¿Qué hacer con las personas mayores? (*)
José Luis Fernández Suarez

En estos momentos en que terminamos la aventura estudiantil, que comenzamos hace tres años, quisiera hacer algunas reflexiones personales y también plantear algunas preguntas que se han suscitado en el transcurso de las horas que hemos compartido en las mismas aulas, no muy cómodas, pero agradables por la compañía.

Transcurridos estos tres años, creo que además del conocimiento académico hemos conseguido algo todavía más valioso. Ha sido el conocimiento de un grupo humano, con unos valores personales realmente enriquecedores, que nos han generado ilusiones y sobre todo una identidad de sentimientos de tolerancia y respeto, que ha originado auténticas amistades de grupo e individuales, todo ello a unas edades, que como todos sabemos, no es fácil. Somos miembros de una sociedad que es también el resultado de diversas generaciones anteriores, de las que hemos heredado valores y conocimientos que nos permite ser cada vez más libres y plurales.

Por ello creemos que nuestra generación como portadora de esos valores, al igual que las anteriores, ha ejercido un papel fundamental en la transmisión de los mismos. Hace 2500 años alguien dijo respecto al Universo, que el inicio del mismo era debido a un "motor inmóvil", en la sociedad quién permite el inicio, o sea el "motor inmóvil" de las nuevas generaciones son los mayores, quizás me he excedido en el símil, si es así, que el "motor inmóvil" me perdone.

Sin embargo nuestra generación, como todas las que nos han precedido, sí ha sido "motor" de la sociedad cuando le ha correspondido asumir esa responsabilidad y ahora que por razones biológicas hemos llegado a esta etapa de la vida, a la que todos esperan llegar, la sociedad nos ha dejado "inmóviles".

Hoy se suele afirmar que contamos con los jóvenes mejor preparados de la historia y creemos que así es, pero también afirmamos que posiblemente nuestra generación es también la mejor preparada que ha existido, ya que nos ha correspondido vivir y desarrollar nuestra actividad, en una etapa durante la cual se han producido y se están produciendo, según la opinión general, cambios en la humanidad que pocas veces ha sucedido en la historia y sobre todo con tanta rapidez que resulta difícil adaptarse, como nosotros mismos hemos podido constatar en nuestra actividad, durante la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de ello tenemos la voluntad de seguir esforzándonos para asimilar los cambios que se vayan produciendo. Entre estos cambios hay uno que nos afecta de manera directa y es que gracias a los avances científico-tecnológicos conseguidos en todos los órdenes de la vida, pero especialmente en la sanidad y la salud, las expectativas de vida se han alargado extraordinariamente, lo cual plantea una situación que nunca se había producido y es el gran número de personas que llegan a una avanzada edad.

Ante esta nueva situación, la sociedad actual está alarmada y no sabe muy bien como resolver los retos que se le plantean, especialmente los costes económicos, por ello, está en boca de todos una pregunta.

¿QUÉ HACEMOS CON LAS PERSONAS MAYORES?

Hay respuestas y soluciones variadas, desde dejarlos en las gasolineras con animales de compañía, aparcarlos en residencias, llevarlos a Benidorm, en hogares de jubilados, concursos de bailes (para gastar energías), entretenimientos varios, reducir las pensiones (en algún país lo han propuesto jóvenes políticos), alargar la vida laboral (supongo que para reducir la biológica), acceso a estudios universitarios (para sustituir las plazas de los jóvenes) y no faltara algún iluminado que proponga alguna solución total.

Históricamente en las diferentes sociedades que nos han precedido, los mayores terminaban sus días de forma diversa, en las culturas de nuestro entorno, sucedía en el hogar y en compañía de la familia, también ha habido ejemplos que pueden parecer sorprendentes, pero que las respectivas sociedades lo tenían asumido, cuando consideraban que ya no eran útiles o estaban próximos al final, encaminaban sus pasos a lugares o montañas sagradas donde, como si fuera una premonición de ideologías actuales, neoliberalismo y ecologismo, aportaban sus últimas reservas, sin costes, para el enriquecimiento proteínico de las especies más aptas y el mantenimiento de la cadena trófica, que permitía un equilibrio estable y ecológico de la naturaleza.

