587 Zenbakia 2011-07-15 / 2011-07-22

Elkarrizketa

Ignacio Barandiaran. Arqueólogo: Los arqueólogos estamos rodeados constantemente de interrogantes

VELEZ DE MENDIZABAL AZKARRAGA, Josemari

La arqueología, la paleontología son ciencias que nos permiten acercarnos al origen del ser humano. Nos permiten comprender o, por lo menos, interpretar conductas y realidades producidas por los seres vivos allá en el origen de las especies. Obviamente, son ciencias que nos conducen al estudio de nuestra prehistoria y nos dan luz sobre aspectos de nuestro pasado no tan reciente, que hacen posible ubicar día a día un poco mejor el arranque de nuestra existencia como pueblo.

Nacido donostiarra en 1937. ¿Nos puede recrear, por unos instantes, su infancia?

Nací en la calle Loyola de Donostia y fui bautizado en el Buen Pastor. Mi padre era empleado de la Diputación. Fuimos cuatro hermanos y hermanas, de los cuales yo soy el segundo. Estudié en los Marianistas, donde tuve excelentes profesores, y al no haber universidad pública en las inmediaciones marché a Zaragoza a cursar la carrera de Geografía e Historia. Allí me encontré con profesores que me animaron por decantarme hacia la prehistoria.

No sé cuál fue el motivo que me impulsó a estudiar prehistoria pero recuerdo que hacia 1953, y recién regresado José Miguel Barandiaran del exilio, organizó el Museo de San Telmo un ciclo sobre etnografía vasca, para presentar sus colecciones. Era un domingo por la mañana y mi padre asistió al acto ya que pensaba que Don José Miguel podía ser pariente nuestro, al ser también mi abuelo de Ataun, del barrio San Gregorio. Mi padre me llevó con él y pudimos escuchar a Don José Miguel, subido en una silla y ante las vitrinas, dando una charla sobre aperos de labranza. Allí saludé por primera vez a Don José Miguel.

Una vez terminada la carrera compaginé la docencia en el Colegio de Marianistas en San Sebastián con la preparación de la tesis. En mis vacaciones de verano acompañé a Don José Miguel en mis primeras excavaciones en Aitzbitarte y Lezetxiki y en el estudio de Altxerri. Me fui incorporando de manera cada vez más decidida a la vida académica en Zaragoza, y allí me doctoré en 1967. Desde entonces mi vida ha sido bastante itinerante. Así, de Zaragoza —donde fui Agregado de Historia Antigua aunque trabajé en Prehistoria— pasé a la Universidad de La Laguna en Tenerife, como catedrático de Arqueología, Epigrafía y Numismática; luego pasé a la Universidad de Cantabria, destino importante para un prehistoriador, pero cuando se creó la Facultad en Vitoria de la nueva Universidad del País Vasco Luis Mitxelena me invitó a incorporarme a ella y así lo hice en el año 1980. Y aquí me he jubilado.

He tenido muchos frentes de trabajo, aunque mi fuerte ha sido el tiempo entre los años 30.000 y 10.000 a.c. Mi labor docente ha sido gratificante y en los tiempos libres que deja la vida académica he realizado múltiples excavaciones.

Me imagino que en aquellos principios de su vida como arqueólogo más de una vez sería considerado como un tipo raro...

Aparte de ser una actividad rara, de por sí, he conocido lugares donde hemos tenido que trabajar con extrema penuria de medios, incluso domésticos. Lo de ser arqueólogo, en determinados sitios era sinónimo de buscador de tesoros, y no podían comprender que diez o doce personas raras —con gafas, que hablaban de modo distinto...— apareciéramos por sus terrenos para hacer una extraña labor. Había prevención por su parte. Yo aprendí de Don José Miguel a vivir con esas personas que dudaban de nuestro proceder y en un plazo razonablemente corto nos ganábamos su confianza. Recuerdo que trabajando en el dolmen de Aitzetako Txabala (muy cerca de San Sebastián), hacia 1963, toda la campaña fue un rifi-rafe continuo con el dueño del terreno, empeñado en que andábamos tras un tesoro escondido. Don José Miguel, que dirigía la campaña, llegó a firmar un documento, por el que se comprometía a dar al propietario de aquel lugar todo el oro que apareciera. Era un documento redactado en euskera y castellano. ¡Creo que todo lo que sacamos fue un par de cartuchos, resto dejado por cazadores! Y aquel señor, seguramente que apenado porque nosotros habíamos perdido más que él, nos invitó a merendar al final de la campaña. Esta confianza que se ganaba con los lugareños ayudaba de manera especial en trabajos fundamentalmente etnográficos.

