722 Zenbakia 2017-09-06 / 2017-10-04

Gaiak

El espectacular complejo tumular de Azefal-9/1, en el Sahara Occidental

SÁENZ DE BURUAGA, Andoni

Universidad del País Vasco y Asociación Vasco-Saharaui de la Evolución Cultural



El giro estratégico que desde 2017 hemos introducido en la orientación de nuestras actuaciones de campo en el Sahara Occidental —desde 2005 a 2016 focalizadas en el control y registro, mediante la prospección sistemática del terreno, de las expresiones socioculturales y paleoclimáticas del pasado de la región del Tiris, en la mitad meridional de los “territorios liberados” que gestionan las autoridades de la República Árabe Saharaui Democrática—, apostando por una novedosa etapa en el proceso del conocimiento dirigida a la búsqueda de secuencias en la evolución cultural y medioambiental —en verdad, una exigencia científica en la trayectoria investigadora—, a través de la práctica de excavaciones y sondeos en lugares seleccionados de la amplia relación documental recabada en la fase anterior, ha tenido como primer objetivo de intervención la excavación y evaluación arqueológicas del gran monumento lítico de Azefal-9/1 (Duguech), descubierto por nosotros mismos en Febrero de 2012 en el transcurso de una de las misiones científicas llevadas a cabo por estas tierras más surorientales de la cartografía saharaui.

Carta geológica y tectónica del Sahara Occidental, de mediados del siglo XIX. En el extremo suroriental, se representan las bandas arenosas (en tonos amarillos) del erg de Azefal (según E. Hernández-Pacheco et al. (1949): El Sahara Español. Estudio geológico, geográfico y botánico. Instituto de Estudios Africanos: Madrid, 624). (CLICAR PARA AUMENTAR)

La gran envergadura del ejemplar y su posible función sepulcral, nos llevaban inevitablemente a idear, desde el momento de su hallazgo, un buen número de cuestiones en relación a para quién o quiénes se habría destinado, de qué ritos funerarios participarían sus posibles inhumados, qué ajuares los acompañarían, quiénes habrían sido los autores de la construcción, cuándo y cómo la ejecutaron,... Unas interrogantes que necesariamente interpelaban la praxis de la excavación arqueológica como instrumento científico más idóneo para obtener algunas de las codiciadas respuestas.

Era, pues, necesario pasar de la percepción externa de la obra a conocer la estructura y los entresijos arquitectónicos, funcionales y culturales de la misma por medio de su examen en profundidad. El interés y propósitos de una intervención arqueológica selectiva estaban, pues, razonablemente justificados.

En todo instante habíamos pensado que el doble túmulo que lo configura estaba compuesto por acumulaciones de piedras desde la cima hasta la base: era el modelo teórico que la percepción exterior nos impulsaba a crear. La realidad, sin embargo, pronto se encargaría de corregir y precisar esta imagen por otra, posiblemente, más llamativa y, sin duda, original. Un monumento lítico singular en el campo de dunas de Azefal

El monumento lítico de Azefal-9/1 se encuentra situado en el extremo más suroriental del Sahara Occidental. En concreto, se halla formando parte del tramo septentrional del erg de Azefal: asentándose en las inmediaciones del corredor natural de Ain Askaf, una especie de pasillo interior liberado de las grandes acumulaciones arenosas, que separa ese primer segmento del campo de dunas de otros tramos más meridionales.

Administrativamente, su tutela corresponde a la I Región Militar de Duguech, la más meridional de las que controlan la zona saharaui “liberada”. El lugar se halla linealmente a unos 40 km al SW del llamativo perfil rocoso de la montaña de Taziwalt, en ese mismo tramo del erg, y a otros 55 km al S de la Base de Duguech, fuera ya de ese medio fisiográfico.

El ejemplo, en cuestión, está constituido por 2 grandes estructuras contiguas alineadas conforme a un eje N.NE-S.SW, a modo aparentemente de doble túmulo. Su planta se extiende en torno a los 110 m de longitud y los 55 m de anchura, aproximándose su altura a los 11,5 m. Una original composición tipológica que compartía un formato coniforme, más alto (de ~ 58 x 54 x 11,5 m), con otro que evocaba una especie de gran plataforma sobrealzada, más baja (de ~ 50 x 48 x 8 m). El conjunto llegaba a totalizar una superficie de 5.500 m² y un volumen que superaba los 4.000 m³.

