1.
Una revolución tecnológica basada en la información
y el conocimiento
Como
es bien conocido, a lo largo de las dos últimas décadas,
se ha ido consolidando en el seno de nuestras sociedades una profunda
transformación estructural organizada en torno a las nuevas
tecnologías de la información y las comunicaciones.
Esta revolución tecnológica basada en las nuevas
tecnologías de la información (que incluye la microelectrónica,
la informática y las telecomunicaciones) representa una
línea divisoria histórica tan importante como la
que constituyó la revolución industrial.
Los periodos históricos en
los cuales tienen lugar las revoluciones tecnológicas imponen
transformaciones estructurales profundas en las formas de producir
y gestionar las empresas, la Administración Pública
y las organizaciones en general, planteando igualmente exigencias
mayores respecto a la cualificación de los recursos humanos,
así como a la naturaleza y calidad de los procesos de trabajo
y las relaciones laborales.
Dicho en otras palabras, el logro
de la mayor eficiencia productiva y competitividad no depende
ya de las anteriormente denominadas "ventajas comparativas
estáticas", esto es, de salarios bajos y de la sobreexplotación
de los recursos naturales abundantes, sino de la incorporación
de mayores niveles de información y conocimiento estratégicos
(sobre tecnologías, mercados, competidores, etc.), lo cual
sitúa la cualificación de los recursos humanos como
la variable decisoria del desarrollo económico, conjuntamente
con la capacidad institucional para construir entornos innovadores
que faciliten el acceso a dichos componentes estratégicos
de información y conocimiento.
Por ello, se suele señalar
que el éxito en la productividad y competitividad depende
de la construcción de "ventajas competitivas dinámicas",
y no sólo de la dotación preexistente de factores
de producción. Estas ventajas competitivas dinámicas
requieren, por tanto, el despliegue de infraestructuras tangibles
e intangibles que permitan el acceso a la información y
conocimiento estratégicos, así como una capacitación
de los recursos humanos apropiada para impulsar las potencialidades
en cada territorio.
El acceso de las empresas y actividades
productivas a la información y conocimiento estratégicos
puede facilitarse mediante la adecuada vinculación en redes,
de ahí que el éxito no dependa tanto de la dimensión
empresarial como de la capacidad para desplegar las conexiones
apropiadas. Esto abre, ciertamente, mayores oportunidades que
en el pasado a las empresas de menor dimensión o, al menos,
no hace depender únicamente su éxito de la acumulación
de recursos financieros o el logro de economías de escala.
Pero estas transformaciones
no son exclusivamente técnicas en el sentido estricto de
la palabra, ni se limitan tan sólo a la esfera económica.
En realidad, afectan igualmente a los aspectos sociales, laborales,
institucionales, culturales y políticos, obligando por
ello a un profundo reajuste de todo ese conjunto de aspectos e
interrelaciones, a fin de lograr respuestas eficientes ante las
nuevas exigencias del cambio estructural. (INDICE)
2. El ajuste estructural y la globalización
De esta forma, el "ajuste estructural"
se debate más en el terreno de la microeconomía
(y, como luego veremos, de la mesoeconomía) que en el campo
macroeconómico, pese al predominio de la simplificación
macroeconómica de la realidad. Una vez más habrá
que insistir en que el logro de condiciones de estabilidad macroeconómica
es una condición importante y necesaria, pero no suficiente,
para el desarrollo económico.
El ajuste estructural constituye
un proceso de cambio social e institucional, que debe facilitar
en los diferentes territorios la adaptación de los diferentes
sistemas económicos y tejido de empresas a las nuevas fronteras
tecnológicas y de gestión, lo cual es básico
para poder sustentar el crecimiento económico y establecer
estrategias de desarrollo humano sostenible.
Los nuevos avances tecnológicos
han posibilitado, asimismo, una aceleración importante
de los procesos de globalización económica, financiera
y cultural, alterando nuestras formas de pensar, producir, gestionar,
consumir e informar. Sin embargo, es importante insistir en que
la gran mayoría de las actividades productivas en el mundo,
en proporción de personas participantes y volumen de la
producción, siguen siendo mayoritariamente de ámbito
nacional y subnacional.
Según datos recientes del
Banco Mundial, del total de la producción bruta mundial
que se contabiliza en los circuitos formales de la economía,
apenas un 20 por ciento en promedio se comercializa internacionalmente.
Esto quiere decir que la gran mayoría de las decisiones
de producción tiene lugar en escenarios nacionales o subnacionales,
regionales o locales.
Asimismo, la inversión extranjera
es solamente un 5 por ciento de la inversión total mundial,
siendo los flujos de inversión extranjera directa únicamente
el 1 por ciento del producto interior bruto mundial. Esto quiere
decir que la inmensa mayoría de las decisiones de inversión
productiva y empresarial corresponde a actores que se desenvuelven
en ámbitos nacionales o subnacionales.
