766 Zenbakia 2021-11-23 / 2021-12-15

Gaiak

La gobernanza para la Transición Ecológica, una de las mayores disputas ideológicas de nuestro tiempo

MONGE LASIERRA, Cristina

Politóloga, analista política

La sucesión de evidencias científicas sobre el cambio climático, su origen en actividades ligadas al modelo de desarrollo económico y las consecuencias que puede acarrear se suceden a un ritmo cada vez mayor. Tanto, que se ha dejado de debatir ya sobre la existencia del fenómeno para pasar a discutir cómo abordar la transición ecológica. Esto supone un cambio de enfoque que enfatiza no el “qué” sino el “cómo”, asunto de naturaleza política por excelencia.

Para entender los parámetros desde los que abordar el desafío hay que considerar que desde el enfoque político la crisis climática tiene, al menos, cuatro características que añaden dificultad a su gestión por las democracias avanzadas. Esto no significa que los sistemas autoritarios traten mejor este asunto, como ha quedado ampliamente demostrado en la literatura especializada, pero conviene perimetrar los hándicaps para poder gestionarlos con mayor probabilidad de éxito. De cada una de estas dificultades se derivan ingredientes básicos para la gobernanza de la transición ecológica.

En primer lugar, la transición ecológica debe incorporar un pacto intergeneracional. El abordaje del reto ambiental plantea un problema de rendición de cuentas e incentivos. ¿Cómo puede un gobierno elegido para cuatro años rendir cuentas de algo cuyos efectos solo se constatarán en el largo plazo? Y en la misma línea, ¿qué incentivos tiene para ello si las decisiones a tomar suponen en muchos casos renuncias a corto cuyos beneficios sólo disfrutarán generaciones que probablemente aún no han nacido o acaban de hacerlo? Ambas cuestiones llevan a la necesaria incorporación del  pacto intergeneracional al contrato social.

Por otro lado, la complejidad de la crisis climática hace necesario disponer de múltiples saberes trabajando de forma transdisciplinar en torno a este desafío común. La crisis climática presenta una enorme complejidad en la comprensión de unos efectos que se van conociendo conforme suceden. Si el conocimiento científico nos dice que, en buena medida, estamos entrando en terreno desconocido en lo que al comportamiento de la biosfera se refiere, desde el punto de vista económico, social y político no hay muchas más certezas. Estudios de distinta naturaleza están constatando que el cambio climático es la primera causa de desplazamientos de personas en el mundo, que presenta desafíos como la reconceptualización de la noción de refugiado o de la propia idea de bienestar, y que, conforme profundizamos en su conocimiento, comprobamos cómo los retos que plantea se extienden a todas las esferas de lo público. Se necesita, por tanto, de todos los conocimientos disponibles para abordar un asunto de tal magnitud. Y es preciso que dichos conocimientos trabajen de forma conjunta dando soluciones complejas a problemas que también lo son. Propuestas como las que Mariana Mazzucato está planteando alrededor de las Misiones recogidas en el Horizonte Europa pueden aportar elementos metodológicos válidos para abordar el desafío ambiental en términos de retos colectivos.

Hoy ya apenas nadie duda que hay que actuar para paliar las consecuencias del cambio climático
y mitigar sus causas.

En tercer lugar, pocos fenómenos como la crisis climática han puesto de manifiesto la naturaleza global de un desafío. La crisis climática es claramente uno de esos fenómenos globales. Con responsabilidades diferenciadas, como se subrayó hace ya años en los acuerdos de las Conferencias de las Partes de la Convención sobre Cambio Climático –conocidas como COP-, pero claramente global. Tanto que se ha acuñado la expresión “doble injusticia del cambio climático” para señalar cómo los países en desarrollo, los que menos responsabilidad han tenido en su aparición, sufren en mayor medida las consecuencias, ya que sus economías dependen de forma más directa de los ecosistemas y a la vez carecen de medios económicos y tecnológicos que faciliten la adaptación. El multilateralismo es el tercer elemento clave de la gobernanza para la transición ecológica, con todos los riesgos y carencias que encierra.

El cuarto elemento viene dado por la constatación de que es que si el cambio climático lo cambia todo – parafraseando el título del libro de Naomi Klein-, la transición ecológica ha de acabar afectando a todas las áreas de lo público, reto que ni las administraciones públicas por sí solas, ni el sector privado, ni lo que se suele llamar tercer sector o sociedad civil organizada pueden hacer sin el concurso del resto. Un reto de estas dimensiones necesita de una normativa adecuada, de políticas públicas a la altura del desafío, de inversores que desinviertan en la llamada “economía marrón” y canalicen su capital hacia la “economía verde”, y de una sociedad civil activa y comprometida con el cambio. Todos estos sectores están empezando a avanzar ya en esas líneas, cada uno en su camino y no con la velocidad adecuada, pero en la medida en que unos avancen será más sencillo que el resto lo hagan. De ahí que iniciativas como las Asambleas ciudadanas para el clima – en España se acaba de anunciar la celebración de la primera Asamblea para inicios de 2022 y ya se está trabajando en su preparación como puede verse aquí – sean un marco propicio de deliberación ciudadana donde profundizar en los temores y resistencias que puede tener la ciudadanía ante una transición del calado de la que aquí se describe. 

Cuatro elementos, al menos, imprescindibles en la gobernanza para la transición ecológica: El pacto intergeneracional, los diferentes saberes trabajando conjuntamente, mecanismos multilaterales capaces de incorporar una visión global incorporando la pluralidad de características locales y la acción de todos los actores políticos, económicos y sociales trabajando en torno a un reto común.

Según diferentes estudios, hoy ya apenas nadie duda que hay que actuar para paliar las consecuencias del cambio climático y mitigar sus causas. Tomando, por ejemplo, el estudio elaborado por 40dB para EL PAÍS, un 93,6% de la población española es consciente de la existencia del cambio climático, un 76% cree que es debido a la acción humana tal como indica la práctica totalidad de la ciencia, y más del 90% considera que hay que tomar medidas urgentes.  Aunque existe una tendencia a dar mayor relevancia a la crisis climática entre el electorado de izquierdas, la variación en el eje ideológico no es abrumadora. Del electorado que más claramente muestra su creencia en la existencia del cambio climático, los votantes de Unidas Podemos (98,6%), a los más escépticos, los de Vox (83,1%), apenas hay una diferencia de 15,5 puntos. Ahora bien, los caminos por los que se pueden llegar a ese punto son claramente ideológicos. El peso que se otorgue al mercado o a la regulación, el papel de la sociedad civil o la noción de “transición justa” que supone apoyar de forma especial a quienes peor lo van a pasar, son algunos de los factores que dibujan esos múltiples caminos de naturaleza claramente ideológica. Si se tiene en cuenta que estamos ante el mayor desafío que tiene ante sí la humanidad no parece exagerado plantear que esta puede ser una de las mayores disputas ideológicas de nuestro tiempo.


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