463 Zenbakia 2008-11-28 / 2008-12-05

Elkarrizketa

Daniel Innerarity. Filósofo: Nunca fue el mundo algo tan difícil de entender

SALABERRIA, Urkiri

Hace frío. Tras varios días de lluvia y viento el sol se ha animado a salir y nosacaricia tibiamente el rostro. Hemos quedado en la cafetería del Kursaal, pero al encontrarnos en la puerta hemos decido pasear por el espigón de la Zurriola. El sonido del mar, el olor del salitre, olas saltandoentre las rocas, restos de troncos perdidos en el asfalto, arena y un fondo azul acero han enmarcado nuestra entrevista. Daniel Innerarity es sorprendente, como la mirada de un niño entusiasmado. Su modo de hablar, de caminar, de gesticular tiene la esencia de lo cotidiano, da la sensación de que nos conocemos desde siempre. Sus palabras, sus pensamientos y reflexiones son extraordinarias, singulares, de las que no se olvidan nunca.

¿Cómo se (auto)definiría en una línea?

Soy un curioso impenitente. El día en que el mundo deje de interesarme y sorprenderme, dejaré de reconocerme a mí mismo.

Sus recuerdos de infancia ¿cómo son?

He tenido el ambiente familiar típico de una familia con muchos hermanos. Mis mejores recuerdos son de las salidas a la montaña: Durangoaldea, Gorbea, el tren de Atxuri, cuando todavía llovía en Euskadi, antes del cambio climático... Después mis primeras salidas a los Picos de Europa y al Pirineo.

¿Y su época de Bachiller?

Hice el bachillerato de letras en Bilbao y en San Sebastián. Todo bastante normal, en la media, estudiando lo justo. Me gustaban más las actividades extraescolares que las regladas. Lamento no haber hecho un mejor bachillerato, no tendría tantas lagunas. Me paso la vida tratando de recuperarlo.

¿Hubo alguna razón que le empujara a estudiar Filosofía?

Quise estudiar Bellas Artes pero mi padre, que era ingeniero aeronáutico, no me dejó. Filosofía fue mi segunda propuesta, que tampoco le convencía demasiado porque no imaginaba cómo podía ganarse uno la vida con eso (y no le faltaba razón). Luego me di cuenta de que, en el fondo, el impulso artístico y la curiosidad filosófica eran prácticamente lo mismo y se satisfacían al mismo tiempo. Son dos formas diversas de la misma pasión por observar la realidad y comprender el mundo.

¿Cómo fue su época universitaria?

Estudié en Pamplona y después vino la típica existencia nómada de un universitario que va allá donde haya gente que tenga cosas interesantes que enseñar, aunque deba uno hacer el esfuerzo de cambiar de ambiente. Había hecho la tesis sobre Habermas, el gran filósofo de la segunda generación de la Escuela de Frankfurt, y por eso mi primera elección fue Alemania, para sumergirme en el estudio del idealismo alemán. Fueron tres años especialmente intensos, con jornadas agotadoras en la Biblioteca del Estado de Baviera, estudiando a Hegel, que me parecía un enigma impenetrable. Luego conseguí una plaza como becario de la Humboldt. Allí te trataban de una manera espacial. Recuerdo que nos recibió el Presidente de la República en Bonn a las treinta personas aproximadamente que entonces teníamos esa beca.

Tras Alemania...

Luego obtuve la plaza de profesor titular en la Universidad de Zaragoza, trabajo que pude compatibilizar con diversas estancias de investigación y como profesor invitado en varias universidades europeas: estuve en Suiza (Friburgo y Lausanne) un año, más tarde en Italia (Milán). Desde el año 2001 vivo en Francia, donde he sido profesor invitado en el Instituto de Estudios Políticos de Burdeos, en la Universidad de la Sorbona (Paris 1) y ahora mismo en el Collège de France. Ahora comienzo también a ir con frecuencia a Québec, donde me han nombrado profesor invitado y formo parte de un grupo de investigación.

¿Cómo puede compatibilizar tantas actividades en un mismo cuerpo?

