547 Zenbakia 2010-09-24 / 2010-10-01

Artisautza

Abel Portilla. Fundidor de campanas: Historia

AGUIRRE SORONDO, Antxon

Historia

Para que un edificio profano quede plenamente consagrado a las obras del espíritu, antes deben cumplimentarse dos ritos: que el Santísimo Sacramento penetre en la capilla y que suene su campana. A sabiendas de ello, se dice que santa Teresa de Ávila velaba por que las fundaciones de su orden se dotasen en lugar visible de una buena campana, elemento al que se otorgaba la mayor importancia en toda comunidad religiosa. De alguna manera sigue siendo así: de visita en una comunidad de monjas oiremos a las madres referirse a sus campanas como a miembros vivos de la familia conventual, y como tales tratadas con un mimo casi fraterno.

A las campanas se las tiene como elementos explícitamente religiosos: no sólo se las bautiza con nombres de santos, sino que además presentan lemas sagrados inscritos en su superficie, y, por supuesto, han de ser bendecidas o bautizadas antes de ascender a sus campanarios. Con estas cualidades, no ha de extrañarnos que a su sonido se le atribuyesen virtudes benéficas tales como alejar las tormentas o atraer la protección divina.

El tañido solemnizaba los momentos señalados en las comunidades cristianas: la consagración en la misa, la llegada del obispo, el inicio de las procesiones, las exequias… Pero es que, además, antes de que se generalizasen los modernos medios electrónicos de interfonía, el repique de campanas cumplía en las comunidades religiosas con una importante misión transmisora. Mediante un lenguaje sonoro articulado con campanas de diferentes diámetros y tonos, se sabía para quién era el mensaje y de qué dependencia procedía, actuando a la manera de una carta con remite. Asimismo, las campanas marcaban las horas tanto profanas como piadosas: el recreo, la comida, el reposo o las horas litúrgicas (misa, confesión, reflexión...). Por el mismo procedimiento se notificaba a los religiosos o religiosas que una jerarquía eclesiástica había fallecido o la proclamación de un nuevo Papa.

Similar aplicación ha conocido la campana en la vida social de nuestros pueblos. Por tradición centenaria las asambleas vecinales o los cuerpos de regidores se reunían en consejo convocados por el tañido de las campanas, como todavía se hace una vez al año en algunas localidades navarras para que los vecinos acudan a arreglar los caminos mediante el toque denominado “auzolan” o “a vereda”. Hasta no hace muchos años en algunos de nuestros pueblos y barrios se anunciaba la buena nueva del nacimiento de un bebé por un sonido especial de la campana, atávica costumbre que llegó a tal depuración que la cualidad del tañido indicaba el sexo del recién nacido. Igual sucedía cuando un vecino agonizaba —toque de agonía— o cuando había fallecido —toque de difuntos—, señalándose en el segundo supuesto cuándo se celebrarían las honras.

En los tiempos ya lejanos en que las costas eran refugio estacional para las ballenas, los atalayeros hacían señales de humo para advertir del paso de un cetáceo por las aguas próximas, y a su vista se iniciaba el toque frenético de la campana de la cofradía local, que no cesaba hasta que todos los cazadores hubieran partido en persecución del codiciado mamífero. Los fareros y los barcos también volteaban sus campanas durante los días de niebla para evitar el riesgo de colisión.

En pequeñas aldeas y pueblos, sigue empleándose la llamada de fuego o rebato cuando se produce un incendio, a cuyo sonido todos los vecinos del pueblo y alrededores acuden solidariamente a sofocar el fuego. De aquí deriva que los antiguos coches de bombero, policía, etc. portasen una campana que agitaban estrepitosamente en sus desplazamientos de emergencia.

En resumidas cuentas, hasta la aparición de los modernos medios de transmisión las campanas hicieron posible la comunicación entre las personas. Lenguas de metal que anunciaban dichas y desdichas.