Un teatro para la paz
Octavio Arbeláez Tobón

"...Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
-Qué es ser colombiano?-
-No lo sé- le respondí- Es un acto de fe..."


(J.L. Borges "Ulrica" en "El libro de arena")

El uso desgasta las palabras. Para el colombiano promedio la paz es sólo una palabra inserta en los discursos de los políticos, a veces incluso preguntamos por ella:
Cómo está la paz?
Shh respondemos, hablemos bajito, la pobre esta muy enferma.

Y es que un asunto tan serio como la paz de un país no debería estar en manos de los políticos, debería pertenecer al imaginario de un pueblo que hurga en su memoria atávica alguna cosa que se asemeje a lo que dicen que es eso.

Es entonces que aparecen los creadores transformándola en gestos, imágenes, palabras que quieren significar, o simplemente en unas miradas que se cruzan y reconocen al otro como interlocutor.

Nuevamente aparecen los políticos y formulan los discursos: una cultura para la paz, paz para la cultura, cultura y paz, cultura de paz, y un largo etcétera que incorpora la paz como motivo, al final, complacidos con su aporte, los ilustres ciudadanos que hablaron, y los no menos ilustres que escucharon, sienten que por fin se ha escuchado algo distinto, y que la cultura tiene un papel fun-da-men-tal que jugar en el proceso de paz de la nación colombiana que...

El paso del tiempo nos hace cada vez más escépticos. Aturdidos, miramos cada día el desfile de los horrores de la guerra. La muerte ronda y aletarga, nosotros comenzamos a registrarla como hecho cotidiano, al lado del fútbol, o de las últimas noticias sobre el avance de la ciencia, al final nuestra última barrera de defensa frente al horror es la indiferencia, algunos se van a otros países a construir esperanzas, otros se incorporan a la confusión general, los más deambulamos de tumbo en tumbo buscando alguna dirección que nos lleve a alguna parte, construyendo quizás alternativas frente al irracionalismo, queriendo decirle al mundo que aun estamos aquí.


Los que generan el hecho escénico se asoman desde sus propuestas de trabajo apenas a la superficie de la situación. Se describe el drama de los desaparecidos en la toma del palacio de justicia ("Las Siempreviva" de Miguel Torres del Teatro el Local ), o se propone la violencia como una sensación, como una atmósfera ("El paso" de La Candelaria) o describen situaciones imbricadas en la violencia cotidiana ("Ruleta rusa" de Víctor Viviescas ), o registran el hecho simbólico generado por la muerte ("El país de los ciegos" de Alvaro Restrepo). Al final, la sensación de estar sumergidos en un laberinto adedálico, nos lleva a creer que el mero hecho de permanecer generando espacios creativos, y de vida, quizás, sean los gérmenes de algo parecido a la vida cotidiana inteligente de cualquier país en condiciones de normalidad.

La generación de espacios de encuentro como el festival de teatro de Manizales, apunta en esa dirección: gestos y palabras puente entre la ciudad y la vida, que tal vez esté en otra parte. Pero, en todo caso, búsqueda incesante de permanecer aquí como testigos de nuestro tiempo, para que no sea el tiempo del silencio.

Por todo esto, ante la cuestión planteada de una relación entre teatro y paz, las respuestas que se Festival latinoamericano de teatro 1973vislumbran no provienen de la diosa razón, mas bien de la intuición de quienes aun creemos que las artes de la representación nos re-presentan, tal y como somos, queriendo construir la memoria futura, en que el acto heroico sea el cotidiano, en que los grandes gestos provengan de permitirnos hacer lo que sabemos hacer diariamente: teatro, que es como la vida misma.

Cuando irrumpió en el panorama un señor de pipa, que provisto de un fusil en la espalda, y cubierto de un pasamontañas hablaba a los medios de comunicación en clave poética, tuvimos la visión de una guerrilla retórica, cuya munición eran las palabras. De hecho alguno de aquellos políticos que eran hegemónicos en el México del PRI, propuso quitarle la máquina de escribir al sub-comandante del EZL como el mejor mecanismo para desarmarlos.

Pues tiene razón el anónimo político, pues sólo nos restan las palabras, y a ellas nos aferramos como la última esperanza, para que de los monólogos de siempre pasemos a los diálogos, y que cada vez sean mas los incluidos en la construcción de los discursos de paz.



Octavio Arbeláez Tobón, Presidente Red de Promotores Culturales de Latinoamérica y El Caribe - Director del Festival Latinoamericano de Teatro de Manizales - Colombia

Euskonews & Media 131.zbk (2001 / 7 / 13-20)


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