429 Zenbakia 2008-02-22 / 2008-02-29

Gaiak

El “Jaun de Alzate” de Pío Baroja, ¿una resonancia de “Fausto” en el Bidasoa? (II/II)

ROSAS VON RITTERSTEIN, Raul Guillermo

:: El “Jaun de Alzate” de Pío Baroja, ¿una resonancia de “Fausto” en el Bidasoa? (I/II)

“[...] Antes de que llegue la época en que las presas y los saltos de agua hayan desfigurado definitivamente el Bidasoa, el pequeño río de nuestro pequeño país; antes que los postes sustituyan a los árboles y las paredes de cemento a los setos vivos, y los tornillos a las flores; antes de que no queden más leyendas que las de las placas del Sagrado Corazón de Jesús y las de la Unión y el Fénix Español, quiero cantar nuestra comarca en su estado natural y primitivo, y expresar, aunque sea de una manera deficiente y torpe, el encanto y la gracia de esta tierra dulce y amable [...]”.

(Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate", Prólogo.)

S Goethe. obre aquellos datos escuetos que indicábamos en la primera parte acerca de la existencia de unos desaparecidos señores de Alzate, es que don Pío desarrollará entonces su libro que, dada la insoslayable influencia del “Faust” goethiano, se nos presenta en gran parte como una especie de comedia vasca alrededor de ciertos aspectos del drama alemán. Pero en realidad, como tantas otras obras de Baroja, bajo ese matiz “cómico, lírico, fantástico”, como él mismo lo denomina en el Prólogo, late esa misantropía profunda que le caracterizara, y que busca por la vertiente cómica destacar lo absurdo de la vida y de las creencias excesivamente arraigadas, al igual que en ese juego de realidades sobre quinientos años de “Zalacaín...” acerca del cual ya hemos hablado. El héroe de Goethe, como el de Baroja, busca la trascendencia y el acceso a la verdad última, pero en un marco errado y trágicamente grandioso, que se cierra con una epifanía sin par, mientras que el vasco, por su parte, muere buscando ver sus “montes queridos” desde la ventana, acompañado por el canto popular de un más que dudoso loco y deja tras él apenas un diluído recuerdo del cual diversos intereses en pugna buscan apropiarse de inmediato.

Los errores de Fausto son atroces, los de Jaun, casi nimios, en especial si los comparamos, pero el personaje alemán alcanza la redención, en tanto que del vasco nada se sabe tras su muerte, ni siquiera si le aguardan las postrimerías cristianas o la reunión con los dioses desplazados... es como si Jaun prefigurara arquetípicamente la idea de su autor en cuanto a la decadencia, al callado final de los vascos. Es que Baroja busca conscientemente en esa línea reducir a eso que él llamaría una escala menor, más amable y casera, el vasto alcance del drama alemán. Fausto se enfrenta a un demonio que, si bien revestido de ciertos aspectos propios del mundo del Ancien Régime que todavía impresionaban la vida de Goethe, no deja de ser atrozmente trágico y terrible, hasta en su derrota final, en tanto que Jaun sufre los embates seductores de Chiqui y Martín Ziquin, dos colegas menores de Mefistófeles y bastante chapuceros en su accionar, cuya tarea es impedir que Jaun acepte el cristianismo, y cuyo carácter señala con nitidez Baroja al introducir en su presentación aquella copla burlesca que dice: “Martín Ziquin / erregueren sorguin, / tipula eta gatz / ipurdian atz”...