“He tenido muchos frentes de trabajo, aunque mi fuerte ha sido el tiempo entre los años 30.000 y 10.000 a.c”.

La arqueología ha pasado de ser una actividad de personas más bien consideradas “especiales” a convertirse en un campo en el que se especula muchas veces frívolamente. Lo que se ha ganado en extensión de conocimiento ¿no se ha perdido en profundidad?

A mí me han dicho que no he sabido vender el producto. Me ha molestado mucho cuando se ha dicho que existe una manera amateur de hacer arqueología y otra profesional. Al día de hoy no hay ningún ente en el estado español que dé títulos para actuación profesional en el ámbito de la arqueología, como se necesita para trabajar en medicina, por ejemplo. Lo cual es bueno y es malo. Cuando se pide permiso para excavar, lo que se exige es que el responsable sea mayor de edad y, si es la primera vez que lo hace, que aporte el aval de algún experto. Podríamos sólo así llamar arqueología profesional la que se realiza para preparar informes en materia de intervención para seguimiento de obras públicas.

Yo he conocido la arqueología en una época en la que éramos muy pocos y ejercíamos una ciencia muy extraña, la arqueología diletante, de investigación; hoy en día hay quienes han hecho de la arqueología su profesión. Existen los que, malvadamente, diferencian la arqueología de gabinete —que debe de ser la que hago yo— de la profesional, que es la que se viene realizando obligatoriamente para salvaguardar los bienes arqueológicos sitos en obras públicas. Estas son excavaciones que se realizan muy rápidamente —tienen urgencia— y las que hacemos el resto y pueden durar años y años. Se necesita dinero, no solamente para detectar o hallar bienes, sino para interpretarlos. Por lo que, quien de manera más normal —con sosiego y aunando esfuerzos de muy diversas especialidades— se puede dedicar a ese quehacer es la Universidad.

La prisa suele ser una mala consejera y ya que estamos hablando de que hay que hacer una prospección sobre bienes de hace miles de años. Una pequeñísima e involuntaria desviación en el ángulo de visión, y a tanta distancia cronológica, nos ofrecerá diferentes tesis...

Una de mis obsesiones a partir de ahora en la vida es que no me pase lo que ha sucedido a otros, y que no es otra cosa que desaparecer de este mundo sin haber terminado la labor que tenían entre manos. No es que haya sido de los arqueólogos que más ha dilatado su labor en una única excavación, pero hay casos —por ejemplo, la cueva de Berroberria, cerca de Urdax— donde he estado trece años. Y he preferido –aprendí ello de Don José Miguel- que ante la imposibilidad de extraerle más información a la cueva es mejor detener el trabajo de excavarla, y dedicar el tiempo a la interpretación mediante el análisis de los restos. La obsesión sana de muchos arqueólogos es preservar materiales in situ para el futuro, un futuro que cada vez está más próximo por el proceso acelerado de las ciencias aplicadas. Las dataciones absolutas por Carbono 14 no eran posible de realizarse hace ochenta años, y en nuestro ámbito vasco comenzó a aplicarse en los años ochenta del siglo pasado. Si no hubiéramos tenido muestras preservadas de las excavaciones de Don José Miguel hoy sería imposible realizar bastantes de las analíticas entonces imprevisibles y hoy posibles. Es por ello de agradecer a quienes anduvieron realizando sus trabajos arqueológicos y dejaron dos terceras partes del yacimiento sin excavar.

“Una de mis obsesiones a partir de ahora en la vida es que no me pase lo que ha sucedido a otros, y que no es otra cosa que desaparecer de este mundo sin haber terminado la labor que tenían entre manos”.

La desviación de apreciación puede ser voluntaria, pero también se dan las manipulaciones...

