715 Zenbakia 2017-01-11 / 2017-02-01

Elkarrizketa

Nicanor Ursua y Antonio Casado. Filósofos: Es socialmente importante que las distintas comunidades científicas colaboren en la creación de pensamiento colectivo

AGUIRRE SORONDO, Juan



La llamada ‘sociedad del conocimiento’ se caracteriza por la abundancia de expertos y de saberes compartimentados, pero también por una ausencia de inteligibilidad global. ¿No estaremos, en lo esencial, ante una ‘sociedad de la ignorancia’?

Antonio Casado (A.C.): Igual más que de “conocimiento” o “sociedad del conocimiento” lo que sí tenemos hoy es una sociedad con más información y más acceso a la información que nunca, ¿no? Y eso puede ser desorientador, y no sabemos qué hacer con toda esa información. Al mismo tiempo, con la ignorancia tenemos una relación dialéctica porque cuanto más sabemos, también más conscientes somos de todo lo que nos falta por saber, con lo cual eso nos genera que cierta angustia: la sensación de saber que, de acuerdo, cada vez tenemos más conocimiento, más información, pero cada vez es más difícil controlarlo y cada vez nos pone en contacto con más factores que desconocemos, con más factores tal vez de riesgo, que también es algo que aparece siempre relacionado cuando se habla de sociedad del conocimiento. Es una sociedad en la que estamos constantemente intentando gestionar los riesgos que genera nuestra propia capacidad de intervenir en la naturaleza, por ejemplo.

Nicanor Ursua (N.U.): Yo diría que vivimos en una sociedad del ruido. Hay mucho ruido que sería información, pero que no sabemos discernir qué tipo de información es la válida y la que no es válida. Y desde un punto de vista filosófico, a mi modo de ver, lo que se ha perdido en esta sociedad del conocimiento es un tema que en filosofía era muy valioso que era el de la gültigkeit, la validez: ¿qué hace que un pensamiento, un conocimiento sea válido o no válido? Porque hoy estamos ante una afirmación que oímos constantemente: “¡Es que he oído... Se ha dicho... He leído en internet...”. Se expresa, y la expresión viene a suplir el criterio de validez y nosotros tenemos que retomar otra vez el criterio de validez y establecer precisamente esos criterios bien claros para discernir qué conocimiento es válido del no válido.

Conocimiento es, como hemos dicho anteriormente, una elaboración interna, un rumiar esa información, procesar esa información para expresarla con unos criterios válidos que digan: esto es conocimiento, esto no es conocimiento.

A.C.: Bueno, la filosofía siempre ha sido una esfera alejada del mundanal ruido donde poder ver las cosas con un poco de distancia. Pero igual ahora es más necesario que nunca por lo que dices, porque estamos en una situación más de postverdad o posthechos en la cual, precisamente porque tenemos más hechos que nunca y más información que nunca, ya no sabemos discernir fuera de la pequeña parcela en la que cada uno o cada una se encuentra un poco seguro. Pero como nuestros trabajos cada vez son más especializados y lo que sabemos del mundo se ha ampliado tanto, igual incluso un científico experto en una tarea o en una parcela del conocimiento te puede decir “Yo de esto sé pero de todo lo demás me tengo que fiar”. Y ahora ya tenemos tantas fuentes posibles de información que la desorientación es tremenda. Aunque tampoco creo que sea todo negro, eso también nos da una tremenda libertad y una capacidad de acceder a conocimiento que hasta hace muy poco era mucho más elitista.

N.U.: El acceso es fundamental, como tú has dicho, pero después viene la elaboración interna, ese rumiar, ese pensar, ese discernir y después expresarlo pues si no se expresa tampoco es conocimiento. Porque a veces oímos “¡Ese sabe mucho!”, pero nunca ha dicho nada, nunca ha escrito nada. El que dice y el que escribe se equivoca. También es cierto que en este mundo en el que vivimos la equivocación forma parte de nuestra vida, el error es fundamental, nosotros progresamos a través del ensayo y eliminación del error. Equivocarse está mal, pero como no somos perfectos nos vamos a equivocar. El problema para mí consiste en tener criterios para saber exactamente lo que es correcto o incorrecto, qué conocimiento es válido, qué conocimiento no es válido, qué conducta es válida, qué conducta no es válida, y aquí es donde todos estos temas engarzan con la filosofía. “Yo diría que vivimos en una sociedad del ruido. Hay mucho ruido que sería información, pero que no sabemos discernir qué tipo de información es la válida y la que no es válida”.

