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Los
primeros días del mes de noviembre nos traen inevitablemente
las más o menos abundantes referencias en la prensa periódica
a un tema recurrente: el de los muertos. Artículos sobre
visitas cementeriales, ofrendas, costumbres funerarias ya desaparecidas,
el coste de las inhumaciones o incineraciones,… todo nos habla
de un asunto actual y viejo a la vez.
De
todo el conocimiento que tenemos sobre la ritualidad y el sistema
de creencias que rodean a la muerte quisiera hoy plantear un hecho
que considero destacable: la radical historicidad de los comportamientos
y actitudes de su entorno. Dicho de otra manera, las costumbres,
los ritos, las creencias, los usos, aparentemente cristalizados
e inmóviles, se encuentran en continua transmutación.
Insertados en los sistemas de valores de cada momento histórico
se reformulan, cambian de apariencia o de contenido y acaban por
desaparecer y dar paso a otros distintos. Tradicionalmente los
historiadores han vivido de espaldas a estos elementos de la historia
cultural, siendo etnólogos, antropólogos, juristas
e incluso sociólogos los que han prestado su especial óptica
a los mismos. Sin embargo, dos circunstancias deben llamar nuestra
atención en esta dirección. De una parte, la constatación,
arriba enunciada, de la historicidad de la muerte, de la capacidad
explicativa del entorno funeral para comprender el complejo cultural
y su discurrir diacrónico. De otra, la enorme masa documental
a disposición del historiador en relación con conflictos
y costumbres que rodeaban a la funeración.
Me fijaré
en algunos de los muchos aspectos que componen este complejo cultural.
El primer lugar habría que empezar por analizar y reconstruir
el discurso eclesiástico dominante sobre la muerte. Diversos
mecanismos de transmisión ideológica conformaron
en cada momento histórico una referencia dominante condicionadora
de actitudes, disposiciones y decisiones. Este discurso canalizado
a través del confesonario, el púlpito y las misiones,
puede reconstruirse a través de las abundantísimas
publicaciones, editadas y manuscritas, concebidas al efecto: sermonarios,
instrucciones de confesores, obras de moral: Pedro de Calatayud,
Alfonso María Ligorio, Francisco Antonio de Palacios, Agustín
Cardaberaz, Juan Eusebio Nieremberg, Juan Francisco Larraga, Juan
Bautista Aguirre, etc...
Veamos ahora los
banquetes funerarios. Los cultos domésticos vinculados
a la muerte implicaban que se produjese un acto de comensalismo
ritual que podía ir desde la simple "caridad" ofrecida
a los asistentes por la familia del finado, hasta ciertas comidas
pantagruélicas en las que se integraban docenas de parientes
hasta en grados bastante alejados. Estos banquetes tenían
dos componentes que inquietaban no poco a las autoridades: el
giro escandaloso que cobraban algunas de ellas
tras haber circulado el aguardiente en demasía y sobre
todo, el tremendo gasto añadido al ya de por sí
caro funeral, que causaba la ruina o al menos el endeudamiento
de muchas familias. Desde el siglo XIV al XIX tenemos abundante
documentación (Fuero de Navarra, Juntas Generales de Gipuzkoa
y Bizkaia, Constituciones Sinodales, Visitas episcopales, disposiciones
municipales,…) relativas a la supresión o limitación
de estos "grandes comeres".
En cuanto a los
caminos funerarios (hilbideak, elizbideak, korputzbideak,…),
si bien es cierto que no existe demasiada documentación
escrita al respecto (pleitos, concordias eclesiásticas,…),
no lo es menos que aún estamos a tiempo de reconstruir
la mayor parte de ellos, cartografiándolos a partir de
los testimonios que están en disposición de ofrecer
multitud de informantes (eclesiásticos, campesinos, sacristanes)
que conocen los itinerarios perfectamente. Además, por
la vía de la encuesta oral podemos trazar los rasgos esenciales
que caracterizaban a los cortejos y sus itinerarios (responsos,
encrucijadas, quemas rituales, disposición de los integrantes,
ropajes acostumbrados,…), al menos para lo que se refiere a las
últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX,
hasta donde alcanza como límite la memoria de los informantes.
Por lo que hace
al sistema sepultural intraeclesiástico de los siglos XV
al XIX en Euskal Herria, se caracteriza por la ruda competencia
establecida en el intento de lograr los presuntos "mejores" puestos
de la necrópolis. Se consideraban más deseables
las hileras de tumbas más próximas al presbiterio
y las del lado del evangelio en detrimento de las de la epístola
y, en general, las más cercanas a reliquias, altares privilegiados,
etc… La lucha por lograr mejores ubicaciones fue encarnizada,
se concretó en numerosos enfrentamientos jurídicos
y… físicos y se plasmó en la ocupación de
las primeras hileras de tumbas por parte de los grupos sociales
dominantes y el relegamiento de los subalternos a las últimas
filas. La documentación que se conserva en los archivos
diocesanos relativa a estos pleitos y tensiones es abundantísima.
Por lo demás, se da todo un tráfico de compraventas
y donaciones sepulturales que han quedado reflejadas en los protocolos
notariales.