Existe inclusive otro personaje, o mejor dicho una ausencia representativa del mismo que, siendo común a ambas obras, pese a las evidentes diferencias de circunstancias y matices, nos muestra además la forma en que Baroja ha manipulado la idea “fáustica” de Goethe para su: “...canto... pequeño y sin grandes horizontes...” Como señalaba el crítico Reinhold Schneider hace ya más de cuarenta años, “...en ‘Fausto’ el Imperio se hace presente solamente en una forma fantasmal y vacía, como sitio para las obras de hechicería de Mefisto...”1 En “Jaun...”, por su parte, la presencia política es aún más hueca, más allá de aquella afirmación ya devenida en proverbial de don Pío en cuanto a su sueño de una república del Bidasoa “...independiente: sin moscas, sin frailes y sin carabineros.” Es que, del mismo modo en que proyectaba Goethe sobre su imaginario paisaje medieval la problemática a él contemporánea que sobre su tierra representaba la pesada herencia política del “Sacro Imperio Romano Germánico de la Nación Alemana”, no olvida Baroja, tal vez sin darse clara cuenta él mismo de hacia qué punto de contacto con sus aborrecidos bizkaitarras progresa al hacerlo, la tensión que marca la vida de Euskal Herria desde por lo menos la Modernidad. Unas de entre muchas citas posibles del “Jaun” basta para señalar que lo que Baroja atribuye al secular instinto de libertad egoísta de los vascos puede ser asimismo explicado por la carencia de un referente propio. Veamos: “Mis enemigos son los carabineros y los aduaneros. [Loti] quiere hacer creer... que nuestro enemigo único es el cetrino carabinero español; pero lo es tanto, casi siempre lo es más, el tripudo aduanero francés, con sus bigotes amarillos y su nariz colorada.”2, o “Soy el aventurero vasco, ni español ni francés [...] No me importan las ideas ni las patrias; no tengo más patria que mi caserío y, después, el ancho mundo [...] Carlos V o Francisco I, Juan de Austria o el condestable de Borbón, el Papa o Lutero, Pizarro o Pedro de Ursúa, todos me parecen bien si me llevan al éxito...”3

Pero todo esto no quiere decir que nuestro autor haya buscado apenas remedar en clave cómica el drama alemán para ejercer una crítica más. En realidad, al analizar las partes y recursos de su “Jaun...”, las reminiscencias faustianas saltan a la vista, pero todo es como si Baroja no se hubiera inspirado tanto en la línea general de aquel drama, sino que hubiera extraído motivos secundarios del mismo a los cuales, por otra parte, da un sentido muy diferente del que revisten en el clásico de Goethe (un modelo típico es la burla que desarrolla en lo que es sin la menor duda una variante de la excursión funambulesca de las dos “Noches de Walpurga” en el “Fausto”, tema de contacto el más desarrollado de todos por este donostiarra hijo que adoptó a Bera como su patria chica.) Esto ha de deberse en parte a ese sentimiento dúplice que albergaba don Pío en cuanto a los germanos, cuyos motivos resultarán especialmente claros si tomamos en consideración los acontecimientos del momento en el cual escribía, un sentimiento que expresa muy bien en sus memorias de años más adelante al decir, entre tantas otras cosas: “Yo creo firmemente, sin muchos datos quizá, que en filosofía y música los alemanes son los primeros. En ciencia han estado a gran altura. Ahora, en literatura, abunda en ellos la cursilería y el mal gusto. Yo creo que en Alemania no ha habido un novelista ni un dramaturgo soportable. Las novelas de Goethe son de una pesadez completamente germánica; a los dramas creo que les pasa lo mismo, [subrayado nuestro] empezando por los de Schiller y acabando por los de Hauptmann y Sudermann. Todo ello me parece suficiencia y pedantería.”4 En la vertiente literaria, estos conceptos de Baroja reaparecen de otro modo cuando Jaun considera a los distintos pretendientes que piden la mano de su hija; “Haroldo el Vikingo”, un nórdico, le resulta a Jaun/Baroja demasiado sanguinario: “Yo no soy tan fiero como tú, vikingo, ni mi hija tampoco. Eso de beber en los cráneos no me entusiasma; tú eres un guerrero feroz, yo soy un buen campesino; no nos entendemos.”5 Esto es nada más y nada menos que una transposición de la despedida de Urtzi-Thor cuando vuelve “a sus desiertos helados”, con lo cual cada vez se torna más complicado el intento de interpretar linealmente las acitudes barojianas.

