475 Zenbakia 2009-02-27 / 2009-03-06

Artisautza

Kuluma. Joyería contemporánea: Historia

AGUIRRE SORONDO, Antxon

Etnografía

Desde la más remota antigüedad la plata se ha usado como moneda. Pero también ha sido elemento unido a la mitología y las creencias populares. Por ejemplo, según las leyendas hindúes, existía una maravillosa montaña toda de plata, llamada Calaya, lugar del tercer paraíso hindú. En él imperaba el dios Ixora que iba montado sobre un buey, con sus servidores que le rendían culto.

Triglav era un ídolo venerado en Brandeburgo y Stettin, al cual se representaba con tres cabezas de plata; la frente y los labios estaban rodeados de una cinta de oro.

Volviendo a nuestro ámbito, ha sido tradicional que la gente pudiente bebiera siempre en una copa de plata, pues se creía que la plata neutralizaba cualquier veneno o emponzoñamiento, con lo que evitan morir envenenados, fuera accidentalmente o por acción de cualquier enemigo.

Don José Miguel de Barandiarán recogió cómo en Leitza, para la recolección de la manzana el dueño del terreno pedía ayuda a sus vecinos, los cuales posteriormente eran obsequiados con una merienda en el mismo campo. Si el propietario era rico, hacía servir el vino en un platillo de plata llamado barkillo.

Aún hoy en algunas ermitas de nuestra zona es costumbre tras la misa dar vino gratis a los asistentes que se les sirve en una taza de plata.

Popular creencia es que dijes de plata protegen contra el aojo. Era antaño usual el colocarlos en la muñeca de los niños.

En Treviño recogimos el dato de cómo en una de las casas pudientes de la zona se mantenía la costumbre hasta hace unos años que cuando se veía venir la tormenta, sobre todo “de Santa Cruz a Santa Cruz”, del 3 de mayo festividad de la Invención de la Santa Cruz, al 14 de septiembre, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, época en las que hay que cuidar las cosechas, sobre todo de trigo, se hacía sonar una campanilla de plata ya que con ello se evitaba la caída del temido pedrisco destructor.

Por último era costumbre que cuando el sacerdote asistía a la ceremonia de fundición de una campana de bronce arrojara al caldo una moneda de plata pues se creía que con ello se lograba que la campana tuviese mejor sonoridad.