339 Zenbakia 2006-03-17 / 2006-03-24

KOSMOpolita

Los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola

UGARTETXEA ARRIETA, Arantxa

UGARTETXEA, Arantza



Y El cristo de la casa de ejercicios “Cristo de Pedreña”. o pertenezco a una época, en la que durante mi adolescencia, hacer los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, formaba parte de la educación religiosa del colegio al que pertenecía. Durante los cursos de quinto y sexto de bachiller, toda la clase nos trasladábamos a Loyola, a la cuna del Santo, para impregnarnos mejor de aquel espíritu que llamaban “el espíritu de los ejercicios”. Pero dando un salto en el tiempo, y sin mirar demasiado a experiencias pasadas, me tocó en el verano del 2004, visitar Loyola con dos grandes amigos, uno colombiano y el otro brasileño. El primero sacerdote jesuita y el segundo psiquiatra de profesión al mismo tiempo que un promotor de la pelota vasca en Brasil. Cuando estábamos llegando la final de la visita en “la santa casa”, como si de algo connatural se tratara les comenté que, los ejercicios fueron para Ignacio un acto psíquico y mágico. Un acto transformador. ¡Algo ocurrió!.

Y es que esta percepción personal quedó en mi, aquel día, como una pregunta y yo diría que también como un deseo, el deseo de experimentar. Al margen de tanta explicación teológica vividas hacía muchos años, sentí que estaba ante un hecho histórico ocurrido a un personaje de mi propia tierra Guipuzcoana, cuya trascendencia había sido casi inmedible en el momento y lo continuaba siendo a pesar de la ignorancia que sobre el tema tenía, como si aquello no tuviera que ver nada con mi propia vida y por supuesto con el entorno que me rodea. Pero el hecho es que, comencé a ver a Ignacio como ese hombre de la tierra, autodidacta espiritual aferrado a una búsqueda, un afecto y una práctica. No nos dejó ninguna exhaustiva obra teológica, no me parece que es un Padre de la Iglesia en el sentido tradicional, veo sin embargo que nos dejó un librito de ejercicios espirituales, es decir, “una práctica”. Así como quien no quiere la cosa parece que nos dice con entusiasmo: esta es mi experiencia, podéis probarla. Casa de ejercicios de Pedreña (Santander).

A este respecto traigo aquí lo que Alfonso Álvarez Bolado S. J. dice en la revista “Sal Térrea” (Apartado 77-39080 Santander), en su separata de Julio/Agosto de 2005, en el artículo que lleva por título “Ejercicios de mes en Pedreña. Una tradición de sesenta años” pp. 657-658:

“Empezaré citando una carta escrita desde Venecia, el 16 de noviembre de 1536, por un laico guipuzcoano, Iñigo de Loyola, que terminaba sus estudios de teología y escribía a Manuel Miona, presbítero portugués, que había sido su confesor en Alcalá y en París. Expresaba así su intención:

“... como yo hoy en esta vida no sepa en que alguna centella os pueda satisfacer, que poneros por un mes en ejercicios espirituales... porque a la postre no nos diga su divina Majestad por qué no os lo pido con todas mis fuerzas, siendo todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mesmo como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos; que cuando para lo primero no sintiésedes necesidad, veréis sin proporción y estima cuánto os aprovechará para lo mismo”. (Obras Completas de Ignacio de Loyola. Edición manual (Bac, 86), Madrid 1963, pp. 630-631). En las escaleras principales grupo de ejercitantes y ejercitadores, agosto de 2005.

Sabía que en Pedreña (Santander) existía una Casa de Ejercicios. Mas tarde me enteré que se había estrenado como tal en 1940, donación de la familia Portillo a la que pertenecían tres hijos jesuitas y que en la actualidad, después de reformada, continúa en total vigencia, atendida por las religiosas Esclavas de Cristo Rey. Supe que sólo una vez al año se celebran los tales ejercicios de mes en esta casa, y que los “ejercitadores” actuales resultaban ser: Alfonso Álvarez Bolado y Antonio Guillén, ambos sacerdotes jesuitas ¡claro!. Profesionales no solo en estas prácticas sino, doctor en filosofía el primero y licenciado en economía el segundo, además de las investiduras teológicas que como jesuitas conllevan. El caso es que, estos dos jesuitas, desde 1996 acompañan durante el mes de Agosto, a todo el o la, que desee participar de esta aventura espiritual.

Yendo por la carretera y un poco antes de entrar en el pueblo de Pedreña, si se va de Santander hacia Somo, hay un letrero, junto al portón de una casa amurallada, que dice “Casa de Ejercicios”. Atravesar el umbral supone entrar en el rito mágico que conlleva el entregarse por un mes, a lo que allí se vive y comparte, como si de un acontecimiento profundamente humano-divino se tratara. Todos los miedos que puedan surgir como consecuencia de lo que una experiencia mística, pueda afectar a nuestra psique que consideramos no preparada para este viaje trascendental, se diluyen, y si en algún momento, haciendo uso de la libertad que nos es dada, decidimos abandonar lo comenzado, es siempre posible hacerlo. Un día de descanso en Pedreña.

Y es que todo está impregnado de una pedagogía ignaciana tejida de la manera mas sensible y acogedora. No por eso menos recia y austera. Nunca pensé que aquellos benditos ejercicios de antaño, en los que el miedo y la culpa se hacían tan presentes, se hubieran transformado a través de una mas auténtica interpretación, en aquello que considero yo lo mas importante de los mismos: “ese toque afectivo y gratuito que nos lleva a sentir la amable cercanía de Dios y de su Cristo”. A partir de esto todo fluye desde la reflexión bíblica como si fuese un encuentro personal con ese hombre llamado Jesús, auténtico icono de valores humano-trascendentes, apegado a los mas necesitados y supremamente libre ante las instituciones religiosas y políticas de su entorno, con poderes que parecen mágicos para quien sencillamente confía. Después de esto ya nada es igual. El acto psíquico y mágico ha ocurrido. Se trata de una real pedagogía transformadora, que tiene sus raíces en la entrega a Alguien, a través de un concretísimo acto de fe, que resulta ser gratuito, es decir “ocurre” como ocurre en el amor y en tantas otras cosas y circunstancias de la vida. En el comedor.

Todo ello está arropado de una didáctica para la vida cotidiana que día tras día se ve pasar como en una película, acompañados y acompañadas por los dos maestros antes citados, tal y como Ignacio lo prescribe en su librito. Las estrategias existen también. Las mas importantes son: la libertad sentida y el silencio, que hacen de estos días extraordinarios un encuentro interpersonal con ese Jesús de Nazaret, que se va concretando y perfilando exquisitamente, a través de escogidos relatos bíblicos y principalmente evangélicos. Al mismo tiempo que este silencio resulta de una elocuencia sin igual al formar parte de un grupo de unas cuarenta personas, hombres y mujeres, que deambulan por la casa, sus jardines y a la orilla del mar, buscando a un Dios, mas real y omnipresente. Esta comunidad orante toca la piel a nada de sensibilidad que se tenga. Todos y todas, procedentes de diferentes lugares, entornos, comunidades y no comunidades, culturas y países, buscan el mismo Rostro.

Esta convivencia del silencio, está impregnada de innumerables gestos pedagógicos, comenzando por las hermanas de la casa que cuidan, de los y las, participantes con verdadero cariño, siguiendo por infinidad de miradas, detalles en la mesa, en la sala, la forma de caminar tan personal de cada cual, el lugar elegido para la meditación, la manera de orar, la sonrisa que habla, la comunicación Eucarística y ese aire relacional que como una brisa tranquilizadora, todo lo acaricia, penetrando la intimidad mas recóndita de la propia forma de ser de cada cual. Un cúmulo de consecuencias de la estrategia de ese silencio tan elocuente, que haciéndonos fluir por vericuetos insospechados, nos lleva finalmente y como no podía ser de otra manera, a la toma de una decisión concreta, sea cual sea. Pues ha habido tiempo y medios para discernir, con mas claridad que otras veces, sobre actitudes de la propia vida personal, a la vera de la Luz y la Oscuridad que como compañeros del viaje, han acompañado la concretísima y personalizada peregrinación espiritual. Saliendo de la casa un día de descanso. Días diferentes a los habituales, ritos peculiares, reflexiones necesarias, vacaciones del espíritu en donde se ejercita el mismo, desde la tranquilidad de quien decide en un acto de libertad personal, degustar de momentos yo diría sublimes, y que aportan a nuestra cotidianidad, esa marca evangélica, que sin saber casi ni cómo, pertenece ya a nuestra propia vida. ¡Ha valido la pena!. Una pedagogía muy concreta, muy bien trazada, cuyo objetivo fundamental es “crear un afecto y su práctica”, afecto y práctica del que quizás no sentíamos su falta. ES LA GRATUIDAD.