|
A
propuesta de Eusko Ikaskuntza-Sociedad
de Estudios Vascos, en el verano de 2000 se me invitó a
concebir y dirigir un espectáculo en la localidad alavesa
de Alegría–Dulantzi en torno a un acontecimiento histórico
relevante: la feroz batalla entre carlistas y liberales acontecida
en este municipio en octubre de 1834. Unos meses más tarde
fue el ayuntamiento de Orio el que reclamó mis servicios
para que, junto con la directora Iñake Irastorza, condujésemos
los actos conmemorativos del centenario de la captura de la última
Euskal Balea, que incluía una reconstrucción de
la efeméride y su teatralización. En uno y otro
caso el reparto se formó con los vecinos voluntarios y
las funciones tuvieron como escenario las Herriko Enparantza de
sendas villas.

Batalla
de Alegría-Dulantzi.
Con estas dos experiencias
aún frescas en la memoria más una tercera en preparación,
intentaré sintetizar los rasgos que me parecen principales
en el fenómeno, cada vez más extendido, de las teatralizaciones
históricas promovidas por las municipalidades. Es decir,
sobre las últimas manifestaciones de teatro popular entre
nosotros.
Los dos Teatros
Populares. Desde los intentos pioneros del Octubre Teatral,
pasando por la Berliner Volksbühne de Piscator o el Grosses
Schauspielhaus de Max Reinhardt, hasta las formulaciones más
acabadas del Théâtre National Populaire de Jean Vilar
en la última postguerra, al calor de las ideas democráticas
y socialistas se abrió camino la idea de que el teatro
había de cumplir una función social y presentar
a un público no necesariamente formado los grandes temas
de la historia y de la actualidad de un modo épico y espectacular.
Esta corriente, que recorre las tres cuartas partes del siglo
XX y que fue semillero de compañías y de profesionales
que han contribuido al progreso del arte escénico, es lo
que en sentido académico se conoce por Teatro Popular.
Pero en términos
más coloquiales siempre que oigamos mencionar un espectáculo
de teatro popular pensaremos en un amplio elenco de actores ocasionales
—gente del pueblo, dedicada a otras obligaciones— que, comúnmente
en espacios abiertos o de mayor aforo al de un patio de butacas,
protagoniza una representación creada por ellos mismos
o incardinada en sus tradiciones. En este concepto el arte dramático
se entrevera con la fiesta y el folklore, puesto que da cabida
a mascaradas y parodias, pastorales y Pasiones, no pocos ritos
carnavaleros, los juicios de Judas por Resurrección y hasta
determinados alardes (me viene a la memoria el de Antzuola, con
la rendición del rey moro).
El esquema al que
se atiene la mayoría de las producciones actuales en pueblos
y ciudades de nuestra geografía responde, básicamente,
a la segunda definición. Con algunas matizaciones debidas
al origen y a los objetivos que fijan las corporaciones como promotoras
de estas nuevas expresiones del Teatro Popular.

Patrimonio intangible.
El proceso de terciarización de la economía
obliga a las comunidades locales —en particular aquellas que por
su modestia no pueden entrar en la carrera de los grandes trabajos
públicos— a echar mano de cuantos recursos patrimoniales
sirvan como dinamizadores de sus servicios. Disponen unas villas
de espacios naturales atractivos, otras de edificios de viso,
unas terceras tienen yacimientos o restos arqueológicos,
y las hay que pueden presumir de la calidad de su aire o de sus
aguas, de tal modo que cada municipio capitaliza aquellas propiedades
sensibles de servir como palanca para su proyección.
Pero hay pueblos
que, carentes de esto o complementariamente a ello, apuestan por
un patrimonio distinto, intangible pero también pujante:
el hecho histórico. ¿Y qué mejor modo de difundirlo
que mediante su transformación en espectáculo? Un
milagro (Obanos), las crónicas y leyendas de un pueblo
(Mungia), una batalla (Alegría–Dulantzi), la captura de
la última ballena (Orio)… La historia prestigia a la población
que la atesora, y premia a quien es capaz de hacer de ella un
producto cultural para disfrute de propios y extraños.
En términos de inversión, los ayuntamientos apuestan
así por convertir el pasado en fuente de beneficios presentes
y en tradición para el futuro. Será labor del dramaturgo
conseguir que la lectura de la efeméride sea aglutinadora
para sus ejecutantes y connotativa para los espectadores.