¿Qué puede aportar la filosofía con respecto a las ciencias?

A.C.: En ese sentido la filosofía yo creo que es diferente en sus métodos y en su manera de aprenderla de las demás ciencias, porque cuando los estudiantes hacen una carrera en un ciencia experimental, por ejemplo, o en ciencias de la salud, lo que intentan aprender sobre todo es cómo se hacen las cosas, cuál es el conocimiento válido, científicamente correcto del que se dispone en su disciplina y eso en los 4, 5 o 6 años que dure su formación. Mientras que en filosofía, en nuestra facultad, Nicanor, los estudiantes empiezan a negociar con la ignorancia desde el primer año. En ese sentido el terreno es muchísimo más libre y muchísimo más anárquico si quieres que el de una ciencia. Porque aquí no nos vamos a ocupar tanto de los consensos —aunque sí que tenemos algo de lo que partir, tenemos la historia de la filosofía, tenemos la historia del pensamiento y de la ciencia también—, pero nos ocupamos sobre todo de los disensos, de ese punto de frontera en el que la esfera de lo que sabemos, que se va ampliando, roza y va conquistando el terreno de lo que no conocemos. En ese territorio frontera yo creo que es donde nos movemos precisamente los filósofos. Es un terreno más inestable que el de las ciencias, pero un terreno un poco como los exploradores, que mandan a trazar o a mapear el terreno que todavía no está del todo conocido o cartografiado.

N.U.: Yo creo que aquella famosa frase clásica de la filosofía, “Sólo sé que no sé nada”, hoy no es válida. Porque sabemos cosas, sabemos mucho más que nuestros antepasados, sabemos cuantitativamente pero no cualitativamente. Ahora bien, ¿qué hace la ciencia y la filosofía? Yo creo que la filosofía y la ciencia forman un continuo, un continuo donde la ciencia de alguna manera es más precisa, más rigurosa, pero la filosofía lo que aporta es una visión global y crítica.

Entonces, yo creo que hoy en día la filosofía tiene que trabajar conjuntamente con la ciencia, no se pueden separar, es un continuo donde ambas están entrelazadas y se enriquecen mutuamente y hay una interacción entre ambas. Es cierto que a veces la filosofía para muchos es “la ciencia con la cual y sin la cual se permanece tal cual”, y eso no puede ser, porque efectivamente la filosofía lo que quiere es pensar los problemas. Ahora bien, la filosofía no nos va a decir lo que es el mundo, lo que es el mundo nos lo va a decir la ciencia real, pero la filosofía nos va a decir si ese pensamiento de cómo es el mundo es correcto o no es correcto. Es decir, que sería una metaciencia, una metafilosofía en el sentido de que pensamos sobre ese pensar que dicen las ciencias que es el mundo, que es el ser humano, etcétera, etcétera, y contribuye al enriquecimiento. Pero nosotros no podríamos pensar nada sin la ciencia. Con lo cual, un filósofo es filósofo en la medida en que también es científico, y un científico es científico en la medida en que también piensa sobre estos problemas.

A.C.: La filosofía más interesante va por donde tú dices, por perseguir ese sueño, lo que algunos han llamado “el encantamiento jónico”, que es justo el que da inicio tanto a la filosofía como a las ciencias hace 2.500 años. Esa idea de que el mundo se puede explicar a partir de una serie de operaciones, de mediciones, de actividad humana. Ahí está el origen de la filosofía y el origen de la matemática y de todas las ciencias. Y eso es lo que ahora hemos perdido un poco de perspectiva, porque precisamente por esa tendencia a la megaespecialización de todas las disciplinas ya es muy difícil pensar qué pueden tener de común las diferentes disciplinas científicas. Para eso estamos en filosofía, para pensar cómo se puede concebir la unidad del conocimiento hoy día. Yo creo que no mediante una gran teoría unificadora, sino que más bien la función del filósofo es la de una especie de traductor o de elemento que junta saberes diversos y los pone en conexión. Los filósofos yo creo que podemos ser buenos traductores, combinando y acercando el lenguaje del profesional de la salud, del paciente, del jurista, de la persona de la calle, de las diferentes tradiciones culturales, de los diferentes actores en el mundo global...

