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Tras cuatro mil millones de años
de evolución, la vida bulle en nuestro planeta, cubriendo
hasta sus últimos rincones con miríadas de colores,
formas y tipos. La inmensa diversidad de la vida nos aporta grandes
beneficios, económicos, estéticos, lúdicos
y culturales. Sin embargo, el incesante crecimiento de nuestra
población ha desencadenado una de las mayores extinciones
jamás conocidas en la historia de la Tierra, que de no
atajarla de inmediato la empobrecerá significativamente.
Para poner fin a dicho deterioro hemos de actuar con celeridad,
pero teniendo en cuenta los vínculos existentes entre
los distintos componentes de la biodiversidad.
En consecuencia, es necesario
preservar la biodiversidad aquí y ahora, en todos sus
niveles.
En el nivel más bajo tenemos
la diversidad genética, o diferencias en el genotipo de
los individuos que constituyen las poblaciones. Esta
diversidad está decreciendo, como consecuencia de la consanguinidad
derivada de la reducción y fraccionamiento de las poblaciones.
Las poblaciones pequeñas y aisladas de algunos animales
de Euskal Herria, desde los osos a los armiños, corren
el peligro de perder su diversidad genética, y en consecuencia,
de no poder adaptarse a cualquier cambio de sus entornos. Pero
no solo son estas especies raras, sino otras mucho más
abundantes las que han perdido parte de su diversidad genética.
Esto es especialmente evidente en las especies de mayor interés
económico, que han sido homogeneizadas tras siglos de
selección. En los últimos años esta tendencia
se ha acentuado, y técnicas como la clonación,
si no se emplean adecuadamente, pueden acelerar aún más
la pérdida de diversidad genética, con los riesgos
que ello conlleva.
En un nivel superior tenemos
la diversidad intraespecífica, o diferencias entre distintas
poblaciones de una misma especie. La información disponible
a este respecto, limitada casi exclusivamente a los animales
y plantas domesticados, evidencia el empobrecimiento ocurrido
en Euskal Herria, ya que muchas razas y variedades adaptadas
a las condiciones locales han desaparecido
a merced de un mercado homogeneizador. Todo esto es reflejo de
décadas de dejadez, y de que no hemos sabido apreciar
nuestros productos, como no hemos sabido apreciarnos a nosostros
mismos. Las variedades desaparecidas son, desgraciadamente, irrecuperables,
y otras muchas corren la misma suerte (vacas betizu, caballos
pottoka, muchas variedades de manzana).
Ascendiendo otro nivel en la
escala, nos topamos con la diversidad específica. En Euskal
Herria hay especies en situación crítica: nutria,
marta, desmán, tritón alpino, águila perdicera,
por citar unas pocas. Muchas de ellas son especialistas que necesitan
hábitats de elevada calidad, por lo que su declive delata
que el medio ambiente ha sufrido una degradación generalizada,
y que por desgracia sigue sufriéndola. Es cierto que hay
especies como el jabalí, el ratonero o el corzo que se
están recuperando, pero ello responde más a la
menor presión por parte de los cazadores (o a una caza
más selectiva que antes) que a una mejora de la calidad
medioambiental. A pesar de que hayamos invertido mucho dinero
en este aspecto, me temo que el entorno está cada vez
más deteriorado.
Pero no todo se reduce a especies.
Estas constituyen comunidades, altamente diferenciadas de un
lugar a otro, que proporcionan al mundo gran diversidad espacial.
En este aspecto la situación es también bastante
grave. Cada vez más plantas y animales exóticos
se dispersan a favor de las actividades humanas, extendiendo
lo que llamamos contaminación biológica. Por supuesto,
no se trata de otorgar el label vasco a ciertas especies y considerar
intrusas las restantes, desterrándolas de Euskal Herria
por siempre jamás. Pero, desgraciadamente, la gente no
acaba de darse cuenta del daño que puede causar liberando
una especie exótica en la naturaleza. Los estragos producidos
por el cangrejo de río americano, los daños ocasionados
por los lucios y el black bass, o la previsible expansión
de determinadas plantas, deberían bastar para convencernos
de que no debemos liberar especies a nuestro antojo. La actitud
de las administraciones fue decepcionante durante mucho tiempo,
pero, afortunadamente, parece que en la actualidad tienen claro
que hay que hacer tan pocos experimentos con especies exóticas
como sea posible. Ahora hay que convencer a la gente de que más
ecológico que liberar los peces tropicales o las tortugas
americanas que tenemos en casa, es matarlos, o por supuesto,
mantenerlos en casa. Asímismo, que a la vuelta de las
vacaciones es mejor traer de recuerdo unas fotos que un lagarto.
En
el nivel de organización superior tenemos la diversidad
paisajística. Empleo el término paisaje sin connotaciones
estéticas, haciendo alusión al modo de ordenar
el territorio. Evidentemente, la diversidad paisajística
está supeditada a la diversidad cultural, a distintas
formas de organizar la vida, que no están a salvo del
triste porvenir que afronta la biodiversidad. De hecho, los antiguos
modos de explotación desaparecen y otros nuevos se abren
paso, alterando el paisaje por completo en un proceso que repercute
en todos los niveles de la biodiversidad. Apenas quedan helechales
en Gipuzkoa y Bizkaia, el caserío está en crisis,
se edifican chalets en cualquier lugar y creamos vías
de comunicación cada vez más colosales. El cambio
en sí no es perjudicial, pero sí lo es la pérdida
de las diferencias
locales. Mientras una única cultura se extiende por el
mundo, estamos construyendo un único tipo de ciudad, o
exportando un único paisaje a todas partes. Todo ello
conduce a un empobrecimiento global, puesto que la diversidad
es intrínsecamente beneficiosa. El auge que ha conocido
el pastoreo estos últimos años, consecuencia de
la potenciación del queso de Idiazábal, y las implicaciones
que tendrá todo ello en el estado de nuestras montañas,
demuestran la relación existente entre cambios culturales,
paisaje y biodiversidad.
No quisiera ser demasiado pesimista.
Aunque hemos perdido mucho y corremos el riesgo de perder mucho
más, cada vez tenemos más claro lo importante que
es conservar la biodiversidad. Para ello es necesario tener en
cuenta los distintos constituyentes de la misma, y ser conscientes
de las consecuecias que puede tener a largo plazo cualquier cambio
en nuestras costumbres. No debemos caer en el tradicionalismo,
porque el cambio, además de inevitable, es fuente de vida.
Si no cambiamos nuestro modo de vida cotidiano de raíz,
el mundo pobre y homogéneo que recibirán nuestros
sucesores no será un liugar muy atractivo para vivir.
Está en nuestras manos.
Arturo Elosegi,
Euskal Herriko Unibertsitatea/Universidad del País Vasco
Fotografías: Lur Hiztegi Entziklopedikoa |