| La
de-generación de la tertulia Allí no se hablaba de
cosas del otro mundo, ni se hacía gala de gran
sabiduría y la mejor lección que se podía
obtener de la tertulia era la falta de respeto
hacia muchas cosas (
) Cuando el imprudente
novato expresaba un juicio que no se conciliaba
con el corpus de opiniones de aquella casa, se
producía el silencio. Allí no se discutía
jamás porque, por una suerte de tácito,
elaborado y antiguo convenio de compensación
entre sus componentes, todos los miembros de la
familia Baroja y su tertulia hacían suyas las
filias y las fobias de cada uno en particular,
por lo que toda opinión discrepante con una ya
conocida y aceptada, era recibida como un
atentado al régimen de la comunidad
Las llamadas
tertulias radiofónicas se han convertido en la
banda sonora dominante de la radio. Resulta
difícil sintonizar la radio hablada en España
sin tropezar con alguna de estas emisiones que se
repiten a lo largo y ancho del dial en horarios
de mañana, tarde y noche.
No pocos
observadores han incurrido en la tentación de
anunciar el punto y final de estas emisiones,
como si de una moda pasajera se tratara. La
tozuda realidad nos muestra lo contrario. Si bien
resulta siempre arriesgado poner fecha de
caducidad a un negocio tan boyante, lo es aún
más cuando existe un conocimiento tan precario
de este fenómeno comunicativo.
El éxito de estas
emisiones justificaría, por sí mismo un
análisis más pormenorizado de este nuevo
formato radiofónico. En esta ocasión me
centraré, sin embargo, en las mutaciones que ha
provocado la adopción de este género en el
tejido informativo de la radio.
Conviene recordar
que la radio sigue siendo el segundo medio de
comunicación por lo que hace al volumen de su
audiencia y, a menudo, ocupa las preferencias del
público por la confianza que la información
radiofónica suscita en la opinión pública. Por
último, cabe subrayar que la desaparición del
debate radiofónico, en beneficio de estas
emisiones, no es exclusiva de la radio y se
reproduce de manera similar en la pequeña
pantalla.
Cierto es que hay
tertulias más ponderadas y otras que lo son
menos. También existen diferencias notables
entre los profesionales de las diferentes
tertulias. Se trataría, por tanto, de
identificar las características más notables,
el modelo de emisión en suma, que ha actuado a
modo de locomotora, arrastrando incluso a
aquellas Cadenas de radio SER, RNE, ONDA
O
- que se mostraron más críticas con la
utilización de esta fórmula magistral.
La dictadura
del formato
Estas emisiones
nacieron a modo de complemento del informativo
radiofónico. Finalizado el recuento de la
información se iniciaba un coloquio informal.
Con el tiempo han pasado a ocupar el escenario
central de los programas informativos, tanto por
su duración, horario asignado, recursos y, en
definitiva, por el éxito de público conseguido.
Lo adjetivo, la guinda del pastel, desplaza la
información a un espacio subalterno, al tiempo
que liquida los debates y mesas redondas de las
programaciones.
Sostengo que estas
emisiones ni son tertulias, ni tampoco
informativos. La cuestión no es baladí, dado
que la selección de una u otra estructura para
la narración de la actualidad resulta
determinante en la actividad periodística que
despliega una redacción. A los efectos, se trata
de adaptar los hechos a un formato de programa
informativo comúnmente aceptado, al que debe
adecuarse la construcción de la realidad que
hacen los periodistas.
Rosa Martín se
refiere a la dictadura del formato para
caracterizar el nuevo marco en el que los
acontecimientos toman sentido. La autora
acredita la importancia de esta elección, que
provocará sucesivas decisiones en cascada,
afectando directamente al proceso de
codificación del mensaje informativo y su
posterior descodificación por parte del
público: el río abre un cauce y después, el
cauce esclaviza al río.