Y ya que sale a
colación la documentación notarial, será
pertinente recordar que los testamentos e inventarios post-mortem
constituyen el núcleo fundamental de la investigación
histórica sobre las actitudes ante la
muerte. El análisis de las cláusulas y disposiciones
testamentarias (lugar de sepulturización, misas y sufragios,
cofradías, tipo de mortaja, mandas de aceite o cera para
luminaria, ofrendas,…), e incluso el examen semiótico de
las invocaciones, proclamaciones de fe, impetraciones marianas
o santeras,… permiten reconstruir el universo mental y cultural
dominante del conjunto testamentario de una época dada.
Por último,
entre los otros muchos asuntos que pueden investigarse en el entorno
de la funeración tradicional, hay uno de dimensión
socio-económica trascendente: el del coste de la propia
funeración. Como idea general, cuando se producía
un fallecimiento se acumulaba un conjunto de gastos bastante complejo:
cofradías, ofrendas, seroras, mandas pías, banquetes,…
Dos mecanismos agravaban estos gastos: el deseo de emulación,
de "no ser menos", por una parte, y por otra, la imposibilidad
de realizar los ritos funerales en un nivel inferior al que tradicionalmente
correspondía a cada grupo social. Las fuentes para conocer
este gasto son también numerosas: desde los inventarios
hasta las rendiciones de cuentas de las curadurías, pasando
por una variada documentación eclesiástica (cuentas,
memorias de gastos, concordatos, libros de fábrica,...)
y particular.
Si
nos situásemos en un momento de lo que podemos considerar
el periodo clásico de la muerte barroca en Euskal Herria,
pongamos las décadas de 1730 o 1740, el agonizante, que
ha vivido siempre inmerso en el mensaje aterrorizante de los eclesiásticos
("son pocos los que se salvan", "la muerte es cierta
pero su hora es incierta", "la muerte es amarga para
el que vive mal"...), decide otorgar testamento, aun esperando
a los últimos momentos de su vida; hará en él
una completa protestación de fe, instituirá mandas
pías y limosnas, decidirá sobre su sepultura, organizará
como ha de ser su cortejo llamando a cofradías y pobres,
etc... Mientras, los familiares y vecinos empiezan a organizar
los avisos pertinentes, el velatorio y todo el complejo entramado
que rodea a un fallecimiento. Una vez se ha producido éste,
se desencadena el ritual, mezcla de elementos paganos y cristianos.
Las mujeres y en especial las seroras cobrarán una especial
relevancia en él. Los lutos, las libaciones, las ofrendas,
los banquetes, la inhumación en la sepultura familiar de
la iglesia, ... En un momento no muy preciso que viene a coincidir
con la gran crisis bélica y política de los años
1793-1839, esta estructura se resquebraja a ojos vista. Las fosas
se sacan de los templos y se erigen nuevos
composantos extramuros de las ciudades. Muchos renuncian a ser
funerados en los niveles que les corresponde por tradición
y deciden hacerlo en otros más baratos, los mensajes trascendentes,
las misas, las limosnas, las luminarias, descienden drásticamente
en los encargos de los testadores. Las cofradías, que habían
sido pieza clave en entierros, cortejos y funerales, se desploman
y en muchos casos desaparecen. Todo un mundo cultural que se viene
abajo y es sustituido por otro marcado por la prudencia, la religiosidad
oficial y la ausencia de cultos paganizantes. Una cada vez más
discreta muerte burguesa en la que la comunidad vecinal tiende
progresivamente a jugar un menor papel, reduciéndose éste
a la familia más inmediata. Pasadas unas décadas,
ya ni siquiera se muere en casa, sino en el hospital. Todos los
cultos domésticos que tenían lugar en caso de fallecimiento:
velatorio, comidas, dejan de tener sentido, para acabar por desplazarse
a otros lugares (tanatorio, taberna) o desaparecer.
| Como recomendaciones
muy generales, para profundizar en este asunto, indicaré
las siguientes. En cuanto a las implicaciones jurídicas,
sigue siendo memorable el ya muy antiguo artículo de
Bonifacio ECHEGARAY: "Significación jurídica
de algunos ritos funerarios del País Vasco", Revista
Internacional Estudios Vascos, XVI, Donostia, 1925, pp.
94-118 y 184-222. Como obras y encuestas de enfoque etnográfico,
se pueden citar: Anastasio ARRINDA: Euskalerria eta Eriotza,
Tolosa, 1974. José Miguel BARANDIARAN, Ander MANTEROLA
(dirs.): Ritos funerarios de Vasconia, Bilbao, Etniker
Euskalerria, 1995. VV.AA.: Creencias y ritos funerarios,
Anuario Eusko Folklore, Vitoria, 1923 y William DOUGLASS:
Muerte en Murélaga. El contexto de la muerte en
el País Vasco, Barcelona, Barral, 1973. Por último,
libros de enfoque histórico serían: Juan MADARIAGA
ORBEA: Una noble señora: Herio Anderea. Actitudes
ante la muerte en el País Vasco, siglos XVIII y XIX,
Bilbao, Universidad del País Vasco/Euskal Herriko
Unibertsitatea, 1998 y MURGIL TALDEA: Heriotza Mendebaldean
eta Euskal Herrian, Donostia, Gaiak, 1997. |
Juan Madariaga Orbea, profesor titular
de Historia Contemporánea de la UPNA/NUP
Fotografías: Enciclopedia Auñamendi |