1. INTRODUCCION
2. MUNDO RURAL Y PESQUERO
3. LAS POSIBILIDADES DEL SECTOR SERVICIOS
3.1. La playa
3.2. El servicio doméstico
3.3. Las telefonistas
4. UN TRABAJO QUE NO LO ES
1.
INTRODUCCION
La incorporación
de la mujer al mercado laboral, y las consecuencias que de esto
se derivan, es un tema de plena actualidad, lo cual no debe hacernos
olvidar, el hecho de que la mujer siempre ha estado inmersa en
el sistema de producción del mercado, sin embargo, esto
no quiere decir que las condiciones hayan sido las mismas.
En San Sebastián,
por ejemplo, debido a la confluencia de diversos factores, se
va a dar el hecho poco frecuente de contar con el mundo rural,
el pesquero y el ámbito urbano. En cada ámbito bien
diferenciado, la mujer va a estar presente, trabajando, aunque
la mayoría de las veces, sobre todo en el ámbito
rural y en el marítimo, va a ser una labor no reconocida
como tal, quizás porque se consideraba como un mal necesario
e imprescindible para la supervivencia de muchas familias.
Otro factor a tener
en cuenta, es que las mujeres trabajadoras eran las de las clases
más desfavorecidas pero que en San Sebastián debido
al factor del turismo van a encontrar muchas posibilidades de
trabajo que de otra manera no hubieran encontrado.
Para finalizar este
capítulo de la introducción queremos adelantar,
que nos vamos a fijar en aquellos trabajos característicos
donostiarras, mencionando solamente los ámbitos pesqueros
y rurales, ya que apenas se diferenciaban de aquellos núcleos
eminentemente rurales y pesqueros. (INDICE)
2. MUNDO RURAL Y PESQUERO
Tanto las mujeres
del caserío como las del mar, son ejemplo de trabajadoras,
cuyo trabajo dentro y fuera del ámbito doméstico
ha pasado desapercibido a pesar de su importancia.
En el caso de las
caseras, su jornada laboral era indefinida y no recibía
ningún salario por ello, lo cual no nos debe extrañar,
ya que no se consideraba un oficio, sino que era una forma de
vida.
Dentro del hogar,
las caseras realizaban labores típicamente femeninas,
es decir, las tareas domésticas. Fuera de casa, se encargaban
del cuidado de los animales, así como de colaborar con
muchas labores agrícolas. Las caseras eran también
las encargadas de bajar al centro urbano a vender los productos
del caserío bien en el mercado bien de casa en casa.
En algunos casos
a estas labores se unían otras externas con las que completaban
la economía familiar, como es el caso de las lavanderas
de Loiola, las mujeres de los caseríos de Alza e Intxaurrondo
que trabajaron en la construcción del ferrocarril del Norte
entre 1854 y 1865.
En el entorno pesquero,
el papel de las mujeres era doble por las largas ausencias de
los maridos cuando estaban pescando. Por ello, además de
las tareas domésticas, su actividad fuera del hogar era
fundamental ya que una vez llegado el barco a puerto, eran las
mujeres las que realizaban la mayor parte de los trabajos. Encontramos
rederas, venteras o encargadas de subastar el pescado, etc. Así
como las caseras, eran las mujeres de los pescadores las encargadas
de vender el pescado en los puestos fijos de las pescaderías
o por la calle. Sin embargo, esta venta no se reducía al
ámbito próximo de la ciudad y era usual el que andando
llegaran hasta pueblos del interior como Tolosa, e incluso más
lejos, para vender sus mercancías.
LAS CIGARRERAS, UN
EJEMPLO FABRIL
En 1878, se fundó
en San Sebastián la Fábrica de Tabacos cuyo emplazamiento
en la ciudad vino dado por las presiones de las autoridades donostiarras
previendo un posible conflicto social, ya que en la ciudad existía
un número importante de cigarreras cuyo modo de vida peligraba,
tras la regularización por parte del Estado de la elaboración
y la producción del tabaco, tras la supresión de
los fueros en 1876.
En un primer momento,
la Fábrica se ubicó en la calle Garibay compartiendo
edificio con la Diputación Provincial. En 1913, la Fábrica
se traslada a un nuevo edificio en el barrio de Egia.
