675 Zenbakia 2013-10-16 / 2013-10-30

Gaiak

La epidemia de cólera de 1834 en Álava

FERREIRO ARDIÓNS, Manuel



El cólera es una enfermedad infecciosa cuyo reservorio es casi exclusivamente humano aunque puede sobrevivir bajo determinadas condiciones en otros medios de manera temporal, caso del agua, vector de transmisión que le otorga un gran poder de diseminación adquiriendo entonces comportamientos epidémicos. Su clínica es fundamentalmente gastroentérica, caracterizada por diarreas persistentes que causan deshidrataciones severas pudiendo llevar a la muerte de las personas infectadas en cuestión de horas o pocos días si no reciben un tratamiento adecuado. Hasta inicios del siglo XIX no se tiene constancia de que afectara a Europa, pero a partir de entonces se sucedieron varias epidemias cuyos testimonios de terror son equiparables a los que se asocian a la peste.

Álava sufrió a lo largo del siglo XIX tres epidemias de cólera, en 1834, 1855 y 1885, de las que ha trascendido fundamentalmente la de mediados de siglo verbigracia del magnífico estudio que de ella realizara un coetáneo de la misma, el cirujano municipal de Vitoria Gerónimo Roure, y de su eco en los trabajos sobre el cólera en la provincia que se harían en los años 80 y 90 del siglo XX. Sin embargo, la exaltación de la epidemia de 1855 por mejor conocida, oculta que las cifras de la epidemia anterior, la de 1834, son totalmente irreales ya que al desconocimiento de la enfermedad se unió la coincidencia en el tiempo con la Iª guerra carlista, lo que condicionó sobremanera la recogida de datos de aquella epidemia, siendo de hecho minimizada desde las cifras oficiales y, por reflejo de ellas, en los estudios históricos y demográficos de la provincia que se harían posteriormente hasta la actualidad.

Fuente: Gaceta de Madrid nº 171 del 20/06/1835, pág. 684.

Partiendo de estas premisas, se ha procedido a realizar un acercamiento a la mortalidad atribuible al cólera de 1834 en Álava a partir de la mortalidad absoluta, tomando por ésta la que ha quedado registrada en los libros sacramentales. De su análisis preliminar quedan patentes dos elementos fundamentales: por un lado, la evidente sobremortalidad que sufrió la provincia ese año con respecto a las defunciones sacramentadas en el decenio 1830-1839 y, por otro, la concentración de esa sobremortalidad de 1834 en los meses coincidentes con la declaración oficial de cólera en Álava, de agosto a noviembre.

No obstante esta clara elevación de la mortalidad, dado que la epidemia aconteció en un contexto bélico, ha sido necesario analizar la influencia de la guerra en la provincia y la potencial situación de hambruna vivida para estudiar su impacto sobre la mortalidad ordinaria, tratando de aislar lo máximo posible la variable del cólera en 1834. El diseño estadístico ha relacionado la mortalidad del periodo agosto-noviembre de 1834 con la mortalidad media de ese periodo en el decenio 1830-1839, que engloba tanto años de mortalidad ordinaria como los años de la Iª guerra carlista, en todas las localidades alavesas de las que se cuenta registro sacramental de defunción (se obtuvieron resultados de 442 parroquias que se corresponden con 405 localidades existentes en 1834 y 390 del nomenclátor actual de Álava, un 91,3% del total).

Entre las conclusiones alcanzadas en este análisis estadístico, destaca en primer lugar que la crisis de mortalidad del año 1834 en Álava fue sustentada básicamente por el cólera, siendo responsable de un mínimo de 1.166 muertes en Álava entre los meses de agosto y noviembre de ese año, tres veces más de lo considerado con las cifras oficiales, y que 145 localidades alavesas, reiterando su carácter de mínimo, sufrieron la epidemia frente a las 38 conocidas hasta ahora, lo que supone la aparición del cólera aquel año en la práctica totalidad de los municipios alaveses. Además, se evidencia que la duración de la epidemia fue mayor, iniciándose por lo menos en julio y perdurando casos en el mes de diciembre.

En gris, municipios afectados por el cólera en 1834.