Francisco Navarro Villoslada. Y es este recuerdo de Urtzi-Thor el que nos conduce a otro punto propio del enfrentamiento barojiano con la Edad Media y sus cultores y a hablar de “Amaya”. En efecto, esos coros tristes acerca del alejamiento del dios nórdico que inician las partes del “Jaun”, juegan un papel similar al que en la obra de Navarro Villoslada tiene el patriarca Aitor, siempre presente en el pensamiento de todos los personajes. Todo el que haya leído a don Pío recordará esos malabares filológicos muy a la moda de su época, que hacía para identificar a ambas figuras. Urtzi Thor encarna la esencia vasca que se aleja, Aitor su permanencia pero a la vez, en la óptica del autor de “Amaya”, un complicado preanuncio de los mejores tiempos que traería la nueva Fe, cosa que naturalmente se opone por completo a la postura barojiana. Por eso su Urtzi se va para no volver. Es muy presumible que el carácter ríspido de la sacerdotisa Amagoya le hubiera resultado más simpático a Baroja, al menos su postura en la novela de Navarro es más similar a la que él parece defender. En otras relaciones con el “Amaya” que ya habíamos anticipado. Como algunos ejemplos de entre tantos, el malvado personaje de Basurde de aquella larga novela reaparece como siempre en tono menor en el mal servidor de Jaun que no casualmente lleva el mismo nombre, y de ser para Navarro Villoslada “...el terrible, el astuto, el avaro pagano6”, el nuevo Basurdi se transforma en un glotón cobarde que mira solamente por su interés y dada su estolidez es hasta incapaz de acciones realmente malas. Los contactos cuasi humorísticos se repiten, como en aquella escena que desarrolla Navarro para el momento en que Millán anoticia a Amagoya, la terible sacerdotisa de la religión tradicional, como hubiera dicho Baroja, de que sus parientes cercanos, Lartaun, Usoa, Amaya..., se han vuelto cristianos y adoptado otros nombres: Pedro, Columba, Constanza...7, transpuesta por don Pío en la reacción de Jaun al recibir parecidas nuevas de su hija que transcribimos en parte:

“J.-¿Así que os habéis hecho cristianos?

Ch.-Sí, nos hemos bautizado.

J.-¿Mi hermana también?

Ch.-También

J.-¿Y Ederra, mi hija?

Ch.-Es de las cristianas más entusiastas de Easo.

J.-¿Habéis catequizado a mi hija?

...

J.-Está bien, está bien. ¡Nos hemos lucido!”

...

J.-¡Ederra, hija mía! ¿Es verdad que has abandonado nuestra creencia y te has hecho cristiana?

E.-Sí, padre, me he bautizado. Ahora me llamo María.

...

J.-¡La verdad!, ¡la verdad! Cada pueblo tiene su verdad.- El catolicismo será la verdad de los forasteros, de los maquetos, pero no la nuestra. 8

De tal modo, queda muy lejos de la intención de Baroja retomar aquello que llama “pesadez germánica”. Y sin embargo... Aprovecha don Pío el momento por él planteado en que se produciría la transición del paganismo a la creencia cristiana para exponer por boca de diversos personajes de la obra, en especial Jaun, Arbelaiz el pagano y algunos sacerdotes de la nueva Fe, la batería de concepciones que, en cuanto a la antigua religión naturalista vasca, desarrollaban de modo contemporáneo los grandes investigadores del pasado lejano de Euskal Herria, y también de ese modo llega a tener ciertos puntos de contacto con las formas del escritor alemán que aprovechaba asimismo su trabajo monumental para deslizar en él ideas propias de corte científico.

Existe en el trabajo un punto en donde la manera barojiana de tejer y entretejer las relaciones coloca en íntimo contacto la descripción de un ambiente, que confunde y amalgama el laboratorio del Fausto goethiano con la habitación de la torre en la que Jaun se dedica a su nuevo objetivo, la búsqueda de la verdad (“A veces tengo esperanzas de encontrarla; me parece que veo una luz a lo lejos y marcho por aquí y por allá en su busca...”)9 y la sinagoga iruñarra que Navarro describe en el segundo volumen de “Amaya...”

Más allá de esas similitudes y aprovechamiento de motivos externos, la angustia que moviliza a Jaun es exactamente la misma de Fausto, pero su resolución, si es que podemos decir que la haya, es absolutamente terrenal y humana. Nuestro héroe muere con las mismas dudas con las cuales vivió, pero más amarguras si cabe, y su vida se desliza en ese “...rincón del Bidasoa [que] no tiene brillante cultura ni esplendorosa historia [...], un país humilde, pero es un país sonriente e ingenuo...”10 Es así que de pronto, en la prosa del “Jaun...” surgen de una manera que podríamos considerar como lógica, más que reminiscencias de otro personaje medieval, pero mucho más pedestre -en los varios sentidos del término-, que el nigromante germano o mejor dicho la visión que de él genera Goethe. En efecto, hay momentos en que las palabras de los actores secundarios de la obra barojiana presentan netos ecos de François Villon, en suma y más allá de sus caminos tan alejados de la rectitud, otro poeta de lo pequeño y lo cotidiano. Basta leer el “Epitafio”11 o la “Balada a la Virgen María”12, para reconocer las voces que vibran en la misma cuerda, bastante más de cuatrocientos años más tarde, cuando Baroja hace hablar a personajes secundarios, modelados es de suponerse, sobre aquellas gentes que conociera en su vida rural.