Desde los inicios,
se contrató a mujeres como operarias y a unos pocos hombres
como técnicos. Ya en la calle Garibay la Fábrica
contó con 700 operarias, número que aumentó
en la nueva Tabacalera de Egia. Las razones aducidas están
en la mayor habilidad de las féminas para el trabajo manual
y delicado, como es el caso del liado de cigarros y cigarrillos.
Ser cigarrera era
un privilegio ya que los sueldo percibidos eran superiores a otros
trabajos, incluso mayores que los que cobraban muchos hombres
fuera de la Fábrica. Esta relativa independencia económica
va a conferir al colectivo de cigarreras donostiarras un carácter
especial.
El ingreso en la
Fábrica era hereditario aunque el Ayuntamiento que era
el propietario del edificio impuso la obligatoriedad de contratar
un grupo de trabajadores que no fueran familiares de los empleados.
Por otro lado, al
no existir la jubilación, muchas cigarreras trabajaban
hasta su muerte. Sí influía la edad en el momento
de destinar a la operaria a un taller u otro. Existían
diferentes talleres siendo el más duro, el de desvenado,
donde el trabajo era manual y las condiciones eran deficientes
debido a la gran cantidad de polvo que se derivaba del desvenado
de las hojas de tabaco. Era el trabajo que requería menor
habilidad y responsabilidad en relación con otros trabajos,
por lo que la mayoría de las trabajadoras eran voluntarias
y de edad avanzada, sin embargo, muchas jóvenes también
empezaban su vida en la Fábrica por aquí.
Las trabajadoras
más experimentadas y por lo tanto con más prestigio
eran las que hacían los puros.
Las cigarreras estaban
organizadas en grupos de cuatro, de las cuales una era la capataza.
A cargo de cada taller estaba la maestra de labores y fuera de
los talleres la responsabilidad la ostentaba la maestra portera,
que era la coordinadora y mediadora entre la dirección
y los talleres.
Tabacalera es un
ejemplo excepcional en cuanto a las posibilidades de trabajo femenino
en una fábrica, sin embargo no es el único, ya que
hubo otras muchas mujeres que trabajaron en otras fábricas
como la de Corsés Farcy-Oppenheim en el Antiguo. (INDICE)
3. LAS POSIBILIDADES DEL SECTOR SERVICIOS
3.1.
La playa
Fue la reina Isabel
II a mediados del siglo XIX la que va a poner de moda el veraneo
donostiarra. Rápidamente esta moda se va a extender entre
la alta sociedad española e incluso europea, lo cual va
a suponer un importante auge del mundo de la playa, siendo un
yacimiento de empleo formidable para las donostiarras. La diversidad
de trabajos también va a ser grande.
La primera noticia
sobre las casetas aparece entre 1837 y 1846, a cargo de estas
casetas van a estar las bañeras, que se encargaban de tener
la ropa de baño a punto cuando llegaba el cliente y el
albornoz listo cuando el cliente salía del agua. Se encargaban
asimismo de limpiar y reparar la opa, las toallas, los toldos,
de colocar y retirar los bancos, sombrillas, toldos y sillones
de mimbre.
En 1926, se inauguraron
las cabinas del voladizo de La Concha lo cual supone una mayor
organización y diversificación de los trabajos.
Surgen las cabineras como herederas de las bañeras, las
taquilleras de las cabinas, las silleras o mari-moldaris, las
pinchapapeles encargadas de la limpieza de la playa, etc.
Todas estas mujeres
eran empleadas del Ayuntamiento, a las cuales no se les exigía
ningún nivel de formación, y utilizaban este trabajo
estacional como complemento de los ingresos familiares, ya que
sólo trabajaban en verano y los salarios no eran especialmente
buenos y no les proporcionaba la independencia económica,
a no ser que tuvieran una ocupación invernal.
Por último,
indicar que los torneos infantiles de fútbol a partir de
la década de los 60 y que tenían lugar en invierno,
proporcionaron a las cabineras una ocupación invernal.
(INDICE)
3.2.
El servicio doméstico
El servicio doméstico
ha sido durante mucho tiempo la ocupación femenina más
frecuente y en el caso de San Sebastián es un ejemplo claro.
