766 Zenbakia 2021-11-23 / 2021-12-15

KOSMOpolita

El gran viaje: comer y sobrevivir

ALDALUR, Xabier

Miembro del comité asesor de la Fundacion Elkano 500

Artículo publicado y cedido por la Fundación Elkano.


Los alimentos que se embarcaron en las naves y los que hoy en día podemos encontrar en nuestras despensas son muy similares. Después de quinientos años, no se aprecian grandes diferencias entre las costumbres básicas de alimentación de entonces y las de ahora.

La flota al mando de Fernando de Magallanes partió el 20 de septiembre de 1519 hacia las Molucas desde Sanlúcar de Barrameda. La flota estaba compuesta por las naves TrinidadConcepciónSan AntonioSantiago y Victoria, así como por doscientos sesenta y cinco hombres. El objetivo de la expedición era dirigirse hacia el oeste y encontrar un paso entre el Océano Atlántico y el Pacífico, para asegurar una ruta segura hacia las Islas Molucas y transportar desde aquellos territorios pimienta, clavo, nuez moscada, canela y demás apreciadas especias que se producían allí. Cuando faltaban catorce días para cumplir tres años de expedición, el 9 de septiembre de 1522, la nao VICTORIA llegó a Sanlúcar de Barrameda, con dieciocho hombres al mando de Juan Sebastián Elkano.

El valor que tenían aquellas especias en aquella época era excepcional. Según los datos de entonces, los granos de pimienta se utilizaban como moneda en Europa, o una libra de clavo tenía el valor de siete gramos del oro más puro. Los quinientos veinticuatro quintales de diversas especias que trajo la nao en su bodega fueron más que suficientes para costear el precio de toda la expedición. Es más, al parecer, ese cargamento produjo un beneficio neto de trescientos mil maravedíes.

Ilustración: Arturo Redondo.

El italiano Antonio Pigafetta es el autor de El Gran Viaje. Su relato nos acerca al conocimiento directo sobre el viaje. Lo escrito por su pluma es el eje principal: “…Se han embarcado 500 toneladas de alimento de los almacenes de Sevilla. Para que tuviéramos, entre otras cosas: pan marino (galletas), arenques, higos, alubias, arroz, lentejas, queso, miel, dulce de membrillo, ajos, aceite de oliva y vinagre, vino de Jerez, cecina, carne de cerdo salada, leche y carne fresca…”.

Realmente llamativo. Los alimentos que se embarcaron en las naves y los que hoy en día podemos encontrar en nuestras despensas son muy similares. Después de quinientos años, no se aprecian grandes diferencias entre las costumbres básicas de alimentación de entonces y las de ahora.

Con gusto contemplaríamos por un agujerito el tamaño de la carga que tuvieron que subir a bordo para tanta gente y para un periodo tan largo. Ver qué herramientas, utensilios, armas, alimentos, objetos de trueque, adornos coloridos y tantas otras cosas almacenaron en las bodegas, dónde y cómo las apilaron.

Saber también cómo eran sus comidas una vez en mar abierto: frías, frías y calientes, calientes. Si eran calientes, dónde y cómo las preparaban. Cómo se apañaban para hacer fuego, cómo y en qué parte del barco lo hacían. Qué y cuánto bebían. Cómo era la vajilla y cubertería que utilizaban. Quizás, la mayoría de los hombres embarcados guardaban como un tesoro un cuchillo, un puchero o sartén de hierro, un plato de madera, un vaso y un cuenco. La vajilla y cubertería de los oficiales, en cambio, serían cazos o pucheros de cobre, trébedes y sartenes de hierro, y platos, vasos, tazones y tazas, cucharas y tenedores de estaño. De las tres comidas diarias, la de mediodía solía servirse caliente, en función del tiempo y con el permiso de la mar.