Panorámica del medio fisiográfico del Azefal, desde la cima de la montaña de Stal Awadi (Agüenit, Sahara Occidental).

Ciertamente, el ejemplar resultaba excepcional, soberbio, por sus impresionantes medidas. No ya solamente se distinguía del grupo de “megatúmulos” —como así gustábamos definir a una serie particular de túmulos caracterizados, tridimensionalmente, por sus muy notables magnitudes que solamente hemos identificado en torno a este medio fisiográfico—, sino que suponía, con diferencia, la obra volumétricamente más gigantesca que habíamos controlado en estas tierras del Sahara Occidental.

En verdad que, al contemplar estos inusuales tipos, viene inmediatamente a la mente de uno el mito de los «hilalien» que el imaginario colectivo de la cultura beduina del Occidente del Sahara creó en su momento, y hoy continúa predicando, para dar explicación a la presencia de buena parte de las abundantísimas tumbas pre-islámicas. De acuerdo con ello, los «hilalien», una antigua raza de gigantes saharianos que poblaron en tiempos pretéritos estas tierras, habrían sido quienes levantaron estas construcciones funerarias para hacerse enterrar. Un razonamiento intelectual y una relación de causalidad igualmente advertida en las fábulas de origen de otros pobladores de distintos puntos del planeta. Y es que, como enfatizábamos en otro artículo que publicamos años atrás en Euskonews, ¿de quién, sino de gigantes, pudieran ser esos sepulcros desconocidos, distintos de los habituales y de bastante mayor amplitud?

Por otro lado, creemos que resultará de interés el conocer, como información complementaria, que el Azefal saharaui, con sus cerca de 7.000 km², define en la actualidad una de las áreas más ricas en testimonios arqueológicos y paleoclimáticos del Sahara Occidental. A decir verdad, hasta el comienzo de nuestras investigaciones metódicas, junto a su característica cubierta, recursos y climatología desérticos, era similarmente un verdadero “desierto de conocimiento científico”. Hoy, merced a las puntuales incursiones que hemos podido efectuar desde 2012 en algunos de sus tramos interiores, la perspectiva ha experimentado un cambio radical: habiéndose redactado directamente sobre el terreno más de 350 fichas de yacimientos arqueológicos y de antiguas referencias sedimentarias de interés medioambiental.

Vista actual del perfil W de las 2 estructuras que configuran el «megatúmulo».

En breves palabras, podemos afirmar que si los datos que se han controlado del Pleistoceno son aún bastante deficientes, no ocurre lo mismo con los testimonios prehistóricos del Holoceno. Aquí, en consonancia con un probable atractivo y fértil espacio biológico, las pruebas arqueológicas revelan un poblamiento incontestablemente rico a lo largo del Neolítico, con especial incidencia durante el Holoceno medio y superior, marcadamente desde el VII al III milenio calB.P.

Por ello, como en otras partes del Tiris, los monumentos líticos, además de numerosos, reflejan una muy amplia diversidad de formatos: acaso reflejo de distintas influencias culturales asociadas a diferentes flujos migratorios, como particulares expresiones rituales y funerarias de los colectivos sociales. La excepción, sin embargo, la constituyen ese grupo de megatúmulos —singularizado, especialmente, por su sobresaliente altura y volumen— a que hemos aludido hace un momento y que, por el instante, únicamente encuentran representación en este marco del Azefal y de su entorno perimétrico, siendo desconocidos en otros ámbitos saharianos. Intervención arqueológica en el monumento, y evidencias culturales y antropológicas más remarcables

La Expedición científica al Sahara Occidental de 2017 se desarrolló del 17 de Febrero al 18 de Marzo, con la finalidad de iniciar el proceso de excavación arqueológica del gran monumento de Azefal-9/1. Para ello, se diseñó un programa de actuación sustentado en 3 objetivos tácticos: 1) La comprensión y definición del dispositivo arquitectónico: es decir, el indagar con qué recursos técnicos se había dispuesto su estructura interna y se había procedido a materializar la obra; 2) El esclarecimiento de la finalidad del monumento: o sea, el desvelar el por qué y para qué se había levantado, y la determinación de su función sepulcral, merced al control de algún depósito de inhumación que pudiera avalar su uso individual o grupal como sepulcro en uno o varios momentos de la secuencia temporal; 3) El soporte de la estructura: o, lo que es lo mismo, el precisar el asiento del monumento sobre el suelo de la planicie, y la posible existencia de algún sistema de encaje y contención de las paredes. Unos propósitos que, como se comprobará en las líneas que siguen, se alcanzaron o encauzaron en amplia medida.