Como todos, también nosotros nos equivocamos. Unos por ligereza, por atrevimiento. Y también se puede hacer por maldad. Me sigue interesando mucho el tema de las falsificaciones, es decir la mixtificación, el fraude. Incluso he impartido algún curso sobre el particular. La atribución equivocada está a la orden del día, tanto desde la buena intención como desde la fraudulenta. Ejemplo de la primera es la del arqueólogo que confunde lo que para nosotros es sagrado, como la posición estratigráfica. Y existen también los reales falsificadores. Hay un tratado muy famoso de los años treinta del siglo XX sobre los fraudes en prehistoria, escrito por Vayson de Pradenne, con casos nombradísimos de falsificaciones de la arqueología del XIX donde se asegura que no hay persona que se pueda librar de la tentación de cometer un día alguna falsificación: en el fichero de los falsificadores hay personas cultas e incultas, ambiciosas y despechadas, que realizan un fraude en su provecho o por desprestigiar y hundir a un colega. Entre los prehistoriadores, éste es un caso excepcional. Cuando estamos realizando una excavación, en la mayoría de los casos sucede al revés, es decir que hemos de trabajar con la idea de que no estamos capacitados para recoger toda la información que está aflorando, ya que a medida que excavas estás destruyendo algo. Se trata del símil de quien está leyendo una obra de la cual existe un solo ejemplar, y según lee una página la arranca y la tira al fuego; y tras terminarlo, para su transmisión a generaciones futuras, debe de interpretar lo leído. Para ello los arqueólogos debemos sacar fotografías, recurrir a testigos etc. A los treinta años de desaparecida la estratigrafía de Bolinkoba que excavó Don José Miguel, nos debemos creer la palabra, las fotografías y los dibujos de aquél; y si tenemos dudas, hay que acudir al material que él encontró en el lugar. Por eso, lo importante es que la información la transmitamos fielmente. De ahí que el arqueólogo, digámoslo, completo en vez de trabajar sobre materiales recuperados por otros prefiere hacerlo sobre los propios, porque cada uno cree —y quiere— controlar mejor por sí mismo las circunstancias del hallazgo.

Una pregunta que nos hacemos los no entendidos en la materia es cuál es el medidor de satisfacción para un arqueólogo...

Es una pregunta curiosa, que yo me la sigo haciendo. Es muy interesante la reacción que se produce cuando en clase ponemos un anuncio interesándonos en posibles colaboradores para una excavación. Solemos acudir a ella dos o tres profesores acompañados de mano de obra; en las excavaciones del Paleolítico no utilizamos colaboradores para trabajos de peonaje, sino que preferimos los alumnos. Y la pregunta que me haces me la suelo realizar a menudo en esos días de agosto que llueve sin parar, que hace frío, y que cuando llegas a la cueva tras comer los jóvenes están contentos... “¿Qué encontrarán éstos aquí?” te preguntas. Porque, además, excavar no significa encontrar, sino que la mayoría de las veces no hacemos otra cosa que cribar y medir: cosas, obviamente, que no son muy llamativas. Y lo curioso es que también se apuntan al año siguiente. La labor de ellos es como el buscador de referencias en un archivo: muy pocas veces encuentras algo de enjundia.

Si me preguntan qué cosas importantes he descubierto en mi trayectoria arqueológica diría que datos. Un director de un museo quizás contestaría refiriéndose a las piezas que puedan ser excepcionales; el arqueólogo lo que busca, fundamentalmente, son datos. En una excavación que hizo mi mujer en el norte de Navarra, en un abrigo del río Irati, de un yacimiento del 7.500 a.c, se han sacado restos de peces que comían en la época; algunos de los peces son de procedencia del mismo Irati —truchas y barbos— pero hay también salmones, que han tenido que ser traídos desde el otro lado del Pirineo. Es decir, sabemos que aquellos habitantes de la zona viajaban dieciocho o veinte kilómetros, a la vertiente atlántica, para pescar; hemos encontrado los anzuelos de hueso empleados. Y junto a los restos de animales descubrimos los de una mujer joven, enterrada allí; cruzando información de los distintos especialistas que forman parte del equipo de excavación sabemos cuál era la dieta alimenticia de esa persona, las enfermedades que padeció, su edad aproximada. Se encontraron también restos de manzanas silvestres, seguramente recolectadas por esa mujer en otoño y una vez tratadas fueron guardadas para comerlas más tarde. Hemos recuperado las piedras que tallaban etc. Y con toda esta información tenemos la imagen de un pequeño grupo humano, que vive durante una temporada del año —entre marzo y otoño— a orillas del Irati.