Los profesores universitarios somos al mismo tiempo investigadores, es decir, no enseñamos lo que sabemos sino lo que no sabemos. Es una manera un poco provocadora de decir que el tipo de saber que nos interesa no es el saber acreditado sino el que se sitúa en las fronteras entre el saber y la ignorancia, los enigmas y los problemas, ir más allá del límite de nuestra competencia. Todo lo que escribo, mis libros, mis traducciones e incluso mis colaboraciones de opinión en la prensa, surgen de esa inquietud por comprender el mundo en el que vivimos, poner en circulación hipótesis que puedan ser públicamente discutidas.

Durante la entrega del Premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral.

“Lo quiero todo y lo quiero ya”.

¿Son los jóvenes (y no tan jóvenes) de hoy en día diferentes a los de otras generaciones?

Un mundo de cambios vertiginosos tiene como consecuencia unas mayores fracturas generacionales. A mi me gusta decir que hay un cambio de generación cuando los padres ya no pueden ayudar a sus hijos a hacer los deberes, simplemente porque no tienen ni idea. A este respecto es muy significativa la diferente competencia tecnológica que existe entre las generaciones y el hecho de que el informático de la casa suela ser el más joven. En otras épocas, bien recientes por cierto, el abuelo era el sabio de la familia; hoy le mandamos a una escuela para adultos, a las aulas de la experiencia, por utilizar el eufemismo de moda. Si toda generación ha de revisar lo que le han enseñado y transmitido, las actuales están más necesitadas de ello que nunca. Cuando se lamenta la desorientación de los jóvenes se está diciendo una media verdad: la otra mitad es que nunca fue el mundo algo tan difícil de entender.

¿Los jóvenes de hoy, lo tienen todo “demasiado” fácil?

Hay una facilidad que podríamos llamar tecnológica, de acceso a la información, pero la tramitación de esos datos, su orientación con sentido y la toma de decisiones correspondiente es mucho más difícil que la que tuvo que hacer nuestra generación. La nuestra tuvo una menor cantidad de opciones y eso era más fácil de gestionar. Creo que más o menos todos lo tenemos igualmente fácil o difícil. Puede que en estos momentos, si se me permite decirlo de una manera un tanto paradójica, su dificultad provenga precisamente de su aparente facilidad.

¿Se les quita la oportunidad de “ser felices” en una cultura del esfuerzo? ¿Se es más feliz en una cultura del esfuerzo?

Lo mejor es que te ahorren el esfuerzo en lo que no te interesa demasiado para poder invertirlo en lo que más te interesa. Está muy bien que no tengamos que ocuparnos demasiado de la supervivencia para podernos volcar en otras cosas. No soy nada partidario del discurso nostálgico que sólo ve cosas positivas en la dureza de otras épocas, a las que, por cierto, nadie querría volver. Hay cosas que hoy son indudablemente más fáciles (obtener información, desplazarse, comunicar...), pero hay otras muchas que son más difíciles (tener una imagen coherente de la realidad, gestionar el tiempo, perderlo adecuadamente...).

“Esto es así y no trates de cambiarlo”

¿Cómo, quiénes establecen en las sociedades “las corrientes”?

Cuando se habla de que nuestra sociedad se constituye en forma de red, se alude precisamente a que se trata de una sociedad de tramas en las que no hay un emisor fijo que emitiera esas corrientes por las que me preguntas y al que habría que sacar a la luz. Todos somos activos y pasivos a la hora de asentar esas corrientes de opinión. Por eso me gusta hablar de que vivimos en una sociedad de los rumores, en la que casi todo lo que sabemos lo sabemos de segunda mano, por haber oído hablar, pero sin haberlo podido comprobar personalmente.

¿Es posible vivir a “contracorriente”?

En el marasmo de esa opinión común tendemos a ser meros transmisores de rumores, es decir, a contar lo que hemos oído pero no hemos experimentado por nosotros mismos. La Ilustración nos exhortaba a valernos de nuestro propio entendimiento, pero hoy en día todo es correcto, falta ese elemento de pensamiento crítico que consiste en atreverse a equivocarse sólo, fuera de la marea, la ola, la corriente común, o como lo queramos llamar. Pero tampoco tiene uno razón necesariamente por llevar la contraria; esas formas elementales de crítica y oposición han dejado ya de ser una expresión de originalidad.

“Batallitas y preguntas”

Antes hemos hablado de que hasta no hace tanto tiempo, el abuelo era el sabio de la familia. En la sociedad actual, ¿dónde están nuestros mayores y nuestros niños?