Este Jaun, muy anterior a los Alzate de quienes leyó Baroja en la Crónica de Lope, se desliza por los espacios del mito y la libre inventiva, y por éllo es que no se arredra el autor ante los anacronismos que adrede deja en la obra, como cuando entre tantas otras cosas habla de la recolección del maíz en la Edad Media vasca, o cita a los maquetos, y tampoco se detiene en el momento de escribir cosas como esta: “Según un genealogista, el primer Alzate se llamaba Eguzki (Sol) y su madre Illargui (Luna). Otro investigador añade que un abuelo de nuestro héroe, en su juventud, mató a un dragón que se escondía en una cueva del monte Labiaga. Apoyándose en estos datos, ha habido erudito que ha considerado a Jaun de Alzate como un mito solar. No lo creemos: para nosotros (y hablamos en plural, como si fuéramos muchos), para nosotros, Jaun de Alzate vivió, tuvo una existencia real en el mundo de los fenómenos.”13

Jaun es, como no podía ser de otro modo, un avatar más de aquello que Baroja en cierta forma hubiera deseado ser y al mismo tiempo un reflejo de su asendereada vida. Como lo indicaba un comentarista chileno, era muy común en él la postura de “...tomarse a sí mismo como punto de partida y centro constante de interés de su mundo novelesco.”14 En esta línea, Jaun representa su aceptación reticente de aquel momento en el cual, a su juicio, había comenzado a perderse la esencia de la libérrima alma vasca, y los tristes últimos años de vida del señor de Alzate establecen un paralelo con los suyos, “desde la última vuelta del camino”. La eterna contradicción de Baroja se hace clara asimismo cuando, de nuevo, retoma para su crítica de la sociedad moderna, una idea que parece justamente lo opuesto a su postura usual: “No, no es que yo sea de las momias [...] de los badulaques, que quieren despreciar a la Ciencia, la ciencia admirable que crea, que imagina y que inventa -la única religión de Europa-...”15 Estas palabras llevan a pensar que la enemistad de Baroja se enfoca más bien contra los sacerdotes antes que contra las religiones, problema sobre el cual tanto se ha escrito que seguimos sin llegar a ninguna solución...

El último juego que se permite Baroja con los motivos de Goethe surge ya al final de la obra, con el personaje ya fallecido en camino del cementerio, mientras los padres “Prudentius”, “Fanaticus” y “Angelicus” discuten qué hacer con el pagano, cada uno representando la actitud del nombre que el autor ha creado para él, y que es, como siempre, una reminiscencia del “Pater Ecstaticus” -san Antonio-, el “Pater Profundus”-san Bernardo-, el “Pater Seraphicus”-san Francisco- y el “Doctor Marianus”-tal vez asimismo Bernardo de Clairvaux o Duns Scotus-, presentes en el final del Fausto. Y el modelo continúa, los santos y Doctores de la Iglesia goethianos se transforman aquí en simples personajes de aldea sin mayores perspectivas.

Pero todo el sentimiento doloroso que late detrás de la pretendida comedia se halla expresado en las palabras del demonio Txiki, casi al final del texto: “Voy a decir que Jaun no ha muerto; que yo he llenado su ataúd con tierra; que Jaun vive, y que no morirá; que yo lo he escondido en una cueva del monte Larrun, y que vivirá mientras el país vasco sea esclavo de los católicos, y que cuando llegue el momento, Jaun aparecerá con el martillo de Thor a romper en pedazos el mundo de la hipocresía y del servilismo, y a implantar el culto de la libertad y de la naturaleza.”16 Estas palabras hallarían once años después y en la tierra y el pueblo que vieron nacer al “Fausto”, un eco deformado y terrible, y en una extraña manera, sus efectos llegarían en pocos años más hasta la patria vasca, de un modo que Pío Baroja seguramente no hubiera imaginado ni querido, puesto que carecía de maldad. En Jaun coloca en dos campos opuestos a vascos y judíos, teniendo en cuenta que para él el cristianismo es una idea judía y que, por lo tanto, es en última instancia ese pueblo el supuesto culpable de la decadencia de la personalidad vasca17 (en ese punto vuelve a resonar otro eco paradójico de “Amaya”, como podrá notar cualquiera que haya leído a Navarro Villoslada.) Tampoco tuvo que ver el solitario de Itzea en su conjuro, pero hoy palabras como estas que alguna vez escribiera: “Somos los hijos de Aitor, del totem del Toro. No conocemos la esclavitud ni la servidumbre. Trabajamos la tierra con nuestros bueyes, y cuando nos atacan guerreamos. Nuestra única religión es la Naturaleza, el Sol y la Luna, el agua fecundante y el rayo purificador. Vamos buscando por el mundo tierra y libertad. Somos los hijos de Aitor, del totem del Toro...”18 adquieren más allá del eco nietzscheano, otro sentido, como integrantes de otro discurso, y se revisten de colores sombríos asociados a otro pensamiento que bebió en similares fuentes. Gernika y Durango aún nos lo recuerdan. ¿Se lo habrán recordado a él en sus últimos años? Es de suponerse. Bibliografía: Baroja, Pío: “Desde la última vuelta del camino –Memorias– Bagatelas de otoño”, Biblioteca Nueva, Madrid, 1.949. “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa Calpe, Madrid, 1.972. “El País Vasco”, Labor, Barcelona, 1.953. “Obras completas”, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1.948.. Matus, Eugenio: “Introducción a Baroja”, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Santiago de Chile, 1.972. Placer, Eloy L.: “Lo vasco en Pío Baroja”, Ekin, Buenos Aires, 1.968. 1 Schneider, Reinhold: “Franz Grillparzer. Der letzte Dichter des alten Österreichs’ „ , en Jahrbuch der Grillparzer-Gesellschaft, III S., T. III, pp. 7-27, Wien, 1.961. 2 Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa-Calpe, Madrid, 1.972, p. 79. 3 Id., p. 81. 4 Baroja, Pío: “Desde la última vuelta del camino – Memorias – Bagatelas de otoño”, Biblioteca Nueva, Madrid, 1.949. 5 Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa-Calpe, Madrid, 1.972, p. 39. 6 Francisco Navarro Villoslada, “Amaya o los vascos en el siglo VIII”, Biblioteca del Apostolado de la Prensa, Vol. I, p. 124, Madrid, 1.909. 7 Francisco Navarro Villoslada, Op. Cit., Vol. II, Cap. IX, p. 393. 8 Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa-Calpe, Madrid, 1.972, p. 34. 9 Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa-Calpe, Madrid, 1.972, p. 94. 10 Id., p. 14. 11 “ [...] La pluye nous a buez et lavez, / et le soleil desechez et noircis / Pies, corbeaulx, nous ont les yeux cavez, / et arraché la barbe et les sourcilz. / Jamais, nul temps, nous ne sommes assis, / puis çà, puis là, comme le vent varie, / a son plaisir sans cesser nous charie, / plus becquetez d’oiseaulx que dez à couldre / ne soiez donc de nostre confrairie, / mais priez Dieu que tous vueille absouldre! [...]” St. John Lucas: “The Oxford book of French Verse”, Villon, 1.920. 12 “[...] Femme je suis povrette et ancienne, / qui riens ne sçay oncques lettre ne leuz, / au moustier voy dont suis paroissienne / paradis paint, où sont harpes et luz, / et un enfer où dampnez sont boulluz: / lùng me fait paour, l’autre joye et liesse. / La joye avoir me fay, haulte Deesse, / a qui pecheurs doivent tous recourir, / comblez de foy sans fainte ne paresse / en ceste foy je vueil vivre et mourir [...]” Id. 13 Esto resulta además, claramente un espolazo a los investigadores etnógrafos vascos a él contemporáneos, cuyos trabajos sin embargo seguía muy de cerca. 14 Matus, Eugenio: “Introducción a Baroja.”, Ediciones Universitarias de Valparaíso, Santiago de Chile, 1.972. 15 Pío Baroja: “La leyenda de Jaun de Alzate”, Espasa-Calpe, Madrid, 1.972, p. 14. 16 Id., p. 146. 17 Es así notable que Baroja postule en una de sus obras que a los alemanes les esté reservada la misión de arrasar con el cristianismo, siendo Alemania, a su juicio, el país llamado a reemplazar los mitos: “...la religión, ... la democracia, la farsa de la caridad cristiana, por el orden y por la técnica.” “Obras Completas”, T. V, p. 152. 18 Baroja, Pío: “El laberinto de las sirenas”, Obras Completas, II, p. 1302. :: El “Jaun de Alzate” de Pío Baroja, ¿una resonancia de “Fausto” en el Bidasoa? (I/II)