¿Qué buscamos con la arqueología? Directamente estás cavando en la tierra, y recuperas datos que te dan información. Cuando José Miguel de Barandiaran, Hugo Obermaier o el Conde de la Vega del Sella comienzan a trabajar, casi todo lo tenían que hacer ellos mismo. Se avanzó mucho cuando Barandiarán, Eguren y Aranzadi completaron aquel equipo de investigadores: un eminente antropólogo como Aranzadi, un buen especialista en ciencias naturales que era Eguren y un arqueólogo y etnólogo que era Barandiarán. Publicaban unas memorias que comparativamente son más sencillas que las nuestras, pero con sus ideas, que eran muy brillantes. Estamos rodeados constantemente de interrogantes y hay que responderlos, a través de los pequeñísimos datos que obtenemos en cada una de las campañas.

Ignacio Barandiaran con José Miguel Barandiaran.

Como en cualquier economía de escala, me imagino que un aumento en las inversiones en arqueología traería como consecuencia un mayor y más profundo conocimiento sobre nuestra prehistoria...

Habría que buscar la rentabilidad. Entre nosotros también existen los serios y los frívolos, los ambiciosos y los no tanto. Los peseteros... A través de las comisiones que, en todos los ámbitos político-administrativos, regulan la actividad de la arqueología se llega a donde se puede. Y podemos pensar si se hace lo correcto. Se priman inversiones a las que se pueda sacar rentabilidad, digámosla, turística: un yacimiento romano puede ser más atractivo que otro de una etapa prehistórica. Existen también casos como el de Atapuerca, montado como una gran empresa, con vertientes científica y turística. Y muchas veces se olvidan o relegan inversiones en proyectos científicos sin tanto relumbrón. Esto sucede en todos los lugares. En algunas ocasiones, dependiendo del color político, se dan auténticos bandazos en la orientación de las excavaciones: los investigadores de las universidades debemos trabajar con ciclos cronológicos superiores a los que marcan las elecciones políticas o, incluso, rectorales. Pero la necesaria colaboración entre centros de distintos ámbitos autonómicos es una quimera: cuando me preguntan cómo se arreglaban los vascos en el Paleolítico superior, suelo contestar que seguramente los vascos estaban aquí pero que los que no existían eran ni la Comunidad Autónoma Vasca ni la Comunidad Foral de Navarra, ni espacios administrativos colindantes.

Ha citado repetidamente a José Miguel Barandiarán; y en este año se cumplen 20 de su fallecimiento. ¿Cómo recuerda a Don José Miguel?

Para los jóvenes estudiantes el nombre de Barandiarán no suena. Quizás, en el mejor de los casos, lo relacionan con el de algún liceo o instituto. Por desgracia, es una figura que se aleja. Yo en mis clases trato de dar una visión historicista de los estudios acerca de la prehistoria, y necesariamente cito a Barandiarán, como hito importante. Haciendo historiografía sobre el progreso de nuestra disciplina, Don José Miguel es un ejemplo. Como persona era muy discreto, profundamente serio en la investigación. Yo creo que no fue considerado en su medida, no tuvo una vida fácil. Muchas de las medallas de la arqueología científica en España habría que adjudicarlas a Barandiarán. En esta arqueología existen distintas épocas; la de los pioneros, que va desde finales del XIX hasta la primera guerra mundial, donde quienes destacaban eran personas de profesiones liberales que en sus ratos libres se dedicaban a buscar antigüedades; hacia 1910 aparecen cabezas eminentes, como el alemán Hugo Obermaier o el francés Henri Breuil; y es a partir de esa época cuando comienza una efervescencia especial, y aparece Don José Miguel, sacerdote y profesor en el Seminario de Vitoria, interesado por sus orígenes, por los ancestros prehistóricos del pueblo vasco. Barandiarán viajaba en los veranos a Alemania, asistía a cursos impartidos en alemán por Wilhelm Wundt sobre psicología de los grupos humanos —disciplina rarísima en la época— y va adquiriendo una formación autodidáctica extraordinaria sobre etnografía, visitando museos europeos en búsqueda de información. Barandiaran es una persona eminente de su tiempo, personaje fundamental en la arqueología europea, con la particularidad de que para su trabajo se ajusta al territorio que él deseaba investigar, sobre todo en Gipuzkoa. Barandiaran y Aranzadi utilizaron lo que hoy muy rimbombantemente se denominan coordenadas cartesianas —excavar con cuadrículas— reivindicadas posteriormente por otros autores.

