El Golfo de Bizkaia ante el nuevo milenio
Xabier Ezeizabarrena Sáenz

Durante los últimos años, asistimos cada mes de Septiembre a un hecho singular en nuestras costas. Gran parte de los arrantzales vascos dedican no poco esfuerzo y tiempo a la incesante tarea de recoger algas de las playas y fondos marinos, que luego secan al sol durante una temporada, para ser más tarde vendidas en masa a diversas empresas productoras de cosméticos y otros productos confeccionados a base de estos líquenes.

Este hecho singular es tan sólo un pequeño botón de muestra acerca de las dificultades que vienen padeciendo nuestros pescadores para subsistir mediante el único desarrollo de sus actividades pesqueras tradicionales.

Durante años los vascos hemos vivido de cara al mar, cuando no nos hemos alimentado del mismo. Nuestros más lejanos antepasados fueros ilustres marinos y osados cazadores de ballenas en Terranova donde aún residen bastantes descendientes de aquellos pescadores pioneros.

Hace menos tiempo la flota bacaladera vasca también navegaba en parejas hasta aguas más frías en busca de capturas provechosas. Los viajes eran largos y penosos, hasta el punto que durante el invierno los marineros se afanaban sin descanso con sus picos y martillos en acabar con las masas de hielo que se abrazaban como lapas a los obenques de los buques. Aquella flota que buscaba el bacalao en Terranova contaba a pricipios de siglo con casi 200 buques sólo en Pasajes, de los que hoy a penas restan 15 o 20. Esta temporada sin ir más lejos, y sobre todo debido a la escasez de bancos, la pesca del bacalao ha sido vedada para la flota de la península de forma taxativa.

De este modo, la flota vasca sobrevive gracias a la captura artesanal de la anchoa y el bonito fundamentalmente, en sus dos respectivas temporadas anuales. Entre la especie mencionada en segundo término, la tasa de capturas no levanta el vuelo desde la nefasta aparición de las flotas de deriva surcando el Golfo de Bizkaia.

Existen asimismo estudios científicos que demuestran la disminución progresiva de los recursos pesqueros, y entre quienes viven de ello, el descenso de las capturas en el Golfo de Bizkaia resulta algo incuestionable. Mientras tanto, no dejan de sorprendernos las constantes apariciones en la costa cantábrica de ejemplares de ballenas o rorquales varados en nuestras playas, así como la de algún extrañísimo ejemplar de una de las tortugas de mayor tamaño del planeta. También entre los navegantes puede constatarse la variación anormal sufrida por los vientos en estas zonas, hasta parámetros de fuerzas muy bajas o escasez en determinadas épocas, con una más que preocupante permanencia en el tiempo de tales déficits.

Hace no más de doce o catorce años, en los muelles exteriores del pequeño puerto de nuestra querida Donosti, y en épocas veraniegas era fácil encontrar durante la noche docenas de pescadores apostados con sus cañas, al acecho de los Txitxarros que en grandes bandadas entraban en la bahía, atraidos por las luces de paseos, faros y murallas circundantes. Siendo niños y con sólo dos pequeñas cañas, nuestro día menos fructífero no bajaba de unas 120 piezas de Txitxarros entre las dos cañas. De intentarlo uno de estos veranos, nunca llegaríamos a 10 unidades entre los dos.

En cuanto al tema de las ballenas y rorquales aparecidos aleatoriamente en nuestras y en otras costas más lejanas, algunos biólogos aducen al respecto que sus muertes se deben a la ingestión de plásticos, volantas etc. Sin embargo, otros explican la facilidad con que estos ejemplares pueden desorientarse, agotarse y perder el rumbo hasta aparecer varados en la costa. Sin duda en este fenómeno pueden haber influido aspectos relacionados con el cambio climático (aumento del nivel del mar, de su temperatura, lluvias torrenciales, huracanes más frecuentes, etc). En mi opinión, y sin ser las anteriores aportaciones ciertamente empíricas, sino más bien derivadas de la mera sabiduría popular, parece cuando menos que existen indicios notables sobre la salvaje expoliación de nuestros recursos marinos, cuya causa está relacionada de forma directa con diversas e indiscriminadas actividades humanas, que necesariamente estamos obligados a controlar y reducir.

De mi amistad con algún ilustre arrantzale hondarribitarra surgió el interés por un campo apasionante para cualquiera, y más si cabe para un grumetillo aficionado que aprendió tanto del mar como de maestros menos salados. Tampoco es menos cierto que la visión real de una volanta repleta de sus capturas heridas, resulta poco recomendable para cualquier persona medianamente razonable. Son las heridas del cetéceo como llagas propias hendidas en su tersa carne la que avisa de su lenta muerte ulterior en las playas.

Sirvan pues hoy estas líneas de breve pero honda reflexión; de deseo de cambio futuro y de agradecimiento y homenaje a nuestros y a todos los arrantzales que se dejan la vida en la mar, a cambio del pan y la sal que corre por sus venas.

Si el Derecho ha de regir nuestra convivencia y sus leyes quieren ser justas; he aquí una inmejorable ocasión para demostrarle al futuro que la razón y el sentido a veces también se imponen a las barbaries desarrollistas.

"Quod tibi non nocet et alteri prodest ad id obligatus est"



Xabier Ezeizabarrena Sáenz, Abogado


Dohaneko harpidetza | Suscripción gratuita | Abonnement gratuit |
Free subscription


Aurreko Aleak | Números anteriores | Numéros Précedents |
Previous issues


Kredituak | Créditos | Crédits | Credits

webmaster@euskonews.com

Copyright © Eusko Ikaskuntza
All rights reserved