Europa y Euskal Herria: luces y sombras
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Traducción al español del original en euskera
Xabier Iriondo

La construcción de la Unión Europea ha dado inevitablemente lugar, entre otras beneficiosas consecuencias, a la descentralización de los estados y a la regionalización.

Es un hecho ampliamente reconocido el que la construcción europea ha supuesto un acicate y un motor en aras de la descentralización-regionalización de los Estados miembro.

Los estados-naciones, al tiempo de actuar en la modalidad "down-up" en la delegación de sus competencias, lo han hecho también en la modalidad "up-down".

Estos dos movimientos que a primera vista pueden parecen contrapuestos, nos han llegado tras la segunda guerra mundial el uno junto al otro y cogidos de la mano, debido entre otros factores, a la construcción europea.

En la regionalización-descentralización se han involucrado Francia, Italia, España, Bélgica, Austria, Alemania y, en cierta medida, también Gran Bretaña.

Dinamarca, Irlanda, Holanda, Finlandia, Suecia, Grecia y Portugal, por el contrario, no han seguido ese camino; sin embargo se están percibiendo movimientos descentralizadores respaldados por la construcción de la Unión Europea.

Sin lugar a dudas, la construcción europea ha tenido en las regiones consecuencias políticas (además de las económicas(, proporcionando un nuevo marco a sus demandas y reavivando sus anhelos por medio de acuerdos y cooperaciones realizados con regiones de territorios que se encuentran en la misma situación. Las peticiones de las regiones han ganado mucho desde que éstas se han percatado de que no se encuentran solas.

La Unión Europea ha ofrecido un nuevo escenario y nuevos recursos para proclamar el carácter propio (Cultura, lengua) y acometer una "política internacional" que desde siempre ha permanecido bajo la competencia del estado (relaciones transfronterizas, comité de las regiones).

Según algunos expertos, la Unión Europea y el regionalismo acarrearán consigo el debilitamiento del Estado, dando inicio a una nueva etapa, a una nueva forma de hacer política (principio de Subsidiariedad), en la cual el Estado no podrá mantener por mucho tiempo su imprescindibilidad, e irá languideciéndo en beneficio de Europa y de las Regiones.

En opinión de Michael Keating, este proceso puede analizarse desde dos puntos de vista. Unos, los tecnócratas, proclamando una división de competencias más efectiva, no ven la necesidad de un nivel intermedio entre las Regiones y Europa. Otros, los románticos, declaran la desaparición del estado "comunidad artificial" y negadora para dar paso a una Europa democrática y plural basada en comunidades naturales.

El tiempo dirá cuál será el desenlace, pero, por el momento, la Unión Europea ha debilitado el Estado-nación, y no cabe duda de que lo aportado a las regiones es beneficioso y esperanzador. Si bien no cave atribuir todo el mérito -o demérito, que todo es cuestión de la opción personal de cada cual- a la construcción europea, su importante impulso descentralizador-regionalizador, es innegable.

El proyecto de construcción de la Unión Europea ha abierto En el País Vasco importantes vías de cooperación entre los siete territorios antes alejados, fortaleciendo así mismo la descentralización de la República francesa y favoreciendo cooperaciones transfronterizas y programas comunes.

Se ha dado curso a "relaciones internacionales" que durante mucho tiempo se consideraban impensables, abierto delegaciones propias y desarrollado programas comunes junto con otras regiones de similares características y problemática (lengua, agricultura). Al mismo tiempo, se ha posibilitado internacionalizar la identidad del País Vasco y se ha hecho posible que Euskal Herria exteriorice su realidad y emita su mensaje por sí mismo.

Pero el camino es largo y las resistencias no son pocas. A pesar de que el principio de Subsidiariedad -dentro de su tremenda complejidad interpretativa- parezca claro, la Unión Europea sigue siendo una institución creada por los Estados; es su construcción y su asamblea.

En el Estado español se continúa localizando el tema de la construcción europea en el ámbito de las relaciones internacionales, y, por ende, dentro de sus competencias. Aunque esto no haya evitado por completo la participación de las regiones, ha llevado a la mediatización del estado en defensa de los intereses regionales.

Aun cuando la afirmación parezca paradójica, así es como ha ocurrido, y la europeización de algunas competencias adquiridas trabajosamente ha provocado su reestatalización, ya que son los estados los representantes de las competencias regionales en los órganos decisorios de la Unión Europea.

La posición constitucional de las regiones se ha visto debilitada desde que España se introdujera en la Unión Europea y como consecuencia de las delegaciones competenciales que el Estado ha tenido que hacer a los órganos de la Unión Europea. Principalmente en el sector financiero (poniendo en entredicho incluso el concierto económico) y en los ámbitos comunitarizados como pesca, agricultura, industria, transporte y medioambiente.

Se han creado determinados órganos para cooperar sobre temas europeos e incitar la participación de las regiones (Conferencias, Asambleas), pero, a pesar de ello, su escasa operatividad y los resultados hasta ahora obtenidos hacen cuestionar toda la construcción europea.

Ahí radica la cuestión. La región no puede defender ni representar sus intereses, dado que su participación no está prevista en los órganos decisorios de la Unión Europea. Y ésa es una clara infracción del principio de subsidiariedad, porque quien en última instancia decide no es ni la legítima titular de las competencias, ni la institución más cercana a los ciudadanos, sino que es el Estado.

Aun cuando la creación del comité de las regiones (a partir del Tratado de Maastricht) ha supuesto un gran avance para garantizar la participación institucional de las regiones, su carácter consultivo, así como su composición (que reúne a las administraciones regionales y locales) disminuyen la relevancia de esta organización.

Deteniéndonos en el caso de la República Francesa, el punto de partida de las colectividades territoriales era tan flojo que hemos de decir que la situación de Iparralde ha mejorado gracias al proceso de construcción de la Unión Europea.

De modo que, desde una perspectiva nacional, la botella puede estar o medio llena o medio vacía, dependiendo de cómo y desde donde la miremos.

Para finalizar, la Unión Europea nos muestra luces y sombras desde el punto de vista de los anhelos regionales.

Las regiones devienen cada vez más importantes en el proceso de construcción europeo, las políticas comunitarias son cada vez de base más regional, pero los obstáculos son también grandes aunque sigue estando abierta la puerta de la esperanza.

Ya veremos cómo termina este proceso, pero no puede caber la menor duda de que se trata de un escenario imprescindible para la proclamación de la identidad de un pueblo, una arena política a tener en cuenta en el camino de autoafirmación nacional, desgraciadamente bastante olvidado por nuestros políticos, aunque haya excepciones, y muy poco valorado y utilizado lejos del calor de las campañas electorales.


Xabier Iriondo Arana, jurista
 


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