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Escribo
sobrecogida por los gritos que me llegan, a través de la
radio, procedentes de un mercado de Irak sobre el cual ha caído
un misil "inteligente" dotado de no sé qué
tecnología punta que ha producido
una matanza y un sinfín de personas heridas. No puedo dejar
de preguntarme qué ha sido de aquel ideal del Siglo de las
Luces, la aspiración ilustrada según la cual la ciencia
y la técnica deberían servir para alcanzar el progreso
y el bienestar de los seres humanos. Es verdad que ese ideal ha
sido deturpado a lo largo de los siglos transcurridos pero también
lo es que, desde que EEUU lanzara sobre Hiroshima y Nagasaki la
primera bomba atómica, nunca había estado el mundo
tan próximo a la barbarie más absoluta y nunca había
sido tan pertinente la pregunta, ciencia y conocimiento, ¿al
servicio de quién?
En la situación mundial que atravesamos, ¿quién
será capaz de mantener que la ciencia es neutral? Hace tres
años, Flora de Pablo, investigadora del CSIC escribía
sobre la "pobrísima política científica
que sufrimos" y comentaba el plan nacional de I+D para los
años 2000-2003 señalando que mientras que los gastos
en material militar habían subido aproximadamente un 40%
anual, los gastos en investigación
y desarrollo tecnológico genuinos habían subido un
"ramplón" 7%. Añadía nuestra investigadora,
preocupada por el papel de las mujeres en la ciencia: "¿a
quién sino a un grupo de varones ultraconservadores se le
puede ocurrir disfrazar el gasto militar como inversión estatal
en investigación y desarrollo?" En esta misma línea,
en el último trimestre de 2002 se dio a conocer un manifiesto,
promovido por Mayor Zaragoza, en el que un millar de personas, pertenecientes
a la comunidad científica, se declaraban objetoras de la
investigación militar. Así pues, ¿dónde
está la igualdad? ¿dónde la utópica
neutralidad científico-tecnológica? ¿qué
posibilidades hay de investigar fuera de las líneas prioritarias
de I+D? ¿prioritarias para quién?
Valga como ejemplo el testimonio una famosa investigadora del Instituto
Tecnológico de Massachussets, quien en 1991, después
de la guerra del Golfo, confesó que solamente habían
organizado una conferencia sobre la guerra porque la mayor parte
de las subvenciones para investigación del MIT procedía
del estamento militar y una oposición a la intervención
armada hubiera supuesto un recorte drástico de presupuestos.
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| Lise Meitne r(1876-1968) |
Pero podemos remontarnos a un pasado más lejano. Lise Meitner
(1876-1968), una física austriaca, que había conseguido
estudiar e investigar tras salvar graves obstáculos, que
tuvo que huir de la Alemania nazi, fue propuesta tres veces para
Premio Nobel de Física y de Química, sin que nunca
llegaran a concedérselo; pionera en el descubrimiento e interpretación
de la fisión del Uranio, rechazó trabajar en el proyecto
Manhattan que conduciría a la fabricación de la bomba
atómica. Meitner tenía la esperanza de que el proyecto
resultara imposible y de que la fisión nuclear se aplicase
con fines pacíficos. En 1944, su compañero de investigación
Otto Hahn recibió el Premio Nobel de Química por el
descubrimiento de la fisión nuclear. Ella, que también
había sido propuesta por la misma razón y que había
proporcionado, además, la explicación del proceso,
no obtuvo ni siquiera una mención. Su condición de
mujer y su posición crítica y opuesta al militarismo
la habían apartado del famoso galardón.
En otras ocasiones he escrito sobre ciencia y género y he
señalado que la ciencia es androcéntrica, que las
comunidades científicas son masculinas como lo son la mayoría
de las organizaciones del espacio público, que el sexismo
de estas organizaciones, la solidaridad entre varones que tienen
una genealogía en común, las redes
informales de las que suelen estar ausentes las mujeres, por no
hacer referencia a la doble jornada, dificultan el acceso de éstas
a los puestos en los que se diseña la política científica.
Pero tal vez sea hora de pensar de otra forma, ¿por qué
el modelo tiene que ser el definido por los hombres?, ¿no
sería preferible un modelo de investigación científica
menos absorbente que permitiese una vida más equilibrada?
El informe ETAN 2000 de la UE ha puesto de manifiesto la desigualdad
de mujeres y hombres en puestos científicos de relevancia,
en detrimento de ellas. Un estudio realizado en Suecia, en 1997,
mostró que las mujeres tenían que ser 2,2 veces más
productivas que los hombres para obtener el mismo grado de recursos
económicos y que existían sutiles mecanismos de discriminación
en cuanto a salarios y espacio.
En
mi opinión, y aceptando todo lo anterior, el mayor obstáculo
con el que nos encontramos las mujeres en las comunidades científicas
es que nuestras opiniones son infravaloradas, tanto por los varones
como por las mujeres. Únicamente las redes, la solidaridad
y el apoyo entre nosotras será capaz de hacernos avanzar
en esa igualdad todavía tan lejana. Pero todo ello será
insuficiente si no trabajamos a favor de una tecnociencia al servicio
de la humanidad y no de la destrucción y del militarismo
más atroz. Otro mundo es posible y la ciencia debe contribuir
a lograr esa utopía necesaria.
Mari Álvarez Lies,
Universidad de Vigo
Fotografías: Mikel Arrazola. Publicadas en la revista EMAKUNDE
Nº 49
Foto Lise Meitner: http://www.lgd.de/projekt/judentum/meitner.JPG
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