Cuando yo tenía veintidós años, acompañaba a Don José Miguel y Jesús Altuna en sus trabajos y en el primer día de la campaña de 1959 en Aitzbitarte, Don José Miguel sacó de su mono azul de trabajo un tubo de cristal de aspirinas, lo vació y rellenó de agua dejando una burbuja de aire. Tras hacernos poner en cada extremo de la cueva a dos de nosotros, cada uno sujetando por el extremo una goma que había comprado en alguna ferretería, y valiéndose de aquel nivel doméstico, fue sacando el plano cero, que iba generando las coordenadas. Hoy para eso están los teodolitos.

Existen unas cartas preciosas que publicó Luis Barandiarán su sobrino, y que recogen la correspondencia entre Telesforo de Aranzadi, catedrático en la Universidad de Barcelona, y Don José Miguel, señalándole aquél qué es lo que tenía que comprar antes de ir a excavar al primer dolmen en que actuaron conjuntamente, en la Sierra de Altzania. Le pedía adquirir cribas, cajitas de distintos tamaños, y otros materiales. Y le da orientaciones sobre cómo actuar. Cosa hartamente difícil de encontrar en personalidades de tanta valía como esos dos.

Desde su actual situación de catedrático emérito de la Universidad del País Vasco, ¿cuáles son sus proyectos?

En mi trayectoria como arqueólogo he sido bastante reacio a aceptar colaboraciones. Hoy es imprescindible trabajar en equipo. Pertenezco a una época en que el director de la excavación, además de pedir los permisos, hacía un poco de todo, al igual que el hombre orquesta. Hoy aparecen especialistas en polen, paleontólogos especialistas en fauna, etc. y nos damos cuenta de que el hombre universal no existe, y por necesidad y por modestia debes acudir a otros. La regulación de las excavaciones, por otra parte, ha traído con ella un tremendo embrollo administrativo, que nos distrae del objetivo. D. José Miguel se libró de ello.

Mis colaboraciones han sido, fundamentalmente, con mi mujer, Ana Cava, que en su día la tuve como alumna. Ella trabaja una época ligeramente posterior, lo post-paleolítico, con lo que empalmamos cronológicamente por interés y curiosidad. Hace quince años que venimos publicando conjuntamente. Tras mi jubilación, y teniendo en cuenta que excavar físicamente es duro, voy cerrando trabajos empezados anteriormente. Y al día de hoy estamos con el penúltimo de los yacimientos navarros que excavamos y que es una estación al aire libre en la Sierra de Urbasa, importantísimo taller de piedras del Gravetiense, 25.000 a.c., donde además habitaban y desde donde se distribuía el producto a sitios tan lejanos como Asturias o el Pirineo central francés. Igancio Barandiaran Maestu (Donostia-San Sebastián, 1937)Ignacio Barandiaran nace en San Sebastián en 1397. Tras estudia la carrera de Geografía e Historia en Zaragoza, se decanta por la prehistoria. En 1964 se incorpora al plantel docente de la Universidad de Zaragoza y en 1967 consigue el doctorado. Un año más tarde es nombrado director del departamento de historia antigua de esa misma Universidad. Ha impartido clases en la Universidad de la Laguna, en Tenerife, como catedrático de Arqueología, Epigrafía y Numismática. Más tarde se incorpora a la Universidad de Cantabria, hasta que en 1980 se comienza a formar parte de la recién inaugurada Facultad de Vitoria de la Universidad del País Vasco, donde ha estado hasta su jubilación. Su especialidad ha sido el Paleolítico y el Mesolítico y ha dirigido un gran número de excavaciones de gran importancia.Ha sido entre 1980 y 1982 Presidente de la Comisión Nacional de Arte rupestre del Misterio de Cultura español. Presidente de la Comisión de Arqueología del Consejo navarro de Cultura y autor de numerosos textos e intervenciones. Es miembro de varias sociedades prehistóricas tanto extranjeras como peninsulares.Barandiaran es Premio Euskadi de Investigación (2007) y Decano de los catedráticos de Prehistoria de España. Actualmente en catedrático emérito de la Universidad del País Vascos.