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Los
años anteriores a la Revolución de 1868 asistieron
al alumbramiento de la idea euskara, la vieja idea euskara.
Aunque quizá sólo fue la condensación de
las aspiraciones que siempre habían existido en
las provincias vasco-navarras, las cuales en todo tiempo
tuvieron, en mayor o menor grado, la conciencia de la identidad
de raza y de una personalidad política diferente de las
demás de la monarquía española.
Pero para que se
produjera esa explicitación hacía falta un detonante
y éste se lo dio la práctica del Gobierno central
para con estas tierras, que unida a la inestable situación
política española hacía barruntar el fatal
estallido contra las últimas libertades vasco-navarras.
La vieja idea euskara
se erigió así como dique frente al mundo exterior:
el Laurak-Bat. En cuanto a la relaciones entre Vascongadas
y Navarras, los límites del Laurak-Bat también
estaban claros: que cada componente mantuviera sus respectivos
fueros, pero sin dejar de colaborar en todo lo que pudieran sacar
mayor beneficio yendo juntos y no separados. Los navarros, precisamente,
fueron quienes más empeño pusieron en el intento
y quienes terminaron por arrastrar a los vascongados.
Estos
fueron los términos en los que se mantuvo el Laurak-Bat
tras la segunda contienda carlista, cuando apareció la
nueva idea euskara. Pero ésta ya se había
definido como algo más, como algo que abarcaba lo cultural,
lo político y lo social. Fue también cuando las
instituciones oficiales que hasta la fecha habían protagonizado
ese acercamiento vasco-navarro cedieron el puesto a las asociaciones
de marcado carácter cultural. Dentro de esas agrupaciones
destacó sobremanera la Asociación Euskara de Navarra,
la sociedad que surgió con el firme propósito de
llenar el aspecto más propiamente cultural de la idea euskara.
Pero, ¿qué
se escondía detrás del término euskaro? Quizá
lo más adecuado sea distinguir dos grupos. Eso sí,
en ambos los personajes se repiten y los principales hombres de
uno lo eran del otro. En primer lugar, podría hablarse
de euskaro, euskaro en el sentido más amplio de
la palabra, entendiendo por tal a toda persona que de una u otra
manera defendiera las leyes y costumbres vasco-navarras. Era el
caso, por ejemplo, de los agrupados en torno a la Asociación
Euskara de Navarra. Pero también habría una concepción
más limitada del término euskaro, centrada en los
aspectos más propiamente políticos del fenómeno.
Sería la de aquéllos que en defensa de esas leyes
y costumbres vasco-navarras patrocinaban la unión de los
habitantes de cada provincia y de todas las provincias entre sí,
apartándose para ello de la política ultra-ibérica:
eran los euskaros políticos.
Campión quizá
tuviera razón cuando en una de sus conferencias catalanas
dijera que acaso los navarros habían dado demasiado pronto
el salto de lo cultural a lo político. Lo cierto fue que
los más destacados representantes de la Asociación
Euskara recorrieron ese camino con la fundación primero
de El Arga y después del Lau-Buru. Y dieron
un nuevo paso con el apoyo de dichos periódicos a distintas
candidaturas a la Diputación de Navarra y Ayuntamiento
de Pamplona.
En las confrontaciones
electorales se quemaron los euskaros políticos y en su
hoguera ardieron las ilusiones de la Asociación Euskara.
Identificado desde el exterior lo político y cultural,
la dura lucha diaria acabó por herir de muerte a la sociedad.
No en balde la apuesta política euskara suponía
romper con la dinámica del momento dominada por el choque
liberalismo-carlismo. Frente a éstos, que consideraban
que se podía servir a Navarra y España, lo euskaros
políticos siempre manifestaron que sólo podía
servirse a uno, a Navarra. Y eso ninguno de los dos bandos se
lo perdonó. Es ahí donde nació el fuerismo
a secas, el fuerismo que se separa del liberalismo y carlismo
para seguir su propio camino.
Pero los fueristas
no supieron vender su producto o éste fue hábilmente
manipulado por sus opositores. En último término,
el distinto status de Navarra alimentó también
las discrepancias internas sobre el estar de Navarra
con respecto a Vascongadas. Ésta fue acaso la senda aprovechada
para disentir del ser euskaro de Navarra.
Esto,
sin embargo, no puede ser una excusa para dejar de destacar el
papel jugado por la Euskara. Ella fue la primera asociación
vasco-navarra que recién terminada la guerra tuvo como
objetivo defender la lengua y costumbres patrias. La traslación
de los juegos florales nor-pirinaicos a tierras del sur, los certámenes
del Ayuntamiento de Pamplona o su lucha en defensa del vascuence
fueron algunas de sus actividades más destacadas. Sin olvidarnos
de la Revista Euskara, quizá la primera publicación
de tales características en tierras vasco-navarras, ni
pasar por alto tampoco su asunción del defensivo Laurak-Bat
para convertirlo en el creativo Zazpiak-Bat.
La simple relación
de sus actividades muestra, además, que su labor no fue
negativa, de mera protesta ante medidas consideradas injustas.
En este sentido,
no puede dejar de valorarse que esta asociación eminentemente
cultural no desdeñara los aspectos más prosaicos
de la vida. No en balde entre sus objetivos fundacionales se clamaba
por la defensa de los intereses tanto morales como económicos
de la provincia. Y es que sin prosperidad económica no
hay autonomía que valga.
Los euskaros también
tuvieron que hacer frente a las continuas acusaciones de separatismo.
El separatismo -se defendieron- era español, pues sólo
surgía cuando sus adversarios señalaban la incompatibilidad
entre los derechos vasco-navarros y la organización política
de España, que ellos siempre tuvieron por hermanables,
nada más que con hacer imperar a la justicia.