La intervención arqueológica llevada a cabo en el Azefal constituye la primera excavación científica en toda la historia del Tiris saharaui. Un dato más que pertinente para hacerse una idea elemental del contexto intelectual en que se desarrolla nuestra tarea investigadora aquí. Integramos la misión 20 personas; de ellas, 13 fueron ciudadanos saharauis. Además del equipo técnico y de apoyo de la excavación (12), se contó con un equipo de infraestructura y apoyo (8) en el que se incluían conductores, cocineros y escoltas. Un campamento-base, levantado a unos 300 m al S del yacimiento, definió el centro de operaciones y de nuestra estancia en el campo de dunas.

Tras tomarse, como tarea preliminar, distintos datos topográficos y fotogramétricos, se pasó propiamente a la excavación, seleccionándose para la actuación el túmulo más elevado de los que configuran el monumento.

Aquí, se desmontó íntegramente un “túmulo pedregoso”, más superior, y se rebajaron algunos decímetros de un depósito de tierras sueltas, inmediatamente subyacente, que definía el techo de un “túmulo arenoso” igualmente artificial.

Además, de forma complementaria, se efectuaron varios sondeos de verificación estructural sobre las laderas y base de esa estructura “mayor” y en la cima de la contigua estructura “menor”, que serían de importancia capital para la comprensión del patrón constructivo del “complejo tumular”.

Detalle de la estructura “mayor” del conjunto monumental, en cuyo tramo más superior se desarrolló el grueso de la excavación arqueológica.

Por lo general, y a diferencia de otros tipos de yacimientos arqueológicos, la excavación de los monumentos líticos en el Sahara aporta normalmente muy pocos elementos culturales. Y esa tendencia aquí también se puso de manifiesto. Con todo, se consiguió una muestra aceptable de evidencias arqueológicas asociadas a diferentes tramos de profundidad del “túmulo pedregoso”. En términos globales, pudieran enunciarse: un conjunto de utensilios líticos en sílex, cuarzo y cuarcita: algunos como útiles y otros más como restos de talla; un lote de fragmentos de recipientes cerámicos a mano, lisos y con decoraciones impresas; una pequeña “hachita pulimentada” y algunos trozos de moletas y molinos de mano; y, una curiosa cuenta perforada en piedra, de morfología circular globulosa.

Pero, sin duda, de mayor relevancia iban a ser los testimonios antropológicos documentados en el proceso de desmonte del “túmulo pedregoso”. Aquí, se reconocieron 2 sepulturas con seguridad, y lo que es más interesante, en diferentes tramos de la secuencia estratigráfica:

- Una, se halló en la base del monumento, a unos 185 cm de profundidad, y se controló bajo un depósito de bloques, intrusivos en la formación de arenas sueltas, que, en su momento, debieron conformar una especie de fosa, hoy en su práctica totalidad desarticulada por la inconsistencia del sedimento de asiento y por la presión de carga ejercida por el túmulo de piedras. La severa corrosión ejercida por las arenas resultó tan agresiva que únicamente se logró recuperar in situ parte de sendos huesos largos, en múltiples fragmentos, excepcionalmente guarnecidos bajo uno de los bloques rocosos. Esta exigua referencia era realmente importante, pues suponía la prueba material del enterramiento “fundacional” del túmulo pétreo. Lo que, en otros términos, había justificado la erección del mismo, contribuyendo sustancialmente a entender y explicar una parte relevante de la razón de ser de todo el conjunto monumental.

- Otra, emplazada a 75 cm de profundidad —es decir, a algo más de 1 m por encima de la anterior—, venía definida por una oquedad o fosa practicada en la masa de piedras del túmulo. Bajo una amplia losa de cubierta, en su interior se encontraron restos en conexión de un individuo adulto, de sexo indeterminado, colocado en posición decúbito lateral derecho y formando el tronco con las extremidades inferiores un ángulo próximo a los 90º. A pesar del mal estado de conservación del esqueleto, pudieron comprobarse las piezas dentarias (sin cubierta de maxilares e, incluso, sin resto alguno de la integridad de la cabeza), una buena parte de las extremidades superiores (la izquierda extendida y la derecha flexionada), restos de la cavidad torácica, y parte de las extremidades inferiores (no flexionadas, sino extendidas). Esta inhumación debió de practicarse con posterioridad a la construcción del túmulo de piedras.