Por otra parte, la participación
de la inversión extranjera directa en el producto interior
bruto de los diferentes países es sólo un porcentaje
reducido de la inversión total. Es posible que, asombrados
por los elevados ritmos de crecimiento del comercio internacional
y el despliegue de la globalización, se tienda a olvidar
la magnitud de la producción, el comercio o la inversión
internas (las principales variables de la llamada "economía
real") y el hecho crucial de que la gran mayoría de
las decisiones económicas reales siguen correspondiendo
a ámbitos regionales y locales, lo cual quiere decir que
existe un amplio margen para el diseño de políticas
públicas tanto a nivel microeconómico como territorial,
si es que logramos construir los sistemas de información
para el desarrollo apropiados.
Así pues, enfrentamos unas
exigencias ineludibles en el ámbito de las transformaciones
internas que deben abordarse para realizar las adaptaciones necesarias
ante el cambio estructural, lo cual se ve dificultado, adicionalmente,
por un contexto de creciente globalización que no facilita
precisamente la adecuada selección de políticas.
De esta forma, al distinguir las exigencias del "cambio estructural"
de los condicionantes de la "globalización",
intentamos señalar que las respuestas al primero (cambio
estructural) no pueden ser confundidas por la problemática
generada por la segunda (globalización). De ahí
que los sistemas de información apropiados para atender
al cambio estructural deban ser más precisos, con indicadores
menos agregados, y orientados hacia la identificación de
las capacidades de desarrollo y no únicamente a la recogida
de datos sobre resultados "ex-post".
Como se ha señalado, en la
fase de transición tecnológica por la que atravesamos
se hace imperativo encontrar la forma de asegurar la introducción
de innovaciones productivas y de organización en el conjunto
de empresas y actividades al interior de los territorios de cada
país, lo que no puede ser nunca resultado de la simple
insercción de algunos segmentos o actividades económicas
en los núcleos dinámicos de la economía mundial.
Estos nexos externos no garantizan
que el progreso técnico se difunda a todas las empresas
existentes (la mayoría de las cuales son microempresas
y pequeñas y medianas empresas) ya que los eslabonamientos
entre los sectores vinculados a los núcleos dinámicos
y los sistemas productivos locales pueden ser limitados, con lo
cual la difusión del progreso técnico, el crecimiento
económico, el empleo y el ingreso es escasa.
Además, en los sistemas productivos
locales predominan las pequeñas empresas, las cuales si
bien son menos importantes que las grandes empresas en términos
del valor añadido a la producción total, tienen
un peso decisivo en el empleo y la generación de ingresos,
así como en la difusión territorial más equilibrada
del crecimiento económico.
Pese a ello, este
tipo de empresas, no suele tener fácil acceso a los componentes
estratégicos de información y conocimiento para
su modernización, tales como las infraestructuras básicas
o los servicios empresariales avanzados. (INDICE)
3. Los diferentes
niveles y políticas
de desarrollo
Dada la creciente
exposición externa de los diferentes sistemas económicos,
resulta fundamental actuar en el plano microeconómico de
la transformación productiva, laboral y de gestión,
que es donde se centran los retos de la actual revolución
tecnológica. Pero para ello es preciso abordar a la vez
las adaptaciones sociales e institucionales que conlleva todo
proceso de cambio tecnoproductivo radical.
Así pues,
como vemos, las exigencias de la actual fase de desarrollo histórico
no tienen que ver únicamente con las actividades vinculadas
a los mercados internacionales, sino que afectan de forma decisiva
a los diferentes niveles y políticas de desarrollo internas,
a saber:
- Nivel macroeconómico, que
debe asegurar las condiciones de estabilidad requeridas por
el régimen de acumulación.
- Nivel microeconómico, en
el que deben abordarse las innovaciones tecnológicas
en la producción y la gestión empresarial en cada
territorio.
- Nivel mesoeconómico, en
el que deben crearse la institucionalidad y organizaciones intermedias
capaces de facilitar en cada territorio los acuerdos en favor
del desarrollo económico territorial como resultado de
la concertación público-privada de actores locales.
Se aprecia, pues,
que la gestión pública descentralizada desempeña
un papel decisivo para la formulación de políticas
apropiadas, ya que la transformación productiva y empresarial
requiere un conocimiento minucioso (y no sólo en un nivel
agregado nacional) de las circunstancias y perfiles concretos
de las diferentes agrupaciones económicas significativas
o "clusters".