En 1833 el número de sirvientas asciende a 526, con el
auge del turismo, las mujeres dedicadas al servicio doméstico
aumentó considerablemente, así en 1912 encontramos
2267 sirvientas y en 1920 el número asciende a 4175.
Existían dos
tipo de trabajadoras domésticas, las internas, que vivían
en la casa donde servían y las externas, que tenían
domicilio propio. Las criadas eran generalmente chicas de familias
pobres y del entorno rural que entraban a servir a cambio de la
comida y el alojamiento o de un salario mísero, procedían
la mayoría de pueblos de Gipuzkoa, Navarra y La Rioja.
Solían ser solteras y si encontraban marido, solían
abandonar el trabajo.
Esta chicas soportaban
jornadas a menudo interminables y las tareas dependían
del nivel económico de la casa, ya que en las de las clases
medias, la criada lo hacía todo, en cambio en las casas
de las clases pudientes, el personal era mayor y con parcelas
de trabajo diferenciadas como niñeras, cocineras, costureras
o lavanderas, por ejemplo. Además, también había
servicios externos que les facilitaba el trabajo, como talleres
de almidonado y planchado. En este sentido queremos traer a colación
las quejas del gremio de planchadoras a la Fábrica Municipal
de Gas por el aumento del precio del gas y por tanto de la necesidad
de aumentar el precio de sus servicios. (INDICE)
3.3.
Las telefonistas
La invención
del teléfono supuso la revolución en el mundo de
las comunicaciones y entre las ocupaciones que surgieron está
la de telefonista, labor ejercida en Donostia exclusivamente por
mujeres.
El número
de telefonistas aumentó a medida que se incrementaban los
usuarios. Estas ingresaban por oposición y para superar
los exámenes se requerían conocimientos de lectura
y escritura en castellano y euskera, dominio en el manejo de cantidades
y resolución de problemas sobre las cuatro reglas aritméticas
y conocimientos geográficos. Se valoraba también
la facilidad de palabra, la capacidad de relación y se
les exigía un estricto secreto profesional, ya que tenían
la posibilidad de escuchar las conversaciones. Al mando se encontraban
las telefonistas inspectoras, que en 1916 era una sola al frente
de cien telefonistas.
El trabajo de telefonista
consistía en establecer la comunicación entre el
usuario y el número demandado por él. Su trabajo
era duro a pesar de los turnos y los periodos de descanso. En
cuanto al salario, este era bueno en relación a otras ocupaciones
femeninas, y además se trataba de un oficio bien visto
socialmente. Por último, queremos mencionar que desde la
empresa, se incentivaba el abandono del puesto de trabajo al casarse,
por lo que la mayoría de las telefonistas estaban solteras.
(INDICE)
4. UN TRABAJO QUE NO LO ES
Hasta este punto
hemos hablado de las mujeres necesitadas de trabajo y con este
título queremos hacernos eco de aquella labor callada llevada
a cabo por las mujeres de la alta burguesía como es la
beneficencia.
Desde siempre las
mujeres donostiarras han destacado por su ayuda a heridos de guerra
pero también se caracterizaron por sus aportaciones en
el ámbito benéfico-sanitario, al que dedicaron tiempo
y dinero, creando asilos de párvulos, roperos, cocinas
económicas, juntas de expósitos, etc. La atención
de la beneficencia tanto pública como privada, permitía
a las mujeres salir de sus casas y ejercer una labor pública
y reconocida. La labor de las religiosas en beneficencia va a
ser también fundamental, ya que casi todos los establecimientos
benéficos estaban regentados por las Hermanas de la Caridad,
que además de hacer los trabajos más duros a cambio
de poco, ocasionó una gran mejora y baratura de los servicios.
Como hemos visto
a lo largo de todo este trabajo, el papel de la mujer donostiarra
ha sido amplio e importante. Y a modo de resumen, queremos finalizar
dejando patente la siguiente premisa: hombres y mujeres donostiarras
han trabajado codo con codo para llegar a lo que hoy es Donostia.
(INDICE)
Miren Koro Campos Santacana,
licenciada en Historia General de España y del País
Vasco, gestora cultural y socia de Eusko Ikaskuntza
Laura Rodríguez Zamarreño, licenciada en CC.PP. y
Sociología |