N.U.: Sí, yo pienso del conocimiento colectivo es fundamental. El conocimiento por así decir de collage, que yo me aprovecho de lo que tú sabes y tú te aprovechas de lo que yo sé porque como yo no lo sé todo yo tengo que aprender de ti. Partiendo del tema de la ignorancia, de que yo soy ignorante en muchos temas, reconocer la propia ignorancia es la base del aprendizaje, porque entonces yo voy a escucharte a ti, voy a aprender de ti y como no lo sé todo, yo voy a confiar en lo que tú me dices y entablar una conversación seria al respecto.

A.C.: Esto de la confianza es clave. Al final la filosofía es, como dice Marina Garcés, una filósofa catalana, la confianza en que el pensamiento puede ayudarnos, puede resolver algunos problemas. Si yo no confío en nuestra capacidad común, aunque seamos de disciplinas distintas, de podernos ayudar mutuamente no hay nada que hacer. Si pensamos que las disciplinas necesariamente han llegado ya a un grado de especialización tal que el matemático no tiene nada que enseñarme, ni yo al arquitecto y el arquitecto tampoco al que planifica las ciudades, ahí sí que hemos perdido la confianza en la capacidad de resolver algunos problemas juntos, de mejorar nuestra vida mediante el pensamiento.

N.U.: Claro, eso para mí requiere una apertura mental muy grande, no encerrarnos en nuestras propias disciplinas, en nuestro propio círculo, sino entrar en contacto con otras personas, con otros conocimientos e ir aprendiendo de esas personas y al mismo tiempo dar pautas también a esas personas.

Es decir, yo veo hoy en día que es importante para la sociedad actual una interrelación entre todas las comunidades científicas para crear un pensamiento colectivo, de comunidad, donde tú me críticas a mí y yo te critico a ti, no por el ánimo de criticarte sino por una crítica constructiva de mejorar en mi propia posición. “Para eso estamos en filosofía, para pensar cómo se puede concebir la unidad del conocimiento hoy día”.

El cansancio del ser, la derrota de la subjetividad, el nuevo nihilismo... son expresiones que reflejan la crisis del individuo. ¿Qué decir?

N.U.: Hoy prácticamente la mayoría de las personas está pensando que, bueno, todo da igual. Y, por lo tanto, ante un nihilismo total y un relativismo característico de nuestra época surgen aquellas voces que dicen “Oiga, hay una racionalidad también”. Pero no solamente existe esa racionalidad, puede haber racionalidades que se interconectan.

Ahora bien, si nosotros preguntásemos hoy a los europeos por qué valor estarían dispuestos morir, ¿qué nos dirían? Hoy no estamos dispuestos a morir por ninguno, porque pensamos que no vale la pena. De alguna manera estamos admitiendo en nuestra propia vida ese escepticismo, nihilismo, relativismo o como queramos llamarlo, que aunque son cosas diferentes y conceptos dispares se congregan todo en uno, que es una sociedad escéptica que va unida también a la idea del cansancio y a la idea de que yo estoy cansado y por lo tanto no vale la pena mirar hacia el futuro.

Nosotros no podemos introyectar en las personas esas ideas, sino que tenemos que introyectar optimismo, esperanza y que con nuestro pensar y nuestro hacer podemos transformar el mundo, porque de lo contrario estaríamos dando lugar a una sociedad pasiva.