Nunca hubo una sociedad con mayores heterogeneidades y eso se pone de manifiesto también en la coexistencia de las generaciones. Pero eso supone también una serie de conflictos de intereses, que saldrían a la luz si los niños fueran conscientes de sus derechos y comprobaran que muchas veces hipotecamos su futuro con nuestras decisiones actuales.

Qué contestaría al típico: Los mayores cuentan “batallitas” y los niños no callan con sus preguntas “impertinentes”.

Hay una sabiduría de la narración y hay una sabiduría de la ingenuidad; hay quien tiene experiencia y hay quien estrena el mundo. Ambas cosas son necesarias. A mi me gusta entender la filosofía como un ejercicio permanente de ingenuidad para la que no hay nada impertinente.

¿Hemos perdido esas sabidurías?

Solemos dirigir nuestros sensores hacia aquellas dimensiones de la realidad que nos dan la razón y deberíamos corregir reflexivamente esta tendencia natural y ejercitarnos en el arte de no tener siempre razón. Esa es la inocencia que institucionaliza la filosofía: prepararse para que la realidad nos sorprenda con descubrimientos interesantes, huir de la redundancia y de la corroboración.

“La caja ultraplana”

¿Es la tele la culpable de muchos males del alma?

La televisión es algo que debe ser bien gestionado, como ocurre con todo lo que nos ofrece infinidad de posibilidades, pero que no viene con instrucciones de uso, que es algo que debemos construírnoslos nosotros mismos. Es una buena metáfora de nuestro mundo: hay más posibilidades que capacidades (de tiempo, de atención). En buena medida la formación es la autonomía en la decisión acerca de cómo adaptar esas posibilidades ilimitadas que se nos ofrecen a nuestras condiciones limitadas.

“El poder del carro”

¿Se puede hacer política con el carro de la compra?

La mayor fuerza transformadora está hoy en los estilos de vida. En el debate sobre desarrollo sostenible los consumidores ocupan ahora un lugar central; ellos son los que pueden “hacer política con el carro de la compra”. Existe un contrapoder de los sujetos que es preciso activar; las prácticas cotidianas de la comida actúan sobre las relaciones de poder que constituyen el complejo mundo de la alimentación (y, por añadidura, el mundo en general). Dentro de los espacios de juego existentes, nuestra libertad de determinar qué y cómo comemos establece límites reales a la industria y a la política.

“Hombres y mujeres”

¿Somos iguales? ¿Somos diferentes?

El dilema entre la igualdad y la diferencia se debe formular hoy así: hay quevolver a valorar las diferencias para avanzar en la lógica de la igualdad. La misma dinámica de la democratización que exige radicalizar la igualdad es la que nos conduce a entender la identidad diferenciada. No podemos poner entre paréntesis las diferencias reales si queremos reconocerlas en pie de igualdad. Son diferencias que han de ser reconocidas en igualdad, ciertamente, pero en tanto que diferencias.

Durante la entrega del Premio Eusko Ikaskuntza-Caja Laboral.

“Lo diferente”

¿Qué suscita lo diferente temor o interés?

Lo diferente ha sido siempre, en todas las culturas, fuente de fascinación y causa de temor. Pero el avasallamiento de la alteridad no es un destino inexorable; el trato con lo extraño puede aprenderse. La madurez, en el plano individual y también en el plano colectivo, consiste en haber descubierto que lo propio se constituye y enriquece también en el encuentro continuo con lo extraño. Aprender a valorar la diversidad no equivale a una deserción, sino a un enriquecimiento de lo propio.

“Identidad”

Existe la identidad como ente “absoluto” o es un sentimiento relativo a una comparación. ¿Tenemos derecho a ejercer de lo que nos sentimos o hay que aceptar ser lo que otros nos dicen que somos?

Te contestaré con una observación de Claudio Magris que considero muy digna de ser tomada en consideración: el mejor modo de liberarse de la obsesión de la identidad es aceptarla en su siempre precaria aproximación y vivirla espontáneamente, es decir, olvidándose de ella; así como se vive sin pensar todo el tiempo al propio sexo, en uno mismo; también es mejor vivir sin pensar demasiado en la vida.

“Conocimiento”

¿Es la experiencia estética equivalente a la mística? ¿Son puertas que nos acercan al conocimiento?