Además, entre una y otra sepultura, se recuperó un pequeño fragmento aislado de tibia humana, de diferenciada textura, que acaso pudiera constituir un indicio residual de otro enterramiento lamentablemente perdido. Definición estructural del monumento desde la hipótesis de su proceso constructivo

Los datos aportados por la excavación y los sondeos arqueológicos posibilitan sugerir, a modo de hipótesis, una definición original de la inusual organización estructural de este particular monumento.

Ahora bien, para entender la lógica constructiva es necesario partir de la idea esencial que motivó su ejecución: que no fue otra que la de plasmar un “gran monumento”, una especie de “monumento monumental” que, además de cumplir puntualmente una función sepulcral, sirviera asimismo de referencia social, territorial y ritual. Una obra de impresionante envergadura que, milenios después, se ofrece ante nuestros ojos en forma de singular complejo tumular integrado por 2 grandes estructuras pareadas recubiertas por bloques de granito y neis.

Sondeos de verificación estructural del complejo tumular en las laderas y base de la estructura “mayor” (sondeos 1, 3, 4 y 5) y en la superficie cimera de la estructura “menor” (sondeo 2).

¿Cómo pensamos que pudo haber sido su proceso constructivo?

Una serie de pasos consecutivos debieron determinar la conformación del ejemplar:

1- Se aprovechó como asiento de base una antigua doble duna consolidada, con una orientación cardinal predeterminada por los dominantes vientos saharianos. Esos relieves dunares, de estructura consistente y estable, eran de considerable envergadura, levantándose posiblemente más de 7 m de altura desde su base.

2- Se seleccionó el relieve septentrional —presumiblemente, algo más destacado que el otro— para ejecutar sobre su cima un túmulo de finalidad funeraria: lo que conllevaría un allanamiento de la cota para facilitar su asentamiento.

3- Para la instalación de éste, se dispuso sobre la superficie aplanada un “túmulo arenoso”, cuyos depósitos superaban los 3,50 m de potencia. Unas arenas sueltas que bien pudieron haber sido extraídas de la parte superior del relieve dunar meridional contiguo: lo que quizás explicaría su curiosa morfología, súbitamente truncada en la cima por una superficie subhorizontal que contrasta llamativamente con el perfil convexo de las laderas.

4- Tras ello, una vez afianzada esa masa de tierras desplazadas, se construyó sobre ella un “túmulo pedregoso”, por combinación de bloques, piedras y arenas sueltas, ajustando y prolongando su perfil de lados convergentes al diseño del túmulo de arenas. Una nueva estructura artificial cuya altura oscila entre los 1,30-2,00 m, merced al encaje de parte de su perímetro sobre el lecho arenoso a una mayor profundidad. Este recinto estaba destinado a preservar un depósito funerario en su base, si bien, de forma eventual, también llegó a acoger alguna otra inhumación ulterior en su cuerpo.

5- Se procedió, por último, a la “tumulización” generalizada del conjunto levantado artificialmente y de los relieves de asiento, a través de su cubrimiento por una capa de bloques y piedras, a la manera que hoy podemos apreciarlo. De esta suerte, ambas estructuras pareadas quedaban homogeneizadas por una “coraza pétrea”, otorgándole al ejemplo la apariencia presente de doble túmulo.

En verdad, se había logrado crear un “gran monumento”, de dimensiones gigantescas y con una particular morfología, por medio de sofisticados recursos constructivos que revelan un notable ingenio y una alta dosis de imaginación. Un modelo arquitectónico que rebosaba inteligencia y creatividad en las fórmulas empleadas para conseguir el propósito final, como se desprende del papel que desempeñaron en ello cada uno de los distintos depósitos implicados.