Pero algo que se puede considerar que ha sido común en todas las épocas y sociedades, es que los mayores, han ocupado un lugar importante en las sociedades y en las familias, siendo respetados y valorados por sus conocimientos, experiencia y por los valores que han transmitido a través de las generaciones.

Hay un tema polémico cuando nos referimos a los mayores y aunque parezca un asunto menor, creemos que es importante y me refiero al nombre con el cual identificamos a las personas que han cumplido una etapa de su vida y acceden a la jubilación o en el caso de las mujeres sin acceder a esta situación.

Al correr de los tiempos y cuando no había prácticamente jubilaciones laborales y se terminaba la vida activa, al mismo tiempo que la biológica, se les denominaba según costumbres o clases sociales como, mayores, viejos o ancianos, siendo asumidos estos nombres como un valor en si mismo. Sin embargo desde que los avances sociales y sanitarios, han permitido que el final de la etapa laboral no coincida con la biológica, estas denominaciones que tenían un valor de respeto y consideración, han pasado a tener una acepción peyorativa y se ha buscado un término o eufemismo, como el de la tercera edad, que más que un reconocimiento suena como una nueva división por edades y que personalmente me recuerda cuando era joven y viajaba en los trenes de tercera.

Es contradictorio, que gracias a los avances políticos y sociales durante el siglo pasado que han eliminado o amortiguado hasta cierto punto, las divisiones por clases sociales, en la actualidad se tienda a dividir a la sociedad por edades y como no, a los mayores se les asigna la tercera, no solamente en el nombre sino, lo que es peor, en consideración social.

Y esto sucede porque sólo se valoran las actividades que generan beneficios económicos de forma directa e inmediata, sin tener en cuenta valoraciones como el conocimiento acumulado de todos aquellos que han conseguido con su saber y experiencia llegar a la situación actual y que todavía pueden aportar mucho y no sólo considerar las cargas económicas que suponen los mayores para las generaciones más jóvenes, sin pensar que; todos hemos sido jóvenes y todos los jóvenes serán mayores. La vida tiene diferentes etapas, pero no se puede hacer divisiones que separen a las generaciones.

El río de la vida surge donde los picos de los montes se confunden con los cielos, en esas cumbres entre ventiscas y tormentas apasionadas o en suaves y amorosos copos, la nieve se va depositando sobre la madre tierra, fecundándola, y en la primavera, con las lluvias y cálidas temperaturas, surge a la vida el arroyo que inicia su recorrido con mezcla de timidez y temeridad, deslizándose y serpenteando por las laderas, buscando con alegre despreocupación, el cauce que le permita iniciar el largo recorrido de la vida.

En los primeros valles va engrosando su caudal, al igual que en las vegas donde inicia su recorrido como río, recibiendo y repartiendo generosamente la riqueza de la que es portador.

Cuando el caudal llega a su plenitud en las extensas llanuras, entrega con generosidad toda la riqueza acumulada y cuando está llegando al final de su recorrido, en un último esfuerzo, con la satisfacción de la misión cumplida, se encauza para ser guía de navegantes o se extiende con suavidad por los deltas, para depositar lo mejor que ha ido adquiriendo en su largo recorrido, antes de entregarse a la mar infinita, y comenzar de nuevo el ciclo de la vida.

En el día de hoy, la sociedad, sorprendida por los cambios que se producen con gran rapidez y sin reflejos ni imaginación, se encuentra bloqueada, teniendo solamente una visión economicista de la nueva situación, no sabiendo como actuar ante esta riqueza acumulada, de experiencia y conocimiento, desaprovechándola, sin beneficio para nadie generando inquietud ante el futuro de las generaciones venideras.

Sin pretender encontrar la solución a este desafío que se presenta a la sociedad actual, lo que no cabe duda es que solo se solucionara consiguiendo que todas las generaciones, actuales y futuras, participemos en la medida y posibilidades de cada uno, en el desarrollo de una sociedad cada vez más justa, plural y sin discriminaciones.

En el día de hoy y por lo visto hasta ahora, habría que replantearse la pregunta inicial y formular una diferente:

¿QUÉ HACEMOS CON ESTA SOCIEDAD?


* Texto leído en la entrega de los títulos a los integrantes de la primera promoción de Ciencias Humanas, del Aula de la Experiencia (UPV/EHU)
 

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