en la cima.

En las ciudades del gótico,
verdaderas maravillas
se muestran cual los encajes
que en los talleres fabrican.
En el campo, las praderas
cubiertas de flores brillan,
la vaca que pasta, grave,
y que al caminante mira,
tiene un aire pensativo
en su serena pupila.

Los 15 poemas que constituyen la quinta parte, Epílogos de la época, nos hablan de un periodo que se termina y del que el escritor es testigo, Estos son los últimos versos del poema con el que concluye el libro de Baroja:

Ya nada me preocupa:
ni el dinero ni la fama,
ni los honores y burlas,
ni los elogios o sátiras,
y sólo aspiro a dar fin
con decencia a la jornada
y disolverme en el éter
o en la búdica nirvana.
Adiós, pues, amiga mía;
adiós, mi querida dama.
Hay que dejar a los otros
el dolor y la esperanza,
los trabajos e inquietudes,
toda esta farsa vana.

Hemos incluido también el poema que a Pío Baroja le dedica Antonio Machado:

Pío Baroja

En Londres o Madrid, Ginebra o Roma,
ha sorprendido, ingenuo paseante,
el mismo tedium vitae en vario idioma,
en múltiple careta igual semblante.
Atrás las manos enlazadas lleva,
y hacia la tierra, al pasear se inclina;
todo el mundo a su paso es senda nueva,
camino por desmonte o por ruina.
Dio, aunque tardío, el siglo diecinueve
un ascua de fuego al gran Baroja,
y otro siglo, al nacer, guerra le mueve,
que enceniza su cara pelirroja.
De la rosa romántica en la nieve,
él ha visto caer la última hoja.


Nota: Les recordaré que los beneficios que se obtienen con la venta del libro Pío  Baroja, el hombre que vino del mar se destinan a intentar paliar esta grave crisis humanitaria que se ha producido con la invasión de Ucrania; en concreto, estamos colaborando con un comedor social en el distrito Solomyanska de Kyiv. El libro lo distribuye Elkar.


Eusko Jaurlaritza