Así, se utilizaron como recursos auxiliares de asiento, de manera oportunista, unas antiguas dunas estables y consistentes, de cierta envergadura, con el propósito de multiplicar el efecto de la obra, desde el prisma de la monumentalidad. Luego, se construyó sobre una de ellas un “túmulo arenoso” por una simple razón práctica: de cara a elevar y realzar el ejemplar, en vez de proceder a la extracción, transporte y acomodo de bloques de piedra, resultaba más operativo y menos costoso en esfuerzos materializar una buena parte del mismo con la arena que proporcionaba la inmediata duna aneja; dicho de otra forma, las arenas habían sido el sustituto de una ingente masa de piedras que habría que desplazar desde algún área de aprovisionamiento del exterior. Tras ello, se erigió inmediatamente el “túmulo pedregoso” que, con fines funerarios, culminaría la obra arquitectónica. Y, por último, una cubierta de bloques y piedras enmascaró todas las superficies terrosas de los relieves y unificó externamente el complejo tumular, a modo de verdadero “megatúmulo”, con el propósito de que fuera admirado como un todo. Una coraza exterior pétrea, por cierto, que, de paso, contribuiría funcionalmente a la fijación de los depósitos arenosos y, con ello, al refuerzo y estabilidad de la entidad y morfología del conjunto.

Con todo, quedaba finalmente proyectada una obra aparentemente masiva y de gran envergadura monumental, para la que se habían destinado los medios materiales menos numerosos —es decir, los más justos e indispensables— y la inversión más comedida en trabajo y esfuerzos humanos.

Esta es la hipótesis que entendemos más apropiada para ofrecer una explicación inteligible del esquema constructivo —innovador y, por tanto, fuera de lo habitual—, merced a las diferentes informaciones y apreciaciones que sobre la composición estructural nos ha enseñado la intervención arqueológica.

Algunas de las evidencias culturales documentadas en el proceso de excavación del “túmulo pedregoso”: industrias líticas talladas en sílex y cuarzo (inferior derecha), cuenta perforada en piedra (inferior izquierda) e, incluso, un viejo núcleo “macrolítico” achelense recuperado entre los materiales constructivos de la cubierta exterior (superior y señalado con la flecha). Razones para la ejecución del “megatúmulo”

Además del cómo, otra de las cuestiones que forzosamente nos planteábamos era: ¿Por qué hacer este “gran monumento”; cuáles habrían sido sus fines últimos?

Asumiendo la evidente finalidad sepulcral inmediatamente asociada al túmulo de piedras dispuesto en la cota más alta de la estructura “mayor”, probablemente sean varias las razones que debieron justificar la conformación de este insólito y gigantesco ejemplar. Y todas ellas, muy plausiblemente, deban de ser valoradas, comprendidas y aceptadas de manera interrelacionada.

Emplazar una construcción arquitectónica sepulcral en la parte más elevada de un relieve, acomodándola, de alguna forma, a un solo formato, no puede entenderse como un accidente o gesto casual. Imperando el dominio de la planicie por todo el amplio perímetro que rodea a estos montículos arenosos, y constatándose la presencia de monumentos líticos en forma de túmulos —con alta probabilidad, también funerarios— en esas zonas bajas, hay que convenir que el hecho de disponerlo en esa cota, y el recubrimiento externo del conjunto, indistintamente con bloques y piedras, traduce presumiblemente una intención social y, de manera indisociable, conlleva una connotación de territorialidad.

En efecto, por un lado, el hecho traduce una forma de realzar, de engrandecer el monumento funerario y, con ello, de dignificar a la persona por y para la que se ejecutó: es decir, de distinguir al monumento y a la entidad del individuo sepultado. Con lo que se le estaría dotando de una particular función en el propio contexto social en que se llevó a cabo la construcción: como una referencia monumental destinada posiblemente a memorizar, a recordar a un personaje relevante, por su significación grupal, o por su autoridad, o por su relación con la historia de ese clan.

Sepultura inferior del túmulo de piedras: restos de una fosa con aportes pétreos –entre los que se utilizó un fragmento de molino de mano aplanado (a la derecha)–, practicada en el depósito de arenas, conteniendo algunos restos antropológicos fracturados –quizás, del cúbito y radio–, muy deteriorados, pertenecientes a una inhumación individual (a la izquierda). Constituye el enterramiento humano de origen del monumento.

Y, en paralelo con esta proyección social, por otro lado habría que remarcar la circunstancia de la percepción del monumento desde un buen número de kilómetros de distancia en derredor. Lo cual, inevitablemente, implica una lectura territorial del sujeto. Destacando netamente sobre la planicie por su magnitud, pudiera intuirse en ello el deseo de que fuera observado y apreciado desde cualquier dirección y desde la distancia; un interés premeditado de sus constructores en poner de relieve ese impacto visual, espacial.