Fuente: Elaboración propia

Estas cifras, y su distribución en el tiempo y en el espacio, modifican por completo no sólo la crónica de aquella epidemia, sino que, además, exigen responder a nuevas cuestiones sobre la influencia del cólera en la evolución demográfica provincial que, con las cifras oficiales, se habían minusvalorado en los estudios previos a favor de la interpretación de la Guerra Carlista como causa explicativa, única y suficiente, de la generación hueca que se evidencia para los nacidos entre 1832 y 1842 según el censo de 1857.

Además de estas conclusiones de carácter cuantitativo se han obtenido otras a partir del análisis de las fuentes documentales desde perspectivas sociales, mentales y culturales. Así, cabe destacar que las medidas que se pusieron en marcha con la finalidad de frenar el avance de la enfermedad, prevenir su aparición o combatir sus efectos, en general resultaron del todo inútiles, pues la base teórica del Higienismo sobre la que apuntalaban toda acción antiepidémica era falsa respecto al cólera.

Esta base teórica, sustentada por una actualización de las constituciones medioambientales hipocráticas, defendía que todos los procesos morbosos epidémicos respondían a una alteración de las propiedades físicas y químicas de la atmósfera, que se veían influenciadas, entre otras, por las emanaciones pútridas desde el suelo, el agua o las concentraciones de algunos seres humanos en descomposición, caso de los cementerios, pero también de las cárceles o los hospitales. Estas teorías se habían desarrollado a lo largo del siglo XVIII y generaron entre los ilustrados la necesidad de actuar sobre estos factores de riesgo, siendo en el caso alavés paradigmáticos los escritos del vitoriano Valentín de Foronda. No obstante, la traslación al plano real fue muy limitado, apenas perceptible en la renovación urbana de Vitoria a finales del XVIII y en el emblemático año de 1820 —además de las imposiciones francesas durante la ocupación—, pues la mera existencia de una estrategia para un adoctrinamiento higiénico-sanitario por parte de las élites ilustradas no fue suficiente para vencer las resistencias al cambio, haciéndose necesario la aparición de un suceso alienador que hiciera deseable el nuevo modelo. Los ilustrados esperaban a la peste, pero en su lugar hizo su presencia una epidemia desconocida que sin embargo no desmerecería a aquella en su impacto sobre la mentalidad popular, hasta el punto de confundirse en el lenguaje a ambas.

“Calle de la Herrería, Vitoria”. Dibujo sobre estampa de Lib. General.

A lomos del cólera la estrategia adoctrinadora se abriría paso a lo largo del siglo XIX, siendo el caso alavés buen testimonio de su evolución. En los prolegómenos y durante la epidemia de 1834, discurso y acciones respondieron con fidelidad a los postulados antiepidémicos del Higienismo ilustrado, centrándose en intervenciones ambientales, sobre todo de carácter urbano y, en consideración al axioma de la inviolabilidad de la propiedad privada, público. Los hogares o las personas aparecen colectivizadas y sólo se señalan como elementos de riesgo desde la marginalidad: vagabundos, presos, enfermos; sin embargo, a partir de la experiencia del cólera de ese año el discurso irá cambiando y, del carácter eminentemente público del riesgo, se avanza hacia el reconocimiento de algunos espacios privados como guarida del mal. La habitación del pobre pasa a ser tema reiterado entre los médicos vitorianos de la segunda mitad del siglo XIX, de Roure a Apraiz, señalándola abiertamente como peligro sanitario y, por extensión, a sus moradores como sospechosos de criar al mal colérico como antaño se había dicho de los vagabundos y otros desheredados. La expansión de Vitoria hacia el sur, superando la colina medieval y los restos de sus murallas, responde, dentro de su multifactorialidad, a un deseo de segregación espacial como reacción al discurso higiénico-sanitario.

Así, en esa conversión del espacio jugará un papel decisivo la Medicina, en cuanto que a ella se le facultará como experta en salubridad urbana desde la primera epidemia de cólera. Y, desde la segunda, se le otorgará el derecho para allanar las moradas en nombre de la misma salubridad, permitiéndole avanzar a finales de siglo, ya bajo el amparo de la bacteria en lugar del miasma, hacía el último reducto físico, el propio cuerpo, en un paulatino proceso de medicalización de la sociedad. El cólera había encumbrado a la Clase médica como la peste medieval lo había hecho a la Clase sacerdotal.