Dicho de otra forma,
es preciso insistir en que la clásica división económica
entre sectores primario, secundario y terciario, oculta de forma
arbitraria el funcionamiento real de las actividades económicas
ya que las mismas mezclan componentes que proceden indistintamente
de varios sectores en el conjunto de los elementos de la "cadena
de valor". De hecho, la distinción relevante radica
en la incorporación de elementos de conocimiento o innovación
tecnológica y no en la procedencia agraria, industrial
o de servicios de las materias primas. De ahí que la información
recogida con los esquemas conceptuales tradicionales tenga un
valor muy limitado, sobre todo para diseñar programas y
líneas eficientes de actuación. (INDICE)
4. El territorio como actor decisivo de desarrollo:
la gestión territorial local
Esta fase de la economía
"informacional", como la ha llamado el sociólogo
Manuel Castells, se caracteriza por un modelo de producción
flexible, basado en la práctica cada vez más generalizada
de la empresa-red como nueva forma de organización.
Ello quiere decir que el agente económico real no es en
realidad la empresa aislada, sino el conjunto de relaciones o
redes constituidas entre las empresas, sus abastecedores de insumos,
sus clientes, las entidades que le prestan servicios, el entorno
territorial que facilita el acceso a las infraestructuras básicas,
el mercado de trabajo local, etc.
En suma, la empresa
no actúa en el vacío, sino que se beneficia de la
existencia de un entorno institucional, social y territorial apropiado,
el cual es financiado por el conjunto de la sociedad. Es, por
tanto, la calidad de la red territorial y, dentro de ella, la
calidad de su sistema de información para el desarrollo
productivo, lo que convierte al "territorio" en un actor
decisivo de desarrollo y como tal, un elemento explicativo fundamental
de la productividad y competitividad empresarial.
Por ello se señalaba
anteriormente la importancia del nivel "mesoeconómico"
para alentar la construcción de espacios intermedios facilitadores
de la construcción de los entornos territoriales apropiados
para el logro de ventajas competitivas dinámicas.
Otro aspecto que
conviene resaltar también es el referido a la profunda
modificación de las relaciones de trabajo y la estructura
del empleo, como consecuencia de las transformaciones tecnológicas
y organizativas en curso. A pesar de la discusión existente
acerca de la capacidad de las nuevas tecnologías intensivas
en capital para generar nuevos empleos, lo cierto es que parece
que destruyen viejos puestos de trabajo a una velocidad superior
a la capacidad mostrada para generar los nuevos empleos.
Es indudable, en
todo caso, que el nuevo paradigma tecnológico modifica
profundamente las condiciones del empleo y la forma de organización
del trabajo, planteando importantes retos para la cualificación
de los recursos humanos según las nuevas exigencias y situaciones
laborales. También aquí la mejora de los sistemas
de información para la construcción de los necesarios
observatorios de empleo resulta decisiva.
Pero todo esto requiere
una adecuada contextualización de cada situación
territorial, que se encuentran ahora mucho más expuestas
que en el pasado a las exigencias crecientes de competitividad,
basadas en la calidad y diferenciación de los productos
y servicios y no solamente en la producción a gran escala
y la competencia a través de los precios.
Lo que se quiere
señalar es que en la fase actual de cambio estructural
y globalización resulta fundamental la articulación
de respuestas desde el nivel local. Cuanto más centralizado
es un Estado, más difícil puede resultarle establecer
las políticas adecuadas para las diferentes situaciones
culturales y territoriales que forman parte del mismo. Es por
esto que los gobiernos locales y regionales desempeñan
un papel cada vez más importante, como entidades más
flexibles, esto es, con mayor capacidad para identificar los problemas
reales y para consensuar entre los actores territoriales las estrategias
de desarrollo local.
Todo esto introduce
una nueva perspectiva para la gestión descentralizada de
las ciudades y los territorios, que debe ser capaz de integrar
y estructurar las sociedades locales, sin perder de vista las
circunstancias del contexto cada vez más globalizado.
Como se señaló,
la competitividad dinámica no se basa en la reducción
de costos sino en el incremento de valor de conocimiento y de
la productividad, lo cual requiere actuar en diversos ámbitos
principales:
- Mejora de la infraestructura tecnológica
y de gestión que permita la eficiente vinculación
entre los diferentes actores locales, a fin de poder incorporar
en el sistema productivo local las innovaciones necesarias.
- Cualificación adecuada
de los recursos humanos según los problemas derivados
del perfil productivo de cada territorio.
- Mejora de la infraestructura urbana
para la calidad de vida.
- Construcción de las instituciones
locales para el desarrollo, como resultado de la coparticipación
de actores públicos y privados interesados en la promoción
del desarrollo productivo y empresarial territorial.
Se requiere, también,
una política económica local en materia de empleo,
fiscalidad, fomento empresarial, desarrollo urbano, sostenibilidad
ambiental, etc., así como promover los sistemas de información
local apropiados, tal como se ha señalado. (INDICE)
Carmen Echebarria,
Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. UPV-EHU.
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