Veamos: la
tradicional tertulia es una reunión de amigos
que se juntan por la fruición de opinar. En
estas emisiones se contrata a un grupo de
profesionales que escenifican una tertulia con el
objetivo de conseguir la máxima audiencia. El
utilitarismo de esta propuesta contrasta con el
gracioso modelo tertuliano donde la
intrascendencia de la reunión estimulaba el
apetito conversacional de los presentes.
Más arbitraria
resulta la aceptación de su pretendido carácter
informativo. En una tertulia, los reunidos opinan
sobre todo lo divino y lo humano desde un
conocimiento insuficiente basado en la
intuición. Esta liberación del rigor,
que es propia de la tertulia, nada tiene que ver
con la responsabilidad implícita en el contrato
informativo que se adjudican estas emisiones.
El nuevo estándar
de la radio informativa sacrifica la búsqueda,
selección y narración que son propias de la
actividad periodística con el fin de presentar
un simulacro de tertulia. De esta manera se
consuma el fraude informativo: se apropia de la
popularidad de la tertulia y del lábel de
credibilidad que se adjudica a un programa
informativo, a pesar de que ambas propuestas
resultan incompatibles entre sí.
Un diagnóstico
más piadoso de los excesos tertulianos proponía
una solución quirúrgica: no preguntar a
quien no sabe y hablar sólo de aquello que se
conoce. Tal recomendación ignora las reglas
más básicas de una charla entre amigos, por
cuanto que la ligereza y la irresponsabilidad son
precisamente los modos más coherentes del
intercambio afectivo que se produce en una
conversación informal.
Tertulianos:
rivales en la conformidad
A diferencia de
otros formatos informativos, la tertulia reduce
aún más la agenda de hechos relevantes que se
someten a la consideración del público. Sin
profundizar en ningún tema, los tertulianos
fabrican un serial informativo con un repertorio
básico de personajes y asuntos de mayor impacto.
La simplificación
es aún mayor por cuanto que son un reducido
grupo de opinadores profesionales quienes
protagonizan estas emisiones y trasladan, con una
convicción envidiable, no sólo un reducido
abanico de temas, sino también una determinada
manera de opinar sobre los mismos. Se produce
así una inflación de opinión intencionada y un
déficit de información contrastada.
Los debates y
mesas redondas reunían a expertos y voces
representativas que profundizaban sobre un asunto
en torno al cual habían sido convocados. El
moderador trataba de garantizar el desarrollo de
una discusión racional entre los reunidos. Desde
hace más de una década, el talk-show ha
desplazado estos géneros clásicos del
periodismo.
El talk-show
no es un género concreto, sino un variado
repertorio de emisiones conversacionales que se
apoyan en los grandes arquetipos de situaciones
de interlocución, fácilmente reconocibles por
la audiencia el ágora,
confesionario
- . Enrique Tierno Galván
llegó a calificar la tertulia tradicional como
el modo peculiar de convivencia entre los
españoles. La tertulia radiofónica sería
la versión más exitosa de esta nueva
generación de programas radiofónicos, basados
en la conversación, un arte hoy desgraciadamente
en desuso.
Frente a la
pluralidad que se establece en un debate
argumentativo, la tertulia radiofónica estimula
una permanente incitación al rifirrafe verbal,
aliviando la aridez del debate. La continuidad de
la tertulia y el carácter pretendidamente
amistoso del ritual limita la exposición de
diferencias fundamentales entre los reunidos
El debate plantea
la confrontación de diferentes puntos de vista
en torno a un asunto. La tertulia radiofónica se
resuelve en una competición donde un grupo
habitual de personajes improvisa en el marco de
las normas aceptadas por el grupo. La
incertidumbre en el resultado de estos lances
retóricos mantiene la expectación del público.
