Reflexiones en torno a la interculturalidad Reflexiones en torno a la interculturalidad * Traducción al español del original en euskera Ibon Uribarri El proceso de globalización es una realidad innegable, sobre todo en lo que a la expansión de las finanzas y de la tecnología se refiere; sin embargo, no todos los juicios de valor coinciden en el aspecto de la relevancia del mismo. Así, en opinión de Hirst/Grahame, la globalización no es sino el mito de un mundo carente de ilusiones, a pesar de que, comparando el porcentaje mercantil con el Producto Interior Bruto, se observa que esta ratio es superior a la existente en otros tiempos. Claro que la inversión extranjera directa es principalmente en el primer mundo donde tiene lugar, con lo cual no es verdaderamente global; y las empresas transnacionales son en realidad empresas multinacionales de base nacional. La emigración, por otra parte, ha tenido dimensiones mucho mayores en épocas anteriores. Y hay autores que prefieren calificar la regionalización como proceso decisivo (Comunidad Europea, NAFTA, el más informal ámbito del lejano Oriente), dado que de tal forma se responde mejor a la asimétrica estructura de la globalización. Y es que la marcha globalizadora está caracterizada por los procesos de inclusión exclusión entre quienes obtienen un provecho y quienes resultan perjudicados, tanto a nivel internacional como en la propia sociedad. No obstante, hay quienes se resisten a considerar los aspectos negativos de la globalización y se muestran a favor de ella, presentándola como un proceso autónomo que escapa al control humano. Esta idea, según la cual el mercado tiende de forma natural a dirigirse hacia ella, es una tapadera para encubrir una errónea y bastante débil interpretación del proceso real. El desarrollo de la globalización sigue estando supeditado a decisiones políticas. Tal como se pudo observar en el IX. Congreso Internacional de Kant, en Berlín, algunos pensadores están tratando de reactualizar el cosmopolitanismode Kant para hacer frente a los cambios que la globalización conlleva en los niveles social y político. La terminación de esta anarquía provocada por la globalización exige ceder el paso a las estructuras e instituciones, ya que la prolongación del caos no haría sino agudizar los problemas actuales. Conviene señalar que la llamada globalización es un proceso de múltiples facetas que se extiende a los ámbitos de la economía, la política y la cultura. Mi atención se concentra, en cualquier caso, en lo referente a la cultura, y, más concretamente, en la relación existente entre la diversidad cultural y la globalización, dado lo controvertido que resulta el tema de la posible amenaza de la diversidad cultural. En cierta medida se puede decir que la globalización conlleva una homogeneización cultural que se traduce en una cultura consumista internacional. Parece ser que tras el convenio sobre la conservación de la biodiversidad, habremos de suscribir otro sobre la conservación de la diversidad cultural. Aun así, esta equiparación entre la naturaleza y la cultura resulta arriesgada. La cultura, originariamente, trata sobre la labranza de la tierra; por tanto, trata sobre una actitud colectiva del ser humano con respecto a la naturaleza. En consecuencia, no podemos entender la cultura como un terreno que se halle a nuestra disposición; no se trata de vivir en una cultura, sino de producirla. La cultura que se olvide de esta característica regeneradora corre el riesgo de desaparecer, porque convierte al ser humano en un individuo de la sociedad, en un representante de su grupo y tradición, despojándolo de su capacidad creadora y crítica. Por eso, mucho me temo que las interpretaciones estáticas de la cultura resultan problemáticas, tales como la idea de Lévi Strauss, según el cual la civilización mundial es una coalición de las culturas que preservan su originalidad; es una idea que reniega del dinamismo de la cultura, y sobre todo, de una de las consecuencias de ese dinamismo:la inexistencia de culturas aisladas, del mismo modo que no existe una única cultura mundial. Con frecuencia se afirma que en la cultura se pueden diferenciar un hardware y un software, estando el primero formado por la ciencia, la técnica y la economía, y el segundo por la educación, la mitología, los valores, la religión, etc. Esta división tiene por objeto aceptar la globalización que tiene lugar en el primer campo y negar la universalización del segundo; sí a la modernización, no a la occidentalización. Esta bipartición resulta a mi parecer muy problemática, porque reduce la actitud crítica del ser humano al primer campo, y la elimina del segundo. Aunque no es mi intención a entrar en detalles, sí que me gustaría resaltar la importancia de este desacuerdo. Quienes se muestran a favor de esta división rechazan la universalidad de los derechos humanos como si de una rama del imperialismo cultural se trataran. No les parece aceptable la idea que cambia el modo de vida, la tradición y los valores. Con esta actitud se protegen el modo de vida, la tradición y los valores que imposibilitan la individualidad y la postura crítica del ser humano, y, en esencia, se protegen unas estructuras de poder muy concretas, de modo que los defensores de los valores alternativos basados en la ley divina protegen unas muy específicas leyes humanas en nombre de Dios. Siempre se suele olvidar que los pilares de los derechos humanos reconocidos en Occidente son el respeto al ser humano y el desarrollo de la libre reflexión en un entorno de diversidad cultural. La idea de los derechos humanos es un instrumento para hacer frente a esa situación de diversidad, porque en Occidente la relación con la otra persona forma parte de la autorreflexión, sin que eso imponga ninguna cultura, modo de vida o religión universal, sino unas normas generales necesarias para vivir en la diversidad. Por lo tanto, los derechos humanos habrán de enfrentarse sólo a la cultura, modo de vida o religión que se muestrecontraria a la postura crítica del individuo. La globalización, por otra parte, al presentarse amenazadora y promotora de la alienación cultural para las numerosas identidades, provoca todo tipo de reacciones. En todo caso, si la globalización se propugna bajo un modelo liberal que sólo acepta las leyes del mercado, que convierte el trabajo y la tierra en mercancías y que despoja a la política de su función, la resistencia contra la globalización tenderá a adoptar formas apolíticas; a nivel mundial, de defensora del medio ambiente, y a nivel local, de defensora de la identidad basada en la diversidad étnica, lingüística y religiosa. En este contexto resultan sumamente importantes el decidir de qué tipo han de ser las bases de la identidad y de la legitimación, si políticas o culturales, y el peso que se le ha de conceder a cada partido. Para terminar, me gustaría volver a incidir en la interpretación dinámica de la cultura, puesto que de lo contrario se corre el riesgo de tratar las culturas minoritarias como animales en peligro de extinción. Por este motivo, La aceptación de la diversidad cultural ha de ir más allá de la estática y pasiva mera tolerancia. Más que como un problema, la diversidad cultural hay que entenderla como un reto consistente en posibilitar la comunicación y cooperación intercultural que respete las particularidades de cada una. El doctor Ibon Uribarri es profesor visitante en Oxford Euskonews & Media 91.zbk (2000 / 9 / 15 22) gratuita | Abonnement gratuit | Free subscription Eusko Ikaskuntzaren Web Orria webmaster@euskonews.com http://ikaskuntza.org/cgiBanner/banner.cgi?datos=denda&link=www.euskoshop.com http://ikaskuntza.org/
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