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El
avance en la Unión Europea se está realizando, como
resulta de obvia observación, a través del papel
fundamental de los Estados tradicionales. No obstante, si bien
el eje franco-alemán se revela como esencial, son Estados
de dimensión y población reducida, tal como puede
caracterizarse a Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo,
quienes han protagonizado, muy por encima de sus posibilidades
reales, el protagonismo en la construcción europea, como
se demuestra con el dato que la gran mayoría de la instituciones
públicas comunitarias se encuentran ubicadas en esos tres
pequeños Estados fundadores de la Comunidad Europea.
Ha pasado a la
historia la consideración de un Estado como potencia a
través de su poderío militar o estratégico.
Son otras las cualidades que distinguen a una conformación
política en el mundo moderno, como puede predicarse su
inteligente utilización de los medios a su disposición,
su enlace con la alta tecnología o la máxima preparación
del factor humano.
Cuando filósofos,
políticos o analistas de todo género, denigran la
posible emergencia de un nuevo Estado situado entre dos de los
mayores Estados nacionales del sur europeo, basándose en
premisas de viabilidad económica y de realismo político,
parece al menos oportuno señalar esa realidad viva e indiscutible
de la relevancia de estados de pequeños territorios, y
en ocasiones, véase Luxemburgo, de población equivalente
a la de Gipuzkoa.
Es
en esta forzosa reivindicación de los pequeños Estados
como factores de una mejor convivencia como es preciso insertar
una reciente tesis doctoral recientemente leída en la Universidad
autónoma de Barcelona por la profesora Judithe GIFREU,
que afronta directamente las contradicciones entre las regiones
y los Estados de reducidas dimensiones en la Europa emergente.
Pues bien, la
citada profesora parte del reconocimiento de que son precisamente
esos Estados pequeños, quienes por sus características
intrínsecas, en mejor disposición se hallan para
enfocar adecuadamente las exigencias y requerimientos de la modernidad.
Son aspectos destacables en esta dirección su carácter
desmilitarizado y su correlativa propensión al desarrollo
de mecanismos diplomáticos de buena relación internacional;
la existencia de una avanzada cultura de negociación y
compromiso, siguiendo estrategias de consenso; su reconocida capacidad
de adaptación a los cambios y a las nuevas realidades económicas
y sociales; su afán por experimentar e innovar –las invenciones
más destacadas de esta generación se deben a genios
individuales que trabajaron en una nación relativamente
pequeña-, configurándose en verdaderas locomotoras
de la experimentación; su capacidad para salir al exterior;
etc. etc.
Frente a las
pautas de sabia adaptación a la manida globalización,
los grandes Estados y sus potentes burocracias, siguen incólumes
en inercias del pasado: paternalismo, conservadurismo, alejamiento
del ciudadano, arrogancia y alejamiento de las dinámicas
modernas. Si prescindimos de los Estados Unidos, el resto de los
Estados punta se encuentran en una aguda decadencia, tratando
de reubicarse de una forma más ajustada ante las predichas
exigencias de la modernidad.
No deja de ser
una curiosa expresión en este contexto que como ha señalado
un autor, "lo pequeño puede por tanto convertirse
en un sinónimo de inteligente en la era de la posguerra
fría". Algo similar, aunque en otra medida puede indicarse
de las grandes regiones de los Estados europeos descentralizados.
Pese a quien pese, este y no otro parece que es el camino directo
de la modernidad y la globalización, salvo mejor opinión
de los políticos, claro está. José Manuel Castells
Arteche, Catedrático de Derecho Administrativo |