Los ataques, sin
embargo, terminaron por hacer mella en la conciencia euskara,
sobre todo porque los hechos corroboraban que no se podía
ser español y navarro a la manera euskara: queremos
ser navarros, que no castellanos, fue su triste lamento. El
mismo lamento de vascongados y catalanes.
El fuerismo-fuerismo
de Olóriz acaso sirva para adentrarse en las relaciones
entre fuerismo y nacionalismo. Y parece que si de dependencias
se tratara, el nacionalismo sería el que tuviera más
que agradecer al fuerismo. En la larga cadena de reivindicación
de lo propio, la doctrina nacionalista constituiría el
último y quizá lógico eslabón, pero
cuyo engarce sería impensable sin el fuerismo, su penúltimo
soporte. Se hace difícil entender el surgimiento del nacionalismo
sabiniano sin tanto años de reivindicaciones fueristas
y sí a éstas sin el nacionalismo del P.N.V.
Pero hasta los lindes
entre uno y otro término se difuminan, sobre todo a la
luz de un nacionalismo cada vez menos separatista y la posible
aparición de un fuerismo secesionista, donde la ruptura
con España se alzaría como el único camino
de defensa foral.
También llama
la atención la consciencia euskara sobre el momento que
les había tocado vivir, sobre el movimiento de reivindicación
de lo propio que por aquellos años se vivía en Euskal
Herria y, en suma, sobre el papel que en él les había
correspondido jugar. No hace falta, por tanto, relacionar ese
movimiento con el vascongado, el catálan o con el que se
vivía en la Península y aun en todo el continente
europeo. Y es que en último término reconocieron
no ser sino los representantes en su tierra de ese gran fenómeno
continental.
En este sentido,
se alza la élite navarra a la misma altura que su coetánea
europea, sin complejos, en plena igualdad, como lo demuestran
sus intensos contactos con el exterior y aún más
que dichos contactos fueran buscados y valorados por las élites
foráneas.
Por eso sus relaciones
con los catalanes obligan ya a replantearse el papel de Cataluña
como ejemplo y vanguardia indiscutibles. Se debe destacar asimismo
lo temprano de dichas relaciones, que los navarros se aliaran
con las tesis más catalanistas o que siempre reconocieran
a los catalanes como pueblo.
Unido al catalanismo aparece el federalismo.
La ausencia de ese componente federal se ha solido presentar también
como otra diferencia entre los casos vasco-navarro y catalán.
Pero la intensa relación que unió a catalanes y
vasco-navarros obligaría ya a poner en cuarentena semejante
observación. Además dichas relaciones se sustentaban
también en los estrechos contactos que mantuvieron con
el federal Olave. No puede olvidarse tampoco que el propio Campión,
por ejemplo, reconociera su pasado federal, un federalismo que
le había ayudado a abrazar el euskarismo y que dijo no
haber abandonado nunca.
La entrada en escena
en 1886 de los carlistas coincidió con la desbandada
política euskara, síntoma de su debilidad o fortaleza
sólo aparente, pero quizá también síntoma
de una mayor honradez política. No querían asistir
a la futura pugna entre liberales y carlistas, en la que a ellos
les tocaría la peor parte, incapaces ya de acercar posturas.
Los euskaros que
tras 1886 aparecieron enrolados en distintas agrupaciones políticas,
¿eran todavía euskaros?, ¿hacia qué partido se tenían
que haber volcado? Lo único claro fue que quienes hasta
1886 se habían agrupado bajo la bandera política
euskara se enrolaron después en los más variados
grupos políticos. Quizá porque para entrar en el
mundo euskaro no era necesario hacer dejación de los ideales
políticos particulares y sólo se necesitaba estar
de acuerdo en los preceptos mínimos. Tal vez por eso acabó
por convertirse en lugar de paso, de punto y seguido, a donde
era muy sencillo entrar y de donde también era demasiado
fácil salir.
Tras ese periodo
fuerte euskaro, 1876-1886, acaso más aparente que real,
los euskaros o mejor el pensamiento euskaro pasaron tiempos difíciles.
Fue como si comprobada, además, la imposibilidad de sacar
a la Asociación Euskara de su atolladero y conseguido el
reconocimiento interior y exterior a su trabajo intelectual, los
principales euskaros se volcaran en las tareas culturales de carácter
más institucional. Tiempos difíciles, de trabajo
oscuro, que culminaron inesperadamente con la Gamazada.
Entonces la patria
despertó y lo hizo al estilo euskaro, quizá por
la sencilla razón de que los euskaros no habían
hecho sino recoger parte de ese ser navarro y con la autoridad
de formar lo más granado de la élite cultural. En
ese momento aparecieron las personalidades euskaras, que no el
grupo, pero las personalidades que más lejos se habían
matenido de la escena política y más cerca del ámbito
cultural. Pero Navarra volvió a dormirse y los euskaros
retornaron a la cruda realidad.
El
Aralar, nuevo proyecto periodístico-político
de Campión encaminado a unir a todos los navarros a través
de la religión, tampoco aguantó el envite. De
la Religión a la Patria, parecía gritar el navarro.
Ni esto sirvió.
Quedó subrayada
entonces la soledad euskara. Iturralde en tierras catalanas suspirando
por su anhelo imposible de empezar de nuevo; y Campión
y Olóriz solos en suelo patrio, meditabundos sobre su Navarra.
Olóriz lo tenía claro: el españolismo
había terminado por enseñorearse del ánimo
navarro.
José Luis Nieva Zardoya, Doctor
en Historia
Fotografías: Enciclopedia Auñamendi |