Representación
de la batalla de Alegría-Dulantzi.
Sobre tratamiento
y estilo. Es sabido que los colectivos humanos tienden a sublimar
lo que de particular poseen por el simple hecho de serlo. Con
más razón, si el atributo se considera digno de
pública exhibición podemos estar a un paso de su
sacralización. Quienquiera que se enfrente a la dramatización
ex novo de un episodio que sea patrimonio de una población,
deberá empezar por explicar las razones que aconsejan que
el enfoque se haga de una manera crítica; y lo mismo vale
para los materiales tradicionales cuando el espectáculo
parte de una base ya dada. Habrá que hilar fino al principio,
vencer quizás algunas resistencias, pero terminará
por hacerse entender.
A partir de una batalla
sangrienta entre carlistas y liberales, en Dulantzi nos esforzamos
por levantar un drama de guerra con toda la estética apabullante
de uniformados, cañones y fusileros, banderas y cantos
de vivaque… puestos al servicio de una poética de la paz.
Bien que no faltó quien se dijo decepcionado de que no
se hicieran distingos entre buenos y malos, en general
el público comprendió y agradeció el esfuerzo
realizado para que en la función traslucieran algunas de
las preocupaciones de nuestro tiempo.
El centenario de
la captura y muerte del último cetáceo en aguas
de Orio en mayo de 1901 se diseñó como una fiesta.
Pero la representación teatral tuvo la virtud de subrayar
que el motivo para tanto júbilo no era el sacrificio del
animal en sí mismo (lo que hubiera constituido un acto
de insensibilidad), sino la toma de conciencia colectiva sobre
la deuda que tenemos contraída, particularmente los vascos,
tras siglos de explotación indiscriminada de los mares:
despertar de las sensibilidades que anuncia un tiempo nuevo en
nuestra relación con la Naturaleza.
Además de
connotativo el mensaje debe conciliar a la mayoría de los
vecinos. A tal fin se procurará que todos los participantes
ejerzan real y prácticamente como autores.
Evidentemente, los primeros pasos los dará en solitario
el reponsable de la dramaturgia, concibiendo una estructura y
eligiendo motivos y objetivos a partir de la documentación
histórica y de su propia imaginación. A continuación
incorporaremos, siempre que se adecuen, elementos del acervo local:
tradiciones y leyendas, dichos y costumbres, música, bertso-paperak,
crónicas, etc. También cabe ensayar la generación
de materiales nuevos que enriquezcan culturalmente al pueblo (para
la segunda edición de La Batalla de Alegría,
prevista para el próximo 1 de septiembre, estamos trabajando
en coplas ciego y nuevas canciones que pervivan en la memoria
de los dulantziarras: en definitiva, sembramos tradición).
Otro aspecto abierto
a la creación colectiva es el que tiene que ver con la
elección y definición de los personajes. En lo que
a mí respecta, si hay tiempo suficiente me gusta componer
los personajes y definir los diálogos durante los ensayos,
de tal modo que la construcción rebañe todo el caudal
creativo de los actores. Lo mismo vale para la concepción
y realización de escenografías y atrezzos, aspectos
organizativos, etc. que en toda función de teatro popular
se pondrá en manos del correspondiente equipo de voluntarios.
Con estas estrategias
hacemos posible que la función la cree el propio
pueblo, material y conceptualmente. Pero queda en el aire otra
pregunta bastante común: ¿es realmente popular el
drama montado bajo la batuta de uno o varios profesionales?

Representación
de la batalla de Alegría-Dulantzi.
Triple objetivo. Unas veces
por ignorancia y otras por demagogia, siempre hay alguien que
sostiene que el grado de pureza de un acto de teatro popular
es inversamente proporcional al número de profesionales
implicados. Confunden éstos las tradiciones cerradas en
sí mismas, que tienen a un mismo protagonista y destinatario,
con la función difusora que por definición poseen
todas las iniciativas nacidas en los tiempos actuales. Una función
que nunca es suficiente, pero sí necesaria.
Porque, sin menoscabo
del provecho que generan estas actividades en su convivencia,
los municipios se las plantean por lo común como ejercicios
inversores con vistas a recaudar unos beneficios tanto directos
como indirectos, a corto como a medio plazo. Y, evidentemente,
para que una propuesta festivo–teatral en estos términos
aúne al mayor número de espectadores es fundamental
la participación de técnicos: de luz y de sonido,
directores de escena, instaladores de gradas, armeros, incluso
periodistas que se hagan eco de la convocatoria.
Tengo para mí
que la eficacia de una representación de teatro popular
debe juzgarse en la medida que satisfaga tres objetivos: su capacidad
para transformar la plaza, lugar cotidiano de paso y de encuentro,
en escenario de una historia significativa —que actúa así
como signo vivo de identidad colectiva—; que favorezca la cohesión
interna entre los vecinos; y que sirva para la proyección
externa de la comunidad. Si cumple con este triple objetivo, el
esfuerzo puede darse por bien empleado.
Fotografías:
Jose María Tuduri |