96 Zenbakia 2000-10-20 / 2000-10-27

Gaiak

Sobre los nombres de lugar

PERDIGERO, Hermogenes

Sobre los nombres de lugar Sobre los nombres de lugar Hermógenes Perdiguero No resulta fácil hablar, y mucho menos escribir, sobre un tema que puede provocar posturas enfrentadas aun cuando no se pretenda otra cosa que expresar algunas ideas que le parecen a uno sensatas y, por lo tanto, defendibles en un momento concreto. No obstante, repondiendo a la invitación de la Eusko Ikaskuntza / Sociedad de Estudios Vascos, me atrevo a opinar en un medio de difusión de la cultura vasca sobre un tema como la toponimia que no hace mucho ha sido objeto de una polémica que ha enfrentado a la Real Academia Española con las Academias de las lenguas catalana, gallega y vasca en relación con la denominación en castellano de topónimos de estas comunidades, según lo que recogía la prensa no hace mucho (cf., por ejemplo, El País, 23.04.00, p. 31 y 29.04.00, p. 39). 1. El hecho es que a la dificultad que entraña el estudio científico de la toponimia se une la pasión que desata tanto la defensa del topónimo propio como el rechazo al topónimo en otra lengua. Y es que no deja de ser cierta la idea de que la toponimia puede ofrecer una información valiosísima sobre la historia de un pueblo. En este sentido, el esfuerzo por recuperar una forma determinada o una simple grafía del topónimo obedece a ese interés y a la predilección por una parte de la historia de un pueblo, la cual los dirigentes políticos, las fuerzas culturales o el pueblo llano sienten como propia o se identifican con ella y, a la vez, les diferencia más en un momento histórico concreto. Prueba de ese esfuerzo y reflejo del interés por recuperar y conservar una parcela de la historia de un pueblo es no sólo la modificación de los nombres de lugar de varias zonas peninsulares, entre ellas la correspondiente a Euskadi, sino también la publicación de libros sobre toponimia publicados por la Euskaltzandia en la colección Onomasticon Vasconiae. No deseo relegar otras publicaciones de esta colección al mencionar el libro de Á.Líbano: Toponimia Medieval en el País Vasco por ser producto de un buen método y por reflejar una actitud científica que no siempre se encuentra en este tipo de trabajos que nos permite, por ejemplo, saber que el topónimo navarro actual aristu aparece documentado como ariçtoya (a. 1174), ariztea (a. 1198), ariztuiua (a. 1042), ariztviga (1042). Este tipo de información es básico no sólo para conocer la lengua originaria y la evolución o variación sufrida, sino también para justificar la elección actual de una u otra forma como nombre oficial. Por eso toda información es poca y no se debe desdeñar ninguna, aunque sea como la de Juan de Arphe y Villafañe, quien en su obra de 1675, titulada: Varia conmesuración para la escultura y arquitectura cita estos topónimos de "Vizcaya y del Reyno de Navarra" (Libro I, Cap. III. Trata de Reloxes cilindros, p. 30): Durango, Motrica, Salvatierra, Estella, Alegría, San Sebastián, San Juan del pie del Puerto, Ondaroa, Bermeo, Fuente Rabía, Portogalete, Vilbao, Pamplona, Bayona, Guetaria, Puente la Reyna, Tolosa, Tafalla, Rentería, Victoria, Lequeytio. 2. Cuando falta la información o cuando se actúa guiados más por el corazón que por la cabeza se puede llegar a tomar unas decisiones que provocan el rechazo de los especialistas, rechazo que no siempre es bien expresado o entendido. Pero más rechazo provoca aún el desinterés por el tema que refleja el hecho de que si alguien va de Burgos a Madrid puede leer en los paneles indicadores de la N I Villalvilla, mientras que si viaja hacia León se encuentra nada más salir de Burgos con Villalbilla; en este caso la grafía diferente puede llevar a pensar en étimos diferentes. Los cambios de los nombres de las poblaciones pueden haber obedecido a razones de política cultural, aunque no siempre; por ejemplo, creo recordar que fueron razones estéticas las que llevaron a los habitantes del pueblo salmantino de Bellavista a sustituir su anterior denominación de Caracerdo. En la llamada toponimiamenor es donde mejor se puede observar que han sido los propios habitantes del lugar los responsables de los cambios, ayudados, en ocasiones, por los técnicos de la capital comarcal o provincial. Y la verdad es que son ellos quienes aceptan, rechazan o modifican los topónimos, a pesar de los especialistas y, en ocasiones, de los políticos; así ha sucedido en un pueblo burgalés que al tomar el nombre de una zona cercana a la plaza de toros ha sustituido La Ren por La Herrén al aplicarlo a una sociedad de aficionados a los toros. No creo que tenga sentido defender la inmovilidad y la pureza lingüística cuando se sabe que las lenguas están en continuo cambio y en constante mezcla; y menos en un momento en que el intercambio es mayor que cuando el nombre de Donibane o de Donosti surgió a partir del latín. Así diversos estudios muestran cómo en la actualidad, junto a topónimos de claro origen vasco se encuentran otros de claro origen latino romance tanto en Álava como en Burgos, en Salamanca o en Ávila. Como ejemplo se puede citar el topónimo Aranda, relacionado con el vasco arán 'endrino', procedente del céltico *AGRANIO, (cf. la revista Biblioteca, Estudio e Investigación, nº 12 del Ayuntamiento de Aranda de Duero). Y no son pocos los casos en que hay que recurrir a la lengua vasca para buscar la procedencia de otros topónimos burgaleses como Juarros o Ura. 3. No obstante, es en el contexto de la recuperación de la cultura de un pueblo donde puede entenderse la actitud que lleva a la defensa institucional de una forma toponímica como forma oficial en el propio territorio y también en aquellos en que se habla otra lengua, aun cuando aquellos que en algún momento se han acercado a aprender una segunda saben que en la lección sobre los países y capitales del mundo han tenido que aprender la pronunciación y la escritura correspondientes en esa lengua. En principio no debería haber problemas al emplear en cada lengua la forma toponímica tradicional o la adaptación a esa lenguadel nombre oficial de una localidad. Ahora bien no son pocos los que defienden que se emplee el topónimo en la lengua oficial autóctona en cualquier circunstancia y con independencia de la lengua en que se esté realizando la comunicación como un derecho al reconocimiento de la propia identidad. Por eso quizás no sea fácil extender la idea de que es necesario desdramatizar el tema, dejar que las gentes actúen con tranquilidad y libertad y, mientras tanto, dedicarse desde los organismos culturales a proporcionar toda la información posible y siempre con el mayor rigor científico posible. Esta idea, que tiene que ver con el hecho de que podemos cambiar los nombres existentes y sustituirlos por los nombres que nos parezcan mejor o que nos gusten más, ya que somos dueños de nuestra lengua, no debe desligarse de otra que destaca el enorme interés de la toponimia para conocer la historia de un pueblo y, más aún, la evolución e influencias de otras lenguas, lo cual obliga a documentarse convenientemente si es que se quiere ser respetuoso con el pasado. Hermógenes Perdiguero, Universidad de Burgos Euskonews & Media 96.zbk (2000 / 10 / 20 27) Eusko Ikaskuntzaren Web Orria