El diapasón de San Fermín
Mikel Aranburu Urtasun

Y la música estalló. Bien pudo así Hemingway resumir su primera sensación aquel 6 de julio en Pamplona. Ya que sanfermín es, sobretodo, música. Una fiesta única, cual pentagrama en blanco, sobre el que cada cual compone su sanfermín personal e intransferible. No hay dos iguales. Y cada uno sigue su invisible derrotero melódico que le guiará por la fiesta. Y por la vida. Itinerarios que se alargan, se cruzan, se truncan, se comparten, cuajados de música que te envuelve, invade, que se graba tempranamente en la memoria para resurgir balsámica o dañina en cualquier momento. Al final, toda una vida de sanfermines se reducirá a unas cuantas canciones esculpidas en el alma.

Ernest Miller Hemingway (izda.), según óleo de José María Ucelay Uriarte.

Hoy la avalancha de decibelios ha venido a sepultar la fiesta. Los potentes baffles instalados por doquier, auténticas armas de destrucción auditiva, disparan incesantes su munición sonante de todo género y naturaleza. Protagonizan y condicionan el sentido del oído. Pero bajo los escombros, no es difícil encontrar, aún vivo, un ecosistema musical muy singular. Tan singular como se quiera.

En el paisaje musical sanferminero predomina un folclore característico forjado en la segunda mitad del siglo veinte que, en contra del requisito de todo folclore, el autor anónimo, el pamplonés lleva firma, la del maestro Turrillas. Creador inmerso en el alma popular acertó en el diseño de una línea melódica expresiva del carácter y naturaleza de las peñas. A través de sus himnos, miles de veces repetidos, iluminó ese paisaje irrepetible que se agarra, como la batahola de gigantes y cabezudos, al sueño de la eterna juventud.

Al contrario que el resto de músicas, que comparten espacio y tiempo ajenos a la fiesta, la música de Turrillas es siempre sanferminera. El himno de las peñas en charanga callejera es sanfermín puro. Las peñas han visto desaparecer en pocos años los recios, correosos e invencibles labios riberos, y dan cobijo a las nuevas formaciones amateurs con renovados repertorios que ya son otra vez clásicos. La charanga antigua, puro metal sin concesiones, ha dado entrada a la madera, ha crecido en músicos, en repertorio y acepta gustosa al sexo femenino. Si aquéllos venían de las bandas de la ribera navarra, las fanfarres actuales tienen origen en Gipuzkoa e Iparralde.

 
Francisco Javier Echevarría (Ref. J.J. Arazuri, "Pamplona estrena siglo")

El txistu, otrora señor de la fiesta en labios de voluntarios julares, se esconde y multiplica en sus nuevos cometidos; ceremonioso y de gala en las procesiones, sinfónico en el Alarde, inconfundible con la giganta negra, intimidado en el estruendo, ágil y donoso en los pasacalles, servicial en los bailables de la plaza del castillo y siempre tradicional.

El sonido de la gaita ha sido en el siglo XX el sonido de la fiesta. Porque en algún escondrijo de la memoria, junto a la viva emoción de los Gigantes y los Kilikis, están registradas sus bulliciosas melodías. Para los más viejos en Iruña, gaiteros y gaitas son de Estella. Y no van descaminados porque de la vieja Lizarra fueron Romano, su forjador, y sus discípulos. Con más de sesenta sanfermines en activo, el último exponente de la saga Elizaga bate el récord de fidelidad que cien años antes ostentaba el txuntxunero Etxeberria. Ser músico en fiestas, ¿distinción o penitencia?

El Ayuntamiento es empresario que contrata y subvenciona. Documentada costumbre de siglos. Verbenas, conciertos, fanfarres, bandas, grupos de rock,… música que pasa hoy por el aro administrativo: pliego de condiciones, fianzas, retenciones, ivas y nifs. ¿A cómo sale la corchea? Un mercadeo que asegura y dignifica, pero altera tradiciones. Son ahora los nuevos músicos callejeros venidos de todos los continentes los herederos de julares, tamborileros, vihuelistas, dulzaineros,… La auténtica música popular, rock, jazz, folk o clásica, nos llega franca de los países del este europeo, de los Andes o del corazón de Africa. Al principio tímida, de soportal o esquina recoleta, y amplificada después por mor de la clientela y la recaudación. Sin apenas espacio para el autóctono: el gitano de la cabra y la trompeta.

Los propios músicos del Ayuntamiento en estos días se emplean a fondo. La Pamplonesa es la vedette. La banda de la ciudad que un militar desmilitarizó felizmente echándole bemoles; tan aplaudida y admirada en estos días como olvidada durante el musicalmente más meritorio resto del año. Atestadas y surrealistas dianas, procesión con su "Asombro de Damasco" para el consentido "riau-riau de los fachas" y ardorosos pasodobles en las tardes de toros (éstos por cuenta de la Misericordia). Las bandas municipales de txistularis y gaiteros, se mezclan y confunden con otros grupos de txistu y gaita que refuerzan el servicio. Meritoria es la casi centenaria participación de los txistularis tolosarras que comparten con los locales tareas y solemnidades.

 
Grabado representando a San Fermín en su capilla de la iglesia de San Lorenzo, de Pamplona. Año 1765 Arch. "D.F.N."

Hay muchas, muchísimas, músicas que sustentan la personalidad sanferminera. Imposible traerlas todas aquí. Unas conocidas y masificadas, algunas casi ocultas. Todas muy queridas, hasta la majadería de turno en cada verano. Las vísperas en San Lorenzo que dirige el maestro de Capilla de la catedral, paréntesis místico en la enajenada primera tarde que viene a dar carta blanca al alma que aún se resiste a doblegarse al cuerpo dionisiaco. La jota coral al Santo en la Plaza del Consejo siempre rota en aplausos precipitados. Los "Agur jaunak" en la ofrenda floral del pocico de txistularis municipales y, luego, del coro de Napardi y el recatado y solemne con que recibe entre inciensos el órgano catedralicio al cortejo procesional. El toque de clarines en las entradas-salidas de autoridades en los templos o en la casa consistorial que se superpone con resultado imposible a las heráldicas txistularis. Las inefables sesiones de la "Jarauta 69" en la terraza del Lanbroa. Una charanga de mirlitones en sosegada calle del ensanche. Y el gran perdedor en esta inclemente evolución de las especies musicales, el canto espontáneo varonil, coral o solista, ahora sólo superviviente en las gargantas de los de Iparralde. Hasta los Auroros de Santa María, esencia de la música popular donde la haya, se han replegado víctimas de la barahúnda del alba. Su hermosa aurora a San Fermín nos habla de músicas, de gozo y de paz. Que así sea, Fermín.

 

Euskonews & Media 217. zbk (2003 / 07 / 4-11)

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