Son fundamentalmente situaciones en los que el yo está por encima de sí mismo, encontronazos con lo que nos rebasa y, por ello mismo, fuentes inagotables de reflexión. El arte pone a nuestra disposición una irremplazable posibilidad de experiencia.

Hay escépticos que dudan de la existencia de este tipo de experiencias, pero algunas personas dicen que una experiencia estética es similar a un orgasmo...

De la existencia del orgasmo hay menos gente que duda, pero también es un asunto que tiene que ver con el misterio de la condición humana. En uno y otro caso, nos topamos con enigmas muy serios y no hay peor cosa que la banalización de la religión o de la sexualidad.

¿Es Dios necesario?

Si Dios existe, no puede ser necesario, tiene que estar por encima de la necesidad y de la no-necesidad. Es una de las cosas que aprendí de mi etapa de estudio del idealismo alemán: todos los intentos de demostrar la necesidad de Dios, decía Hegel, concluyen en uno que es sólo un “Dios al final”, es decir, un Dios que resulta de una demostración, que se acredita como conveniente para la vida. No es que Dios sea inútil, contingente, perjudicial o absurdo; es que no puede ser comprendido más que de manera muy deficiente por medio de esas categorías.

“Futuro”

¿Por qué nos empecinamos en querer saber el futuro? ¿Es responsabilidad para con nuestros hijos?

El deseo de anticipar el futuro es una constante en la historia de la humanidad. Esta previsión resulta mucho más necesaria en una civilización dinámica, en la que quien sólo se atiene a lo que pasa no comprende ni siquiera lo que pasa. La imaginación ocupa una buena parte del espacio que era propio de la observación. De ahí que todos, individuos e instituciones, nos veamos obligados a reforzar nuestras capacidades de anticipación y prospectiva.

¿Qué les desea , qué les pide a sus hijos? Y nosotros ¿qué les ofrecemos a nuestros hijos?

Es necesario que nos planteemos con toda radicalidad la cuestión de la justicia intergeneracional. Las discriminaciones que están vinculadas a la edad o condición generacional (que una generación se imponga sobre otra o viva a costa de ella) plantean unos desafíos particulares al ejercicio de la justicia. La mayor parte de las decisiones políticas que adoptamos tienen un impacto sobre las generaciones futuras. ¿Es moralmente aceptable transmitir a las generaciones futuras los residuos nucleares o un medio ambiente degradado o una deuda pública considerable o un sistema de pensiones insostenible? Se trata de examinar con criterios de justicia las transferencias que se realizan de una generación a otra, la herencia y la memoria, pero también las expectativas y posibilidades que se entregan a las generaciones futuras, en términos de capital físico, ambiental, humano, tecnológico e institucional. Habría que pasar de una propiedad “privada”, generacional, sobre el tiempo a una colectivización intergeneracional del tiempo y especialmente del tiempo futuro. Daniel Innerarity Grau (Bilbao, 1959) Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra, Profesor Titular de Historia de la Filosofía de la Universidad de Zaragoza (desde 1990), Profesor invitado de la Universidad de la Sorbona (Paris I) y del Instituto de Estudios Políticos de Burdeos. Es autor de nueve libros de reflexión, como La transformación de la política (Premio de Ensayo Miguel de Unamuno 2002 y Premio Nacional de Literatura, modalidad de Ensayo 2003), La sociedad invisible (XXI Premio Espasa de Ensayo, 2004) o El nuevo espacio público (2006). Además, ha participado en cerca de 50 publicaciones colectivas, es articulista en prensa generalista y especializada, conferenciante y activo participante en congresos internacionales. Sus obras han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Y él mismo se ha encargado de la traducción de clásicos del pensamiento y la literatura alemana tales como Friedrich Hölderlin, Friedrich Schiller, Johann Gottlieb Fichte, Hans Robert Jauss o Hans Blumenberg. Es miembro del Consejo Asesor de Baketik, del Consejo Vasco de la Cultura, de la Academia de la Latinidad, del Consejo de Redacción de la Revista Internacional de los Estudios Vascos, RIEV, y del Consejo Asesor de Socios de Honor de UNESCO Etxea. Este año 2008 se le ha hecho entrega del Premio Eusko Ikaskuntza - Caja Laboral.