En estos parámetros, la obra simultanearía un papel de referente sociológico con el de destacado marcador territorial, o patente de control del área vital de un colectivo social, para con otros grupos humanos periféricos y externos, competidores potenciales de ese contexto medioambiental. Y, todo ello, sin ignorar, de igual manera, su eventual rol como hito topográfico; es decir, como punto preciso —y, por lo tanto, seguro— de orientación geográfica.

Pero, además de estos motivos, debe de retenerse y valorarse suficientemente otro argumento más. En este caso, menos material y pragmático que los apuntados, y más cercano al universo ritual y de las creencias. Pues, bien pudiera aceptarse que la ubicación particular del túmulo funerario y el cubrimiento de todo el conjunto por un manto externo de piedras constituye, de hecho, una forma simbólica de “ritualizar”, de sacralizar conjuntamente el recinto sepulcral y el contexto natural de asiento.

De esta suerte, el rito funerario no sólo se ciñe a la construcción tumular que comporta las inhumaciones, sino que, de alguna manera, esa carga imaginaria se trasmite y prolonga similarmente a los relieves “tumulizados” que, a través de ello, se ven uniformizados por ese gesto antrópico.

Es decir, hablamos aquí de la “ritualización” simbólica, por extensión, de un elemento o accidente natural. Está claro que esas antiguas dunas se recubren por esa capa pétrea porque se construyó el túmulo funerario; si éste no se hubiera ejecutado, no hubiera tenido razón de ser la cubierta. Su justificación está, pues, directamente asociada a la construcción sepulcral y, por encima de ello, a la idea motriz de concebir un gigantesco monumento para, de la misma forma, ser contemplado y valorado desde sus propios agentes sociales y desde otros actores más exteriores.

Proceso de excavación de la sepultura superior del túmulo de piedras (superior derecha): fosa practicada en el depósito de bloques con restos de una inhumación individual, en posición decúbito lateral derecho semiflexionada (inferior izquierda), y registro pormenorizado en su correspondiente “ficha anatómica” (inferior derecha). Estimación cronológica del conjunto monumental

Tras el avance sugerido en torno a la interpretación causal, no podemos dejar de tratar esta otra cuestión de especial interés: ¿Cuándo pudo haberse erigido la obra?

En ausencia de marcadores arqueológicos crono-culturales precisos y, por el momento, de análisis radiométricos seguros, resulta difícil dilucidar —sin riesgo al error— el marco temporal original del complejo tumular.

Los testimonios que ha procurado la intervención arqueológica del “túmulo pedregoso” —en donde se recuperaron la totalidad de elementos culturales y antrópicos susceptibles de inducir una estimación cronológica— no resultan, en principio, suficientemente explícitos para inferir de ellos una valoración rigurosa de la antigüedad de la obra.

Por su parte, los intentos de datación absoluta a partir del análisis de algún resto óseo por radiocarbono, además de operativamente dificultosos —a causa de la más que habitual insuficiencia de colágeno—, se acompañan, en la práctica, de resultados inseguros o anómalos. Por lo que deben de tomarse con serias reservas o, al menos, con la debida cautela.

Aceptando el peso específico que conllevan estas importantes carencias para nuestro propósito, creemos, no obstante, que acaso pudieran esbozarse algunas ideas generales válidas en torno a la temporalidad de la construcción, desde la valoración de 2 circunstancias puntualmente documentadas: las informaciones rituales de la sepultura más superior y la posible formación de los depósitos dunares de asiento.

Bloques de granito y neis recubren exteriormente, a modo de “coraza pétrea”, la cima y las laderas de las dos estructuras realzadas, quedando ocultos en algún que otro tramo por depósitos recientes de dunas. El conjunto, así “tumulizado”, se homogeneiza y uniformiza, aparentemente, como un solo monumento.

Así, por una parte, el hecho de que esa inhumación no fundacional, sino acaso accidental o, incluso, oportunista —ante la falta de una probada vinculación genética con el enterramiento de base—, llevada a cabo con posterioridad a la fábrica del túmulo, muestre una posición del esqueleto semiflexionada —con las piernas rectas en ángulo recto con el tronco—, sugiere una razonable antigüedad: al menos, de ambientación pre-islámica. Y depárese, de seguido, en su depósito ulterior a la construcción del recinto pétreo: por lo que éste, y su sepultura fundacional, contarían lógicamente con una aún mayor antigüedad.