A.C.: Has mencionado la racionalidad y es verdad que esa podría ser una de las señas de identidad del proyecto filosófico, del proyecto europeo, también de la modernidad... Y ahora que estamos ya de vuelta de todo, en tiempos postverdad, posthechos, postracionalidad... hay que reinterpretar eso. La racionalidad también sabemos que tiene sus límites. La propia racionalidad con la que trabajamos los humanos en nuestra toma de decisiones cotidiana está acotada por muchos factores que no la hacen perfecta. Y la racionalidad desplegada sobre el mundo a través de las tecnociencias también tiene límites que tenemos que conocer, los propios límites biofísicos del planeta, los recursos no son infinitos y lo que hagamos con el planeta también tiene consecuencias que pueden ser irreversibles. En ese sentido no podemos abandonar la racionalidad pero tampoco podemos volver a ideales de la racionalidad que ya ha quedado demostrado que no nos conducen a un buen lugar.

Entonces, esa racionalidad consciente de sus propios límites es en lo que estamos trabajando ahora, en configurar eso. Ya no puede ser una racionalidad descarnada, tiene que ser una racionalidad consciente de la propia vulnerabilidad y que no tenga miedo a presentarse como vulnerable, como corporizada, como sexualizada también porque es verdad que la racionalidad que hemos ido construyendo en Europa hasta el siglo XX era una racionalidad completamente masculina. Entonces, lo que estamos configurando en el siglo XXI es ya una racionalidad distinta, más compleja, más caótica si quieres, pero seguramente más acorde a lo que vivimos ahora.

N.U.: Como Damasio dice, el ser humano es como una moneda que tiene dos caras, racionalidad e irracionalidad, y tenemos que hacer que la irracionalidad se convierta un poco de racionalidad y la racionalidad un poco de irracionalidad. Ahí está el quid de la cuestión: cómo hacer racional lo irracional e irracional lo racional. Porque, como tú dices, no somos racionales todo el día, la mayor parte somos bastante irracionales, pero ese equilibrio y esa conjunción de esa moneda que tiene dos caras es lo que hace que nosotros seamos subjetivos y objetivos, y de alguna manera, racionales y no racionales. “Tenemos que introyectar optimismo, esperanza y que con nuestro pensar y nuestro hacer podemos transformar el mundo, porque de lo contrario estaríamos dando lugar a una sociedad pasiva”.

La utopía tecnocrática dibuja un futuro donde el ser humano será plenamente desvelado (por los ‘big data’) y aumentado en sus capacidades (el posthumanismo). ¿Pero qué hay de la mejora intelectual, moral y afectiva de la especie?

A.C.: En el proyecto posthumanista sí que es verdad que hay un rebasamiento de lo humano tanto por debajo —ahora ya compartimos nuestra vida con objetos que en teoría son inteligentes o listos como un Smartphone, y ya todo nuestro entorno está tecnificado y presenta signos no sé si de inteligencia pero sí de racionalidad—, y a su vez por arriba también, el big data y la capacidad de acumular y de interpretar grandes volúmenes de datos que nos sitúa ante una especie de racionalidad colectiva o de inteligencia colectiva. ¿Y dónde queda el ser humano en todo eso?

Yo creo que la tecnificación de la vida cotidiana puede estar muy bien y nos puede hacer la vida más fácil pero tampoco nos resuelve todos los problemas. Necesitamos cada vez más seguramente compartir una experiencia que no tiene nada que ver con el flujo de datos de, por ejemplo, consumo, tendencias, modas, etcétera. Yo creo que lo humano queda fuera de esas explicaciones cuantitativas. En ese sentido la función del arte, de la literatura, sigue siendo dar voz a la experiencia, y una experiencia que es personal. Y la filosofía sigue siendo útil porque la filosofía, a diferencia del conocimiento científico, sigue siendo muy personal; seguimos hablando de la filosofía de Platón o de Nietzsche o de Simone de Beauvoir, y, más allá del nombre propio, de lo que estamos hablando es de maneras de mirar al mundo con las cuales empatizamos y que a su vez nos descubren el mundo en el que vivimos. En ese sentido, todas estas explicaciones macro, que pueden ser muy útiles para los economistas o los políticos, a mí o a la persona de carne y hueso yo creo que nos resulta muy poco útiles. Nos sigue siendo más útil una explicación desde la literatura o desde el arte para entender, digamos, lo que es ser mujer hoy. La respuesta de lo que somos en este momento no va a proceder, creo yo, de la agregación de datos.

