761 Zenbakia 2021-05-19 / 2021-06-16

Gaiak

In memoriam de un humanista navarro: Tomás Yerro (1950-2021)

AGUINAGA ALFONSO, Maialen

Ya casi en vísperas de un nuevo aniversario de la muerte de Cervantes, ha fallecido en Pamplona un humanista navarro, a quien se le concedió el máximo galardón de la Cultura el Premio Príncipe de Viana en 2019 tras unos años de una grave enfermedad.  La aceptó con la naturalidad de quien asume que todos somos enfermos en libertad condicional, en palabras de Pascal.  Nos enseñó a vivir y morir con paz.

Si las verdaderas tumbas de los escritores son sus obras, ¿qué mejor manera de honrar su memoria que leyéndolas o releyéndolas? Ahí es donde de modo inequívoco nos deja Tomás Yerro, navarro con corazón universal, su pálpito existencial: bien se trate de poemas, memorias de su infancia y adolescencia en Lerín, sus numerosos artículos de crítica literaria sobre diversos autores, colaboraciones en obras colectivas o coordinador de trabajos, como el publicado en 2005 en dos volúmenes, titulado Por la senda de don Quijote.  En el caso de Tomás, además de su labor como escritor, no podemos olvidar su gran faceta como docente de literatura de enseñanza media y universitaria. A quienes hemos compartido esa profesión, nos enorgullece contar con un ejemplo de profesor que entusiasmaba y hacía disfrutar la literatura a quieres tuvieron la suerte de ser sus alumnos. La película El club de los poetas muertos presenta el personaje del nuevo profesor Keating, interpretado por Robin Williams, ingenioso e innovador en los modos de enseñar literatura; otro tanto podemos decir de Tomás como un profesor genial e innovador, que sabía transmitir su gran cultura encarnada en la vida real. De hecho, recibió el Premio extraordinario en su licenciatura en Filología Románica en 1973 en la Universidad de Navarra. Ya en 1977 publicó su primer libro Aspectos técnicos y estructurales de la novela española actual, que muchos profesores leímos con gran interés, por su capacidad de asimilación de los nuevos rumbos formales que tomaba el género narrativo. Quizá podemos poner en parangón a Tomás, como profesor de instituto, escritor y conferenciante, con un gran poeta del 27, Gerardo Diego por su modo de unir múltiples facetas con extraordinaria versatilidad, de profesor, poeta y crítico literario, más orientada en el escritor cántabro hacia la poesía en sus diversos registros. Cualquiera de los que hayamos disfrutado de las clases de Tomás, bien los que fueron tan afortunados de ser alumnos suyos de Secundaria en el Instituto Plaza de la Cruz o en otros institutos previos, donde desarrolló su mejor labor como docente, o en las diversas universidades navarras u otras instituciones en que impartía clases a adultos, podemos decir cuánto nos enriqueció con sus sabias lecturas, pertinentes comentarios críticos de obras o leyendo poemas introduciéndose en la piel del autor. A esta clase de profesores, bien podemos honrarles con el título de “Maestro” con mayúscula, porque enseñan a vivir con más profundidad existencial y su interés por las personas más que por sus ideas. Tomás era “un humanista” en el pleno sentido de la palabra; tiene más valor haberlo sido en el siglo XXI, donde la enseñanza se ha vuelto muy fragmentaria en conocimientos, sin integración en una unidad superior, propia del sabio, que le da un sentido vital. Eso lo lograba Tomás con su bonhomía. Se le podía aplicar en plenitud el verso del poeta latino Horacio “instruere deleitando”.

Hace un año, el 28 de enero de 2020, asistí a una de sus últimas conferencias en Pamplona, sobre los mayores. La recuerdo como un viaje literario a través de poetas que cantan la edad longeva de la jubilación y de la ancianidad.  Los veía como guías y transmisores de sabiduría entre generaciones, admiraba su curiosidad intelectual, su capacidad de escucha y su anhelo de formación continua. Fue una maravilla escucharle recitar esos poemas, como quien los vivía existencialmente. Era consciente de su grave enfermedad y ponía en los versos la cadencia de quien vivía lo que recitaba, con una agradable modulación de la voz.

Tomás supo conectar en sus últimos años con este colectivo de los mayores y enfermos. Desde 2011 hasta cuando le fue posible por su enfermedad, fue voluntario en la Sociedad Navarra de Geriatría y Gerontología. A ellos dedicó uno de sus dos últimos libros, presentados por la Consejera de Cultura y Deporte de Navarra, en sesión pública en enero de este año, titulado Personas mayores. Patrimonio de Primera. Con el segundo, dedicado a su pueblo natal Lerín, buque varado sobre el río Ega forman parte de los tres libros (el tercero sobre crítica literaria, pendiente de ver la luz póstumamente) del proyecto del Gobierno de Navarra, de publicar sus obras tras la concesión del merecido Premio Príncipe de Viana en 2019.

Recuerdo algo personal que indica su magnanimidad.  Cuando publiqué mi primer libro en la editorial gallega Castro en Sada, un breve análisis de la novela La quimera de Emilia Pardo Bazán, escribí a Tomás Yerro, Director en 1993 del Servicio de Acción Cultural del Gobierno de Navarra, proponiéndole la adquisición de dicho libro para bibliotecas de la autonomía, en mi condición de navarra que entonces vivía en Galicia. Enseguida recibí una amable carta suya, aceptando la sugerencia y comprando un determinado número de ejemplares. Para mí, profesora de instituto con mi primer librito bajo el brazo, fue un espaldarazo que me animó a seguir esa senda de la crítica literaria. Puedo decir que Tomás, en su generosidad y buen hacer, era un despertador y encendedor de ilusiones y sueños. Lo mostró en los numerosos concursos literarios en los que formaba parte del jurado. Un difusor de cultura sin distinción de fronteras nacionales o internacionales. Su propio universo literario era muy amplio en registros ¡Descansa en paz, Tomás, tras una intensa vida plena, como la de los grandes humanistas que en el mundo han sido!


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