Los reunidos
saltan de un tema a otro y se interrumpen sin
orden aparente, tal y como sucedería en una
conversación informal. Las diferentes voces, el
talante que expresan -más que hablar se discute-
y la búsqueda de la expresión más contundente,
permiten escuchar diferentes variaciones de una
misma partitura. Los ensayos diarios de esta
peculiar orquesta armonizan las opiniones del
grupo, orillando las discrepancias de fondo.
El dopaje
radiofónico
Al igual que los
atletas profesionales hacen esfuerzos
sobrehumanos para mejorar su rendimiento
profesional, esta élite de comunicadores se
emplea a fondo para batir récords diarios en un
régimen de competencia despiadado.
En tales
circunstancias no resulta extraño que este
ramillete de estrellas abuse de los recursos que
la industria publicitaria ha diseñado al
servicio de la comunicación más persuasiva. El
atajo de las emociones ha sido siempre la vía
más expeditiva para mantener en vilo al
público, mientras que la información y el
conocimiento requieren de un mayor esfuerzo para
su comprensión. Sin embargo, la meridiana
claridad y el entretenimiento que procuran estas
emisiones pueden convertir los asuntos más
complejos en una burda caricatura.
El recurso a la
improvisación permanente en el marco de una
tertulia radiofónica informal por
definición- produce una extraordinaria
sensación de naturalidad. Esta espontaneidad
premeditada alimenta una conversación en
apariencia no manipulada, desinteresada incluso,
que despierta una enorme confianza, a la vez que
una curiosidad evidente en las audiencias. Una
experiencia exclusiva que muchos oyentes siguen
en la intimidad con una fidelidad extraordinaria
y verbalizan con expresiones como adicción,
enganchar, amigos etc.
En la radio
norteamericana, los predicadores agitan el
espacio radioeléctrico obteniendo un
extraordinario eco en amplias capas de la
población cada vez más apartadas de las élites
políticas y económicas. En una sociedad más
grupal, la polifonía de voces que alimentan este
sucedáneo de tertulia, enciende el dial con un
popurri de noticias, rumores y especulaciones que
embrutece el debate en la opinión pública.
Cierto es que el
periodismo sensacionalista causa estragos en
todos los medios de comunicación, pero la
arbitraria aceptación de este formato ampara,
promueve y legitima los despropósitos de quienes
perpetran la supuesta tertulia. La vanidad y la
charlatanería el ingenio en el mejor de
los casos- son moneda de uso común entre los
tertulianos, atrapados en un indeseable efecto
ventrílocuo, por el cual, diferentes voces
reiteran el mismo discurso con machacona
insistencia.
En 1889 Macías
Picabea publicaba un libro que llamó El
Problema Nacional, que era entre otros, y no
el menor, el psitacismo: síndrome morboso de
la idiocia. Cien años después, el eco de
sus palabras se escucha hoy con una frescura
demoledora
¡Cuidado que
saltan psitacus y psitacismos por todas partes!
Nuestras Cortes, nuestro periodismo, nuestra
política ¿qué son en su mayor parte sino
cotorrería pura? El deplorable abuso de la
figura retórica, bajo la cual la caja aparece
totalmente vacía ¿qué significa, más que un
hábito de papagayo que echa al aire sonidos que
no entiende, ni nada le suenan, ni lleva cosa
alguna dentro? Así se explican nuestro gusto
insconsciente por el ritmo oratorio, nuestra
desmedida afición a repetir las frases hechas,
nuestra pasión por los ruidos eufónicos y
nuestro miedo a la labor disciplinada del
pensamiento
¡Cotorrones con mucha lengua y
poco seso!.
Bibliografía:
Sánchez,
Consuelo.- Las tertulias de la radio. Universidad
Pontificia de Salamanca, 1994
Tierno Galván,
E.- desde el espectáculo a la
trivialización. Taurus, 1964
Toral, Gotzon.-
Tertulias, mentideros y programas de radio. Alberdania,
1998
Gotzon Toral
Madariaga, Profesor de Radio en la
Facultad de Ciencias Sociales y de la
Comunicación de la UPV-EHU. |