N.U.: Yo estoy de acuerdo en lo que dices, Antonio, pero es cierto que hoy vivimos una cientifización y una tecnologización de la vida misma. Tú bien lo has dicho, te comunicas a través del móvil, el móvil ya es un instrumento sin el cual tú no podrías vivir y para muchas personas es lo más importante.

Claro, cuando nosotros vemos que todo está tecnologizado, pues hay cosas que se han ganado y cosas que se han perdido. Se ha perdido, por ejemplo, el encontrarnos cara a cara, es más fácil que yo me comunique contigo a través de un whatsapp o de un correo electrónico y te diga cosas que no te diría personalmente, y hemos perdido esa relación. Por otra parte, la tecnología también lo que nos está haciendo es que el ser humano ya no se vea en su propia subjetividad y objetividad, sino que lo vemos en su propio desarrollo tecnológico. Y, de hecho, hay muchos autores que dicen que hoy estaríamos dando un salto evolutivo a través de la tecnología, de la nanotecnología y otra convergencia de tecnologías (nano, bio, info, cogno), estaríamos dando un paso en el periodo evolutivo hacia lo posthumano, es decir, que tendríamos una nueva civilización que nada tendría que ver con la actual, porque ese posthumano sería una especie de cyborg.

A.C.: El problema con las nuevas tecnologías es que están cambiando tan rápidamente que están generando algunas brechas, como por ejemplo de acceso a la información entre diferentes países, entre diferentes grupos humanos, lo que nos podría situar en una situación en la cual cambie radicalmente nuestra manera de ser humanos en un lugar y en otro, porque no ya no tenemos acceso a la misma... Bueno, esto también ha ocurrido en épocas pasadas, pero tal vez lo que más me asuste sea eso, que se establezca una especie de fisura por diferente acceso a la tecnología y que eso ya sea irreversible.

N.U.: Hoy nosotros somos seres tecnológicos, vivimos con la tecnología. Ahora bien, lo que verdaderamente tenemos que discutir es en qué medida esta nueva tecnología está incidiendo en la privacidad de nuestras vidas, en lo público, cómo está incidiendo en el desarrollo comunitario, en qué medida está incidiendo la tecnología en mi seguridad o en mi inseguridad. Y, por lo tanto, tendríamos que relacionar la tecnología, como digo, con lo privado y lo público, con la comunidad-identidad y al mismo tiempo con la seguridad e inseguridad. Y ahí es donde se crean los problemas, los problemas de índole filosófico no tecnológico, porque el tecnólogo lo que quiere es ir resolviendo problemas a través de la propia tecnología. Y es cierto que se crea un optimismo tecnológico pensando hoy en día que, bueno, si algo no funciona ya descubriremos una nueva tecnología que corregirá lo que ahora estamos haciendo mal. Es como ese anuncio que dice “¿Árboles? Buah, hasta que desaparezca el último árbol todavía quedan muchos árboles”. No es cierto, porque llegará un momento que no habrá árboles y no podremos crearlos. Es cierto que una nueva tecnología igual no resuelve los problemas que ahora tenemos tecnológicamente hablando, porque eso sería un optimismo tecnológico que va proyectando nuestra propia solución en un futuro que quizá nunca llegue. A mí lo que me interesa es qué manera de actuar tenemos nosotros hoy en día con los artefactos.

A.C.: Eso a mí sí me preocupa. No me preocupa no saber algo, eso es algo que tenemos que aprender a vivir con ello, forma parte de nuestra condición humana trágica, no podemos llegar a todo, no podemos curarlo todo, no podemos saberlo todo... Pero tener una cultura, tener una identidad, tener una historia significa tener los recursos para poder, llegado el caso, aprender. Yo ahora no sé cultivar un huerto, pero sé que llegado el caso sabría dónde acudir para aprender rudimentariamente. Pero qué pasa si ese conocimiento ya no es común, si ese conocimiento ya depende de que yo tenga una determinada licencia de pago con una empresa que está a 10.000 kilómetros. Ese es el escenario nuevo en el cual yo creo que todavía estamos buscando encontrar una solución que no sea tremendamente peligrosa.

N.U.: La tecnología ni es buena ni es mala, pero el uso de esa tecnología hace que nos comportemos de una manera o de otra. Y la pregunta que se nos hacía, ¿ha mejorado esto la condición humana desde un punto de vista moral?, pues sería la pregunta de Rousseau. ¿Ha mejorado la ciencia o la tecnología la moralidad de las personas en la sociedad? Esa es la cuestión. ¿Somos mejores desde un punto de vista moral hoy en día en base a todos estos medios? Pues vemos que, efectivamente, están apareciendo problemas... ciberbullying, por ejemplo, es un factor que está creciendo, o lo que se llama la “lapidación digital” en otros lugares, que si yo no estoy de acuerdo contigo a través de la Red te voy a insultar, te voy a amenazar y al mismo tiempo te voy a degradar. Es decir, estoy haciendo uso de una tecnología que está ahí para comunicarme pero la estoy utilizando para otro fin.

Entonces, ¿en qué medida vamos a poder dominar esos medios para crear una sociedad mejor? Esa es la cuestión. Claro, si somos tecnofanáticos vamos a creer que tecnológicamente vamos a ir mejorando, si somos tecnocatastrofistas vamos a pensar que todo es una catástrofe. Y aquí empieza la sophrosyne, la prudencia, el saber actuar con las cosas. Y yo pienso que esa también es una función de la filosofía: enseñar a cómo manejarse uno con los nuevos medios.

A.C.: Buscando el justo medio, ¿no?, el justo medio en los medios. “Yo creo que la tecnificación de la vida cotidiana puede estar muy bien y nos puede hacer la vida más fácil pero tampoco nos resuelve todos los problemas”.

“¿Qué es ser humano hoy?” (Pregunta del Año 2017 de Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos)?

N.U.: El ser humano en primer lugar es algo físico, es algo material, es algo biológico, y por lo tanto nosotros nos debemos a la biología. Pero también es cierto que todo lo que somos nosotros en la actualidad se lo debemos a la cultura, y de lo que nos sentimos orgullosos es de nuestra cultura, que ha adquirido una serie de valores universales y que están reconocidos en los derechos humanos y prácticamente en todos los campos filosóficos desde un punto de vista moral.

Yo lo que quiero aquí destacar es, en primer lugar, que hay un ser físico material y hay un ser cultural y un ser moral, y que la totalidad del ser humano la tenemos que enfocar bajo esa óptica. Y es cierto que Kant, por ejemplo, definió un poco lo que era el ser humano: uno es humano, y en este caso es persona, cuando llega a la autoconciencia, y eso es algo muy difícil. Y la autoconciencia consiste en la autodeterminación de uno mismo, y por lo tanto en eso consiste la dignidad humana, en la medida en que se pueda autodeterminar. Yo creo que las ciencias humanas han de contribuir a que el ser humano se pueda autodeterminar en el sentido en que hemos dicho, dentro de esos límites biológicos, materiales, físicos, en que está incardinado.

A.C.: Yo estoy de acuerdo contigo en esto final de Kant: la autonomía, la autoconciencia como primera señal de identidad de lo humano, siempre que añadamos la corrección que le hizo Habermas: esa autonomía la tenemos que hacer con otros. Aprendemos a ser autónomos y solo podemos ser autónomos siendo dependientes, insertos en redes de cuidado y de crítica, y de descoloque, y esa es la única manera de ser autónomos. Es una autonomía que para que llegue a ser individual ha de ser antes también colectiva. Entonces, está completamente insertada en un terreno que es cultural, social y también biológico. Es verdad que tenemos unos límites biológicos, pero también que nuestra propia naturaleza nos hace ser naturalmente culturales y que mediante la cultura podemos modificar completamente nuestra experiencia.

En ese sentido, no hay una respuesta única a la naturaleza humana sino que es una pluralidad que es tanto global —todavía hay muchas maneras de vivir distintas en el mundo—, pero incluso también a nivel individual somos pluralidades, somos como dijo Pessoa “pequeñas repúblicas”. En nuestra propia cultura hay sedimentos que vienen del mundo griego, que vienen del cristianismo, que vienen de otras culturas y tenemos que aprender a convivir en esa pequeña república con los demás y también con esa pluralidad que somos cada uno de nosotros.

N.U.: Hoy nosotros ya hemos perdido ese lugar privilegiado en el mundo, lo único que nosotros nos diferenciamos de todos los demás seres es precisamente en la autoconciencia. Es decir, ese microcosmos que nosotros tenemos que refleja el macrocosmos hace que de alguna manera seamos humildes porque somos parte de la naturaleza y somos naturaleza, y lo único que nos diferencia de los otros seres es la autoconciencia. Por así decir, el hecho de que yo tenga conciencia me va a crear muchos problemas porque por eso voy a sufrir, pero al mismo tiempo esa autoconciencia me va a llevar también a que pueda salir del sufrimiento. Entonces, esos seres que tienen conciencia o autoconciencia tienen más ventajas “evolutivas” que otros seres que no tienen o que creemos que no tienen esa autoconciencia. Y, para mí, lo que nos diferencia de todos los demás seres y nos hace humanos es precisamente la autoconciencia.

Así como la naturaleza por así decir está ahí, y somos lo que somos en base a la naturaleza, lo que yo culturalmente soy como persona me hago a mí mismo. Y por lo tanto tenemos que ayudar a las personas a ser eso, personas. Desde un punto de filosófico, a que se construyan su propio presente y futuro.

Pico della Mirandola (1463-1494) estaba convencido de la superioridad del humán sobre las demás criaturas:

“Por eso Dios escogió al hombre como obra de naturaleza indefinida, y una vez lo hubo colocado en el centro del mundo, le habló así: No te he dado, oh Adán, ningún lugar determinado, ni una presentación propia ni ninguna prerrogativa exclusiva tuya; pero aquel lugar, aquella presentación, aquellas prerrogativas que tú desees, las obtendrás y conservarás según tus deseos y según tú lo entiendas. La naturaleza limitada de los demás está contenida en las leyes escritas por mí. Pero tú determinarás tu propia naturaleza sin ninguna barrera, según tu arbitrio, y al parecer de tu arbitrio la entrego. Te puse en medio del mundo para que desde allí pudieses darte mejor cuenta de todo lo que hay en el mundo. No te he hecho celeste ni terreno, mortal ni inmortal, para que por ti mismo, como libre y soberano artífice, te formes y te esculpas en la forma que hayas escogido”.

Nicanor Ursua y Antonio Casado.Nicanor Ursua Lezaun (Etayo, 1948) Licenciado en Filosofía por la Universidad de Munich (Alemania), y doctorado por esa misma Universidad y por la Universidad Complutense de Madrid. Doctor Honoris Causa por la Universidad Aurel Vlaicu Din Arad (Rumanía). Catedrático en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la UPV-EHU, imparte Teoría del Conocimiento e Historia del Pensamiento Económico y Político. Los temas de su especialidad son: Filosofía y Globalización, Epistemología Evolucionista, y Ciencia-Tecnología y Sociedad. Miembro investigador de la red “CultMedia – International Network of Cultural Diversity and New Media” y co-editor de la colección “Cultural Diversity and New Media”. Desde 2015 dirige la Revista Internacional de Estudios Vascos-RIEV. Antonio Casado da Rocha (Errenteria, 1970) Licenciado en Humanidades por la National University of Irelandy Doctor enFilosofía, profesor e investigador en laUPV-EHU donde imparte Bioética y Filosofía Política. Su trabajo se desarrolla en el campo de labioéticaen sentido amplio (ética asistencial, ética ambientaly ética de la investigación científica), con especial atención a sus aspectos narrativos. Especialista en el pensamiento deHenry David Thoreau, es autor de Thoreau. Biografía esencial (2004) Otras obras: Sobre el deber de la desobediencia civil (2002) La desobediencia civil a partir de Thoreau (2002) El arte de caminar. Tras los pasos de Henry D. Thoreau (2002) Bioética para legos. Una introducción a la ética asistencial (2008) De su producción poética se han publicado los títulos: Esku ezkerraz(2011) Islandiera ikasten(2014).