En aquel viaje interminable, la pura supervivencia era el problema más urgente. Hubo que prever qué cantidad mínima de comida sería necesaria para tantas personas durante dos largos años, y hacer grandes esfuerzos y gestionarla adecuadamente para lograr que durara. Y, sobre todo, cuando se acabó, pasaron grandes penurias para conseguir agua y nuevos alimentos, verdura y fruta fresca.

Además, hubo graves problemas para conservar correctamente la comida a bordo. Mantener los alimentos a salvo del agua salada que se filtraba entre las tablas de los barcos fue muy difícil. Era imposible. El pescado en salazón, la cecina y la carne de cerdo salada se echaban a perder con suma facilidad, y la verdura se podría. El pan marino, bizcocho o galleta, era un alimento esencial. Aquellas finas láminas de pan marino se cocían dos, tres y cuatro veces para quitar por completo la humedad de la masa. Eran duras, muy duras. Había que mojarlas bien y ablandarlas antes de comerlas. Eran galletas hechas con harina de centeno y de trigo. Sin masa madre. Además, si se cocían poco o mal se volvían muy frágiles y se enmohecían muy fácilmente. Por otra parte, para rematar, les salían gusanos enseguida.

Mantener el agua en condiciones potables era fundamental, pero imposible al mismo tiempo. La cantidad de líquido (agua, vino y vinagre) que le correspondían diariamente a cada miembro de la tripulación para satisfacer sus necesidades era de dos o tres litros. El agua se recogía en barricas de madera y, como pasaba muy poco tiempo antes de que empezara a corromperse, también se subieron a bordo 417 odres y 253 toneles de vino de Jerez.

Pigafetta, 28 de noviembre de 1520, miércoles: "…Estuvimos tres meses sin probar clase alguna de viandas frescas. Comíamos galleta: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor habíanselo comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación los cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor, protegían del roce a las jarcias; pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. Poniéndolas al remojo del mar cuatro o cinco días y después un poco sobre las brasas, se comían no mal; mejor que el serrín, que tampoco despreciábamos. Las ratas se vendían a medio ducado la pieza y más que hubieran aparecido. Pero por encima de todas las penalidades, ésta era la peor: que les crecían a algunos las encías sobre los dientes —así los superiores como los inferiores de la boca—, hasta que de ningún modo les era posible comer: que morían de esta enfermedad”.

Sin embargo, al acercarse a tierra, cambió la situación. Tiburones y crías de tiburón, morsas y leones marinos cazados con arpón, pescado fresco atrapado con anzuelo. Una vez en tierra, aves, cerdos, jabalíes, zorros, avestruces, conejos y mucho más. Verdura y fruta fresca, dulce y jugosa. Pigafetta también menciona que, cuando tenían ocasión de hacer acopio de bebida y alimento, aprovechaban para recoger leña seca.

Así lo cuenta en otro pasaje de su libro de viajes: “…Llamamos a ese estrecho el "Estrecho Patagónico"; en el cual, se encuentran, cada media legua, puertos segurísimos, inmejorables aguas, leña —aunque sólo de cedro—, peces, sardinas, mejillones y apio, hierba dulce —también otras amargas—. Por este mar Océano puede practicarse la más dilectísima de las pescas”.

Al principio del viaje, habían embarcado aceite, vinagre y ajos. En ocasiones, conseguían alimentos frescos, pescado, carne y ave, así como leña. Sabemos que no hacían fuego cada día. Hacer fuego era realmente peligroso, ya que la mayoría de los elementos de los barcos era inflamable: velas, aparejos, aceite, pólvora y, sobre todo, madera. Los mejores aliados para que se propagara un fuego a bordo. Los fogones tenían su sitio, aunque fuese diferente en cada barco y en cada época. Los fogones y el fuego requerían de un cuidado especial.

Los alimentos que se subieron a bordo de aquella flota y los que podemos tener en nuestras despensas quinientos años después son muy parecidos; son prácticamente los mismos que tenemos ahora. Alimentos muy similares en aquellos tiempos y ahora. Tengo la sospecha de que no hay gran diferencia en la forma de prepararlos entonces y ahora.


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