610 Zenbakia 2012-01-27 / 2012-02-03

Gaiak

Getaria. Bajo el cielo, sobre el mar y en la montaña

AGUIRRE SORONDO, Juan



La vieja Getaria. Kea-herria, pueblo de humo, Quetari o vigía en lengua gascona, etimologías ambas que apuntan a la ubicación estratégica del monte San Antón, desde cuya atalaya se distingue una extensión de mar sin igual en toda la costa guipuzcoana. ¿Y por qué no Garate-herria, topónimo que por definición la ubicaría en las faldas del monte Garate?

Llámese Getaria así por lo que se llame, parece demostrado que el asentamiento humano en este preciado rincón del golfo de Bizkaia, entre una montaña rica en agua para el laboreo del suelo y una lengua de tierra que se adentra sobre el mar protegiendo las faenas de los arrantzales en la rada, se remonta varios siglos antes de su fundación a principios del XIII, casi a la par que San Sebastián y Hondarribia, poblaciones germinales de la provincia.

La primera actividad de sus moradores sería, a no dudar, la pesca y sobre todo la caza de ballenas, en la que destacaban entre los mejores del Cantábrico. La vinculación casi genética de la villa con la captura de cetáceos se refleja aún plásticamente en su escudo: una ballena arponada agonizando cerca de un dique. Primera actividad pero no la única, pues desde temprano los de Getaria fueron atraídos por otras empresas relacionadas también con la mar: la conquista de nuevos mundos, la armada o el transporte interoceánico. Larga fama le reportó asimismo la arquitectura naval, merced a la destreza de sus experimentados menestrales y al prestigio del astillero local, que ya en la Edad Media se contaba entre los principales del reino.

Getaria. La primera actividad de sus moradores sería, la pesca y sobre todo la caza de ballenas.

Ilustración: Josemari Alemán

La vieja Getaria: cuatro calles y dos cantones premiosamente alineados en palacetes de impresionante belleza y pintorescas viviendas de pescadores. En este casco histórico, los olores del txakoli de las bodegas medievales y de las cazuelas de anchoa de las cocinas acompañan al visitante en su recorrido entre las vetustas construcciones. Las calles Elkano, San Roke y Nagusia atraen la mirada de arquitectos y pintores por los vanos y balconajes de sus casas torre, levantadas para la defensa de antiguos señores pero armónicamente integradas en la trama civil actual. Es así que en Getaria podemos percibir el curso de los siglos imbricándose sobre una geografía urbana armónica y sugerente embocada hacia la mar.

Entre General Arnao y Mayor se alza la iglesia parroquial de San Salvador, Monumento Nacional para los españoles y emocional para todos los guipuzcoanos desde que bajo sus ojivas naciera la hermandad provincial en 1397. Pero aun ignorando la historia del templo, basta una pizca de sensibilidad para asombrarse ante la disposición escalonada de sus naves, el espléndido triforio, su katrapona con capilla incluida bendiciendo el pasaje a barlovento...

Un callejeo por la Getaria medieval nos evoca las infancias aquí transcurridas de personajes de universal magisterio: Juan Sebastián Elcano, en primer y destacado lugar, pero también Domingo Bonaechea, el explorador de Tahití, o el abnegado Quijano e Iturregui que sacrificó la vida combatiendo al cólera en Alicante. Y, desde luego, Cristóbal Balenciaga, el mayor arquitecto textil del siglo XX, cuyo fantástico museo no nos cansamos de recomendar a cualquier persona con una mínima sensibilidad hacia la belleza de las formas.

Visitando Getaria, su casco urbano perfectamente ensamblado bajo el cielo, sobre el mar y en la montaña; apreciando el carácter abierto y francote de sus habitantes, gente de trabajo pero también de placeres como la moda, la gastronomía, las artes populares o la competición de esfuerzos... comprenderemos que la profunda compenetración de naturaleza y naturales simbolizada por el mito local de Keta —joven tan deseado que prefirió convertirse en piedra—, hunde sus raíces en tiempos anteriores a toda memoria escrita y bulle en las expresiones de la villa. El mito, una vez más, alcanza a descifrar la esencia del pueblo que lo creó.