783 Zenbakia 2024-03-18 / 2024-05-15

Gaiak

Algunos apuntes sobre la idea de la cultura transformadora

GARCÍA, Marcos

El pasado septiembre participé en una mesa en Pamplona organizada por Eusko Ikaskuntza que llevaba por título “Cultura transformadora”. A continuación resumo el punto de vista sobre la idea de cultura transformadora y desarrollo algunos de los puntos que compartí en la sesión:

Al ver el título de las jornadas lo primero que me vino a la cabeza es que la capacidad transformadora de la cultura es limitada. No es fácil cambiar. Eso no quiere decir que en la cultura no haya un potencial transformador. El poeta Ben Lerner hablando sobre lo que la poesía puede y no puede hacer dice: “No puede hacer mucho, pero ese poco es muy importante”[1]. Desde mi punto de vista ese poco pero crucial que puede aportar la cultura tiene que ver con abonar un contexto de experimentación y cooperación social en el que el cambio sea posible.

Por otro lado, si pensamos qué tipo de cambio es necesario creo que tiene que ver con una transformación cultural en un sentido antropológico, es decir un cambio en los valores y los modos de hacer y de relacionarnos con los demás y con el entorno. Aquí las instituciones públicas -no solo las culturales- pueden jugar un papel relevante, en la medida en sean capaces de habilitar espacios de colaboración y experimentación para la construcción de nuevos recursos comunes.

La dificultad del cambio

Somos máquinas de repetición. Nada hay más difícil que el cambio y la transformación. Freud utiliza el mito de Sísifo para explicar la compulsión a la repetición como parte del funcionamiento psíquico. Sísifo fue condenado a una repetición eterna: debía subir a la cima de una montaña con una roca para desde allí lanzarla, verla caer y ​​repetir la secuencia de subir la piedra y volver a tirarla de manera interminable. Aunque la tarea sea absurda e incluso autodestructiva hay una tendencia muy fuerte en lo humano a la repetición y una gran resistencia al cambio.

A la energía de destrucción y de autodestrucción que hay en la naturaleza humana Freud la denomina pulsión de muerte. Afortunadamente hay otra fuerza en lo humano que puede lidiar con esta pulsión de muerte. Freud lo llama eros, o el amor, y es lo único que puede interrumpir la repetición de lo mortificante. Esta potencia amorosa, que Freud describe como de cooperación y composición de los cuerpos, es a la vez individual y colectiva. Por eso cuando uno va a tratar sus repeticiones en el psicoanálisis no acude como paciente pasivo. Freud describe la resistencia al cambio del inconsciente como una dura roca que solo se puede erosionar poco a poco en una tarea interminable realizada por el analizado con ayuda del analista. Con la ayuda del analista es el analizado quien, en una tarea interminable, puede erosionar poco a poco esa dura roca, que es como Freud describe la resistencia al cambio del inconsciente.

Por eso, para Freud, hay tres profesiones o actividades “imposibles”: curar, educar y gobernar. Son imposibles porque el terapeuta, el educador o el gobernante no pueden controlar y determinar los efectos sobre el paciente, el alumno o el pueblo sino generar las condiciones que posibiliten la sanación, el aprendizaje o el gobierno. ¿Deberíamos incluir al gestor cultural dentro de las profesiones imposibles?

Creo que pensar la gestión cultural como profesión imposible tiene que ver con que la potencia transformadora de la cultura no reside en su capacidad para transformar nada de manera directa, sino en habilitar espacios de posibilidad de cambio en los que éste se puede dar o no.

Aquí tal vez, sea oportuno preguntarnos qué idea de cambio manejamos cuando aludimos a la capacidad transformadora de la cultura. Si pensamos en el cambio como un gesto épico y disruptivo al estilo de las películas de Hollywood[2] o como un proceso largo y silencioso que propone la sabiduría china[3]. Por otro lado, conviene recordar que la cultura tiene una doble función de preservar y continuar lo heredado y a la vez de recrearlo y de transformarlo. Esta ambivalencia se complica aún más desde el hecho de que el mundo ha sufrido enormes transformaciones en los últimos 200 o 300 años. ¿Tal vez la transformación que necesitemos sea la de regresar a prácticas preindustriales o premodernas?

La gran transformación. La cultura como bien común

En 1944 Karl Polanyi publicó La gran transformación. En este libro describe el proceso histórico a través del cual la economía de mercado -apoyada o contrarrestada por el estado- ocupa cada vez más espacio en la vida social en detrimento de las formas comunales de gestión de los recursos propias de las sociedades precapitalistas. La gran transformación sería el sometimiento a las leyes de la oferta y la demanda de cada vez más aspectos de la vida. Desde mi punto de vista, una cultura transformadora sería aquella capaz de revertir esta situación. ¿Cómo la cultura puede contribuir a ensanchar lo común?

Creo que las políticas públicas y las instituciones culturales que hemos heredado contribuyen de manera limitada a ensanchar lo común. Esto es así porque operan bajo el paradigma de la comunicación en vez del paradigma de la acción colectiva propio del ámbito de lo común. Una cultura transformadora sería aquella de los modelos institucionales que favorezcan la creación de nuevos bienes comunes. ¿En qué medida los proyectos culturales contribuyen a activar la experimentación y la cooperación o son meros sucedáneos de una acción colectiva que se ha vuelto imposible?

Laboratorios ciudadanos como laboratorios del procomún

Un laboratorio es un espacio protegido que permite experimentar -es decir, equivocarse- en unas condiciones que no ofrece el día a día del mundo en el que vivimos. Desde luego, nuestro mundo penaliza la experimentación, ¿pero qué tipo de experimentos son necesarios? Aquellos que tienen que ver con ensayar formas de acción colectiva para la creación de lo común. ¿Pueden estos espacios cultivar semillas de transformación y de intensificación de lo común? ¿Dónde se pueden habilitar estos laboratorios del procomún? Sin duda el ámbito de la cultura, cuando no se rige por una lógica instrumental ni se entiende de manera sectorial sino en un sentido antropológico, es un entorno idóneo para ello.


[1] Geoffrey G. O'Brien, director del Lunch Poems U.C. Berkeley, en una introducción a la presentación de Ben Lerner el 4 de abril de 2019

[2] La cultura misma como suministradora de imágenes sobre qué es el cambio y la transformación.

[3] Entrevista de Amador Fernández-Savater a François Julien en “Habitar y gobernar. Inspiraciones para una nueva concepción política”, NED Ediciones (2020).


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