Por otra parte, si se conociera la datación absoluta de la formación dunar de base, pudiera implementarse una cronología post quem para el túmulo artificial y, por extensión, para la coraza de piedras que envuelve el complejo monumental. Sin embargo, no es este el caso: ignoramos el momento preciso de su creación.

A pesar de ello, merced a su consolidación y estabilidad, pensamos que deben tratarse de antiguas dunas que en el momento de su utilización como soportes tumulares, bien pudieran encontrarse tapizada por una cubierta vegetal, propia de un clima más húmedo y, en consecuencia, distinto al que las generó. De ahí que su utilización se habría realizado con posterioridad al episodio climático (y temporal) en que se generaron.

A partir de esta premisa, amparándonos en el principio de que se tratan de formaciones eólicas asociadas a épocas de marcada aridez climática, debiera de situarse su origen en un episodio climático, muy probablemente, holoceno.

En este sentido, por relativa cercanía temporal, quizás no fuera descabellado plantear su constitución durante la primera mitad del Holocenoreciente (ca. 5.500-3.150 cal.B.P.): especialmente, en torno a mediados del V milenio, en que parece asistirse almaximumde un marcado episodio de aridez que en alguno de sus tramos, pudiera haberse palpablemente sentido en el particular medio del Azefal de entonces.

De acuerdo con la conjetura, la obra pudiera haberse llevado a cabo después de esa fase árida, aprovechando la instalación de un episodio climático “saheliano”, durante el que se hubiera producido la consolidación de los relieves dunares. Un reforzamiento impulsado por un nuevo régimen pluvial de precipitaciones que habría favorecido la proliferación de ese manto vegetativo sobre sus superficies.

Con todo, pudiera aventurarse un marco cronológico dilatado para la construcción del complejo tumular que, desde el IV milenio se extendiera a lo largo III milenio. En todo caso, un tramo temporal previo a la instalación y generalización de las condiciones climáticas “saharianas” que preceden al cambio de era.

La idea motriz que impulsó la materialización de la obra arquitectónica fue la de crear un “gran monumento” que, entre otras cualidades, destacara por su importante impacto visual. ¿Continuar indagando en el complejo tumular de Azefal-9/1?

Tras la conclusión de las labores de desmonte y excavación, se procedió al cubrimiento y protección del yacimiento en su área más expuesta. Para ello, se dieron los siguientes pasos: 1) Revestimiento de la superficie excavada con tiras superpuestas de tela geotextil; 2) Depósito sobre esa área de un denso y sólido lecho de bloques y piedras para asegurar la estabilidad de la tela sintética; 3) Refuerzo perimétrico de los bordes por imbricación de bloques y piedras para evitar el desmantelamiento de la cubierta por la incidencia de los fuertes vientos reinantes.

De esta manera, se consiguió dejar protegido, con aceptable consistencia, el área de excavación, en espera de que investigaciones venideras lleguen a valorar científicamente el contenido del “túmulo arenoso” —donde pudiera barajarse la presencia de restos de otras inhumaciones o de algunas evidencias culturales— y contemplen, de igual manera, el indagar en el subsuelo de los depósitos dunares de asiento. Pues, no debe de desestimarse, como hipótesis de trabajo, la posibilidad de que los relieves eólicos de base hayan podido ser alterados o manipulados, de alguna forma y en alguna de sus partes, para practicar intencionalmente algún tipo de depósito interno.

Hay que pensar que nos encontramos frente a un monumento muy especial, un tipo singular de “complejo constructivo y ritual”, con un innovador dispositivo técnico, que queda fuera de nuestra experiencia, que desconocemos en este marco sahariano. Por ello, junto a la máxima prudencia, debemos actuar con sabia flexibilidad en la orientación de la investigación. De ahí que, además de que por conducta científica debieran de examinarse todos aquellos materiales constructivos que, de alguna manera, han sido gestionados, deba de indagarse —por difícil que pudiera ofrecerse, en principio— en el interior de esas formaciones dunares de asiento.

En nuestra opinión, constituye una vía de análisis pertinente que, cuando menos, debiera explorarse suficientemente con unos medios proporcionados y al alcance de las exigencias. En este propósito, un rastreo inicial a través de sensores ópticos de teledetección desde satélite radar, con suficiente capacidad de penetración en la tierra, pudiera acometerse como un primer paso en el reconocimiento estructural del subsuelo. Ello, en paralelo, determinaría y precisaría la oportunidad y estrategia de la posible intervención arqueológica de campo.

Cubrimiento provisional de la superficie de excavación y protección del yacimiento. La singularidad de este complejo constructivo y ritual impulsa la prosecución futura del proceso de investigación en el monumento y la profundización en el reconocimiento estructural del subsuelo. Un monumento excepcional en el Sahara Occidental

La excavación y evaluación arqueológicas emprendida en este magnífico monumento lítico en Febrero y Marzo de 2017 han supuesto, verdaderamente, un gran reto científico, y han marcado un punto de inflexión en el trazado de nuestra dinámica de investigación en las tierras saharianas.

Bajo esta perspectiva, debemos remarcar el hecho de que hemos conseguido definir y comprender, de manera razonable, una obra singular, compleja, distinta —de todo lo que superficialmente habíamos registrado en años pasados en el Tiris y que sobrepasaba los 6.000 ejemplos de monumentos líticos— que, conforme al estado actual del conocimiento, no encuentra paralelo equiparable entre las referencias tipológicas y tipométricas identificadas en el Sahara Occidental, ni, con los datos que barajamos, en la documentación disponible al respecto en el vasto espacio del Occidente del Sahara.

Se trata, pues, de un caso ciertamente excepcional y espectacular por sus gigantescas dimensiones, por su diferente morfología, por su inusitado modelo constructivo, y por su polivalente significación. Unas propiedades y cualidades potenciales que acaso deban de relacionarse con un entramado jerárquico en la organización y estructura social de quienes lo concibieron.

Todas estas razones que lo distinguen —y de ahí su emergente personalidad—, refuerzan, aún más si cabe, la defensa y conveniencia de una continuidad futura de la exploración científica en el “megatúmulo” de Azefal-9/1. Este admirable conjunto tumular encierra aún un buen número de preguntas que requieren de las oportunas soluciones. La prosecución y profundización en la investigación sobre el terreno constituyen, pues, una exigencia imperativa, un deber científico ineludible.

Y, no olvidemos, además, que la presencia (puntualmente aludida en las partes iniciales del texto) de otros monumentos con cierta afinidad en el Azefal y su entorno periférico —o, al menos, planteados con parecidos esquemas técnicos, en casos, y con un desarrollo volumétrico considerable, por lo general— bien pudiera evocar o asociarse a un gesto ideológico de originalidad, no sólo en la lectura estilística o tipométrica, sino en el propio concepto de monumentalidad. Es decir, como un atributo intelectual singular de un colectivo humano. Una agrupación espacial de grandes monumentos, precisa y preciosa, que, junto al rastreo de implicaciones sociales y medioambientales en el hecho explicativo, posibilita una mejor aproximación sociológica del “pueblo constructor de los grandes monumentos”.

Una novedosa etapa se abre en el conocimiento de las expresiones monumentales y, con ello, en la profundización en el ideario y en la creatividad intelectual de los grupos sociales del pasado del Sahara Occidental.

El “megatúmulo” de Azefal-9/2, situado a unos 400 m al SE del monumento excavado, evoca aparentemente un diseño próximo al de Azefal-9/1, si bien sus dimensiones globales con menores (ca. 64 x 53 x 6,20 m) y su orientación, diferentemente a éste, es E.SE-W.NW. Agradecimientos

Deseamos dejar constancia expresa de nuestro agradecimiento a las instituciones del País Vasco que sostienen nuestro Proyecto en el Sahara Occidental: al Departamento de Cultura y Política Lingüística del Gobierno Vasco y a la Universidad del País Vasco (UPV-EHU). Con el mismo sentir, lo hacemos extensivo a diferentes órganos del Gobierno Saharaui implicados en su desarrollo sobre el terreno: Presidencia de la República, Ministerio de Cultura, Ministerio de Defensa y Dirección Nacional de Protocolo. Y, finalmente, no queremos olvidar a todo el equipo técnico y de infraestructura que han tomado parte en esta especial campaña de investigaciones.

Foto Portada. El complejo tumular de Azefal-9/1 (